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FebResucitar e Imitar
Hagamos memoria. Allá por el capítulo quinto, don Quijote reclamaba ante su vecino ese casi mítico "yo sé quién soy", al que coronaba con el no menos sonoro "yo sé quién puedo ser". Unamuno debió de haber experimentado un momento de iluminación al leer esta parte, y, como sabemos, dejó escritos algunos párrafos de contenido metafísico, emocionado por la expresión atronadora de la seguridad del supuesto loco.
Hagamos otro poco de memoria. En cierto momento en nuestra clase surgió la cuestión que seguramente surge en todas las clases sobre el Quijote, y, por supuesto, en todas las mentes de los lectores del Quijote, en todas las conversaciones sobre el Quijote, en cualquier leyenda urbana sobre don Quijote y Sancho, en fin, en toda la cultura popular quijotesca: ¿dónde reside la locura de don Quijote? ¿cómo se expresa ésta? ¿de qué modo la comparten todos los demás personajes de la obra? O, quizá, también podríamos hacernos una pregunta que Michel Foucault se había hecho muchos años atrás, al principio de su carrera como escritor: ¿en qué consiste el discurso sobre la locura? ¿qué tipo de procesos de normalización, de regularización, de control, establecen los poderes para determinar el alcance de la locura? ¿de qué manera la identificación y localización del sujeto loco contribuye a crear determinados modelos sociales? al fin, ¿qué significa estar loco? ¿cuáles son los caracteres del loco? ¿la iluminación? ¿la exclusión? ¿la reclusión? ¿la visión clara y metafísica? ¿la imposibilidad de percibir lo que nosotros, sociedades "normales" consideramos la "realidad"?
Las preguntas son múltiples, y, claro, en cierto momento nos hacen abandonar el Quijote mismo. Y podemos decir que, de todas maneras, no tenemos otro remedio, pues, como ya hemos señalado, con el apoyo inestimable de Kafka, Dostoyevsky, Thomas Mann, Unamuno, Nabokov, Ossola, Nooteboom y otros auctores, el Quijote ya ha abandonado la literatura española para incardinarse en la mismísima literatura universal. E incluso, directamente, el Quijote ya no es literatura, es toda una constelación cultural, económica, periodística difícilmente mensurable. Pero también es una mera referencia, o un vocabulario, un universo de metáforas, unas cuantas historietas fragmentadas de los que todos somos ya propietarios y usuarios aun cuando no sepamos, a veces, de dónde proceden.
Como ya sabemos, la multiplicación de narradores, su diseminación a lo largo y ancho de la novela, supone también una apertura al perspectivismo (distintas personas ven un mismo hecho de diferentes maneras) y al dialogismo (las voces se multiplican y nos enfrentan a un universo de múltiples subjetividades). Este hecho hace que quizá no debamos estar seguros de que exista una opinión concreta que podamos establecer como doctrina general de la novela. Ésta nos transporta a múltiples espacios, en las que los personajes unas veces nos parecen sensatos y otras insensatos.
Tomemos un ejemplo concreto: en los últimos capítulos de la primera parte, don Quijote va "encantado" en su carreta. Un canónigo empieza a hablar con él y a explicarle que los libros de caballerías son todos una sarta de falsedades. Don Quijote, por supuesto, se revuelve contra esta opinión, y mezcla libros de historia con libros de ficción, lo que a todos los presentes, y a muchos de los oyentes de todo tiempo, les parece una insensatez. Pero inmediatamente, la voz de don Quijote cambia, y le explica al canónigo que, sea lo que sea, hay un dato cierto: antes de ser caballero era un absoluto don nadie, mientras que desde que es caballero, es valiente, cortés, mesurado, justo, y toda otra serie de virtudes que ninguno de los oyentes consideraría como una insensatez, sino más bien como un modelo correcto de conducta.
Es obvio que son esos modelos los que don Quijote, como dice una y otra vez, quiere "resucitar". Frente a esta resurrección, se le presenta una dificultad fundamental: el paso del tiempo.
Resucitar "hoy" la caballería de "ayer" parece ser el más grande de los problemas con que se encuentra, y que hacen que su misión resulte de todo punto imposible. De alguna manera, sucede lo mismo que con el proceso de interpretación del Quijote dependiendo de si el autor es Cervantes o es Pierre Menard. Todo cambia. El tiempo se convierte, también, en un principio de análisis que hace que todo el universo contextual se transforme. De este modo, el problema se puede plantear también de la siguiente manera (que, por otro lado, queda expuesta en la conferencia que di en Indiana, y en el artículo que estoy terminando en este momento): la duda no reside en los modelos que queremos imitar, ni en los que nos están disponibles, sino más bien en el modo en que se imitan, es decir, en el proceso exegético que actualiza los modelos para que éstos puedan ser de hecho imitados.
Les invito a que presten una especial atención a esos dos conceptos de "resucitar" y de "imitar" tal y como se usan en el Quijote.
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