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08
Dec
Carte de séjour (del libro Fotografías que no he hecho, 2004)

Ya tengo mi carte de séjour, certificado de que soy de allí pero estoy aquí y todo va bien. No sé si es una buena noticia. En primer y menos importante lugar, porque indica que a pesar de las políticas europeas de tanto grumo y misterio que nos sumen en constantes comités de besos y abrazos, y otros gori-goris, uno viene aquí y lo siguen considerando extranjero. No, no ponen ningún problema para la expedición de la carte, pero el hecho mismo de que la expidan es el índice de una burocracia embrutecida y mandarinesca que sólo he visto (y soportado) en Francia.

El segundo lugar es más preocupante. En unos pocos minutos (el tiempo de espera en penitencia por el pecado de haber ido a la Préfecture de Police, rue de Lutèce 1, ala sur, escalera C…), mi carte de séjour estaba en mi bolsillo. Pero mientras tanto, en el guichet número 6, una mujer se indignaba contra la administración francesa. Allí estaba con su hijo, a quien había sentado en el mostrador. El niño, quizá un año, la miraba sorprendido y admirado, con una fijeza adulta, porque, con seguridad, nunca había visto a su madre con ese dolor, esas lágrimas y ese sentimiento de impotencia. “Puede usted presentar recurso”, dice la calma infinita de la funcionaria del guichet 6. Quizá en su alma comprenda la desesperación de esa mujer, pero su rostro y sus manos están encadenados por la ley. La mujer se pregunta cómo va a alimentar a su hijo. Dice que hace cinco años que está en Francia, que tras ese tiempo, debería tener derecho a su carte de séjour, pero “eso no está en la ley Chevènement”, aunque, cierto, ella “siempre puede presentar un recurso”. ¿Otro recurso? Ya ha presentado dos, pero siempre le niegan el derecho a vivir donde de hecho hace ya cinco años que vive, y, con ese derecho, le niegan el derecho a la sencilla posibilidad de buscar y, eventualmente, encontrar trabajo. Intima a la persona que se esconde dentro de la funcionaria que hay detrás del mostrador, y esa funcionaria abandona momentáneamente la facultad de hablar para que la piel del cuerpo que posee, rubicunda, se enrojezca más, y, con ella, se enrojezcan, nos enrojezcamos todos (o casi todos) los que estamos allí. Como la función pública ha abandonado el uso de la palabra, se hace el silencio.

Quizá la mujer rubicunda querría levantarse ahí mismo y rebelarse, decir sí, déme su pasaporte, dos fotografías, no, en color no, en blanco y negro sobre fondo claro, tráigame una de las facturas que, con seguridad, paga, déme también diez minutos y luego llévese su carte de séjour. Pero esa mujer no puede hablar, ella lo sabe, y nosotros lo sabemos, y la inmigrante (ilegal, pero allí, en la Préfecture de Police, 1 rue de Lutèce, ala sur, escalera C…) también lo sabe, aunque su rabia, su impotencia y su decepción no le permitan aceptarlo. No, claro, no puede aceptarse. Aceptarlo y aceptar la derrota, eso es imposible, como lo sabe el general a cuyo bando se han pasado todos los enemigos menos uno y se hunde en la desesperación.

La funcionaria recupera el cuerpo de la mujer rubicunda; su piel vuelve a ser pálida, y ya, carente de argumentos, simplemente se levanta y se aparta, aunque en sus ojos verdes se ve el temor esencial y nuevo del león que se siente acechado por una gacela.

El niño mira a su madre en un cuadro que ya he visto, de una sagrada familia en una diagonal renacentista tan llena de fuerza que si sacara la cámara y tomara esa fotografía, se quedaría en el camino todo lo que, en ese instante decisivo, ha pasado de mi ojo a mi alma y ha provocado al tiempo compasión y vergüenza. Y cómo pesa la vergüenza. Sé que ahí, en ese momento, pasarán ante mí imágenes y sentimientos y no moveré un dedo (porque no sabría qué dedo mover, y en qué dirección, y por qué, y para qué… excusas), y la vergüenza me acompañará más tiempo, y rogaré para que se cumpla la profecía y la compasión haga sabio a este puro idiota.

El niño mira, mientras la madre supura lágrimas y palabras, predicciones, una fotografía de aquello a lo que se la condena. Otra funcionaria viene, apaciguada por el peso de sus canas y de sus gafas de présbita en el extremo de la nariz, mientras el león se retira para controlar su taquicardia y que varios de sus compañeros le aseguren que ha actuado bien, que ha hecho lo que tenía que hacer. Y que ha tenido razón, así que se retira a tener razón. Y tiene razón.

La nueva funcionaria ni siquiera se sienta. No mira al niño mientas éste se asusta y sufre un ataque de asma. Sólo dice “voy a examinar su expediente”, y la mujer sigue diciendo su sufrimiento, su pena y su condena, y la funcionaria le dice con voz imperativa pero llena de calma “le ruego que se calle mientras reviso su expediente”.

Et cum apperuisset septimum sigillum factum est silentium… Cuantos estamos allí esperamos ansiosos al desenlace. La madre se ha callado; ahora no nos da, como antes, la espalda, sino que se nos presenta en tres cuartos, orgullosa. Deja una caricia en su hijo sin cambiar el gesto de indignación, y nos muestra oleadas de sangre que se agolpan en sus pómulos y quieren salir por los ojos.”Puede usted presentar recurso”, dice la voz eficiente de la función pública, examinado el expediente. En un francés perfecto, rico y fluido, la mujer le explica de nuevo su calvario, y la función pública se pronuncia “presente usted un recurso”. La mujer repite por enésima vez que es ya la enésima vez que presenta un recurso. “Entonces no le queda sino volver”. ¿Volver? ¿A dónde, se pregutna la mujer, podría volver ella? ¿Qué significa la palabra volver? Se encrespa sobre frágiles tobillos, ni siquiera le había cruzado por la cabeza que el verbo volver existiera, y le suena peor que la peor condena. “A su casa”. Sorprendida, le dice que su casa no existe, que lo que le está diciendo es que se vaya al corazón de la guerra, en la cual la matarán a ella y a su hijo, y que antes que someterse a eso, hará lo que sea. Lo que sea.

Una funcionaria pronuncia mi nombre. Me acerco sabiendo que la funcionaria me sonreirá. Mi piel blanca le reconforta, estoy seguro. Me hará, tal vez, un gesto complice, y no responderé a él; me dará mi carte de séjour y no la rechazaré allí mismo, como debiera, sino que la tomaré y la meteré en mi cartera, sin mirar a mi izquierda. Por un momento, quizá largo, sentiré vergüenza porque no soy de una ex-colonia francesa, ni hablo francés con la perfección con que ella lo habla, y porque mi piel es blanquísima, y el peso de mi vergüenza no cambiará nada.

(Previamente publicado en Jesús Rodríguez Velasco, Fotografías que no he hecho, Salamanca & Berkeley, SEMYR & SEMMYCOLON, 2004, págs. 9-15)

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