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FebSteven Dworkin sobre la transcripción
Este es el contenido del correo electrónico en el que Steven Dworkin (University of Michigan) comenta amablemente el problema de las transcripciones paleográficas.
"Quizá no sea yo el especialista más indicado para contestar la pregunta, porque me dedico sobre todo al estudio del cambio léxico. Para los que investigamos la lexicología diacrónica, la transcripción paleográfica de las letras del manuscrito no es necesaria, con tal de que el editor no haya modernizado las palabras para facilitar la lectura del texto a un público lego o estudiantil, práctica que ya no se ve en las ediciones científicas modernas (pero que sí se hacía en otra época cuando se trataba de una edición destinada a un público de historiadores o juristas que se interesaban sólo en la comprensión del contenido del texto). Todavía quedan de pie ciertos problemas fonéticos / fonológicos o morfológicos cuya solución exige recurso a una transcripción precisa de los textos pertinentes. El mejor ejemplo lo constituyen las muchas cuestiones planteadas por el origen, cronología y difusión del seseo tal como este fenómeno se refleja en los textos andaluces del Medioevo tardío y del Nuevo Mundo y la polémica sobre la nterpretación de las transcripciones de tales textos que se ve en varios trabajos de Manuel Ariza y Juan Antonio Frago Gracia. Los estudiantes pueden leer como punto de partida el estudio de Sonia Kania y Cynthia Kauffeld en el último número de La corónica (34:1. 51-69).
Hoy en día se plantea un problema práctico con respecto a la utilidad para muchos lingüistas de una transcripción paleográfica. Muchos de los nuevos especialistas (por lo menos norteamericanos) que se dedican a la historia de la lengua española la estudian dentro del marco más amplio de la análisis del cambio como fenómeno de la lingüística general y reciben su formación en departamentos de lingüística en vez de departamentos de estudios románicos o hispánicos. No habrán estudiado ni la paleografía ni la interpretación de una transcripción paleográfica ni la crítica textual.(y en muchos casos, me temo, ni literatura medieval), Muchos lingüistas que estudian problemas de fonología o morfología diacrónicas del español del marco del cambio lingüístico sacan sus datos de los manuales de gramática histórica como los de Lloyd o de Penny y no de ediciones de textos. Es posible que me equivoque, pero me parece que muy pocos de departamentos de estudios hispánicos norteamericanos les ofrecen a sus estudiantes cursos de paleografía o de edóctica. (como el que ofreces a tus estudiantes afortunados). En resumen, temo que muchos lingüistas no sepan aprovechar de las ventajas de una edición (rigurosamente) paleográfica."
La aportación de Stephen Dworkin al blog refleja, como parece natural en su caso, las inquietudes de aquellos que se acercan al texto desde una perspectiva lingüística. Como deja claro, no está particularmente obsesionado por la rigurosidad de la transcripción puesto que su interés se centra en la lexicografía diacrónica: por eso, no le preocupa si una grafía se moderniza en su edición puesto que dicha modernización no afecta (al menos en la mayoría de los casos) a la posibilidad de poder atestiguar un elemento léxico dado. Sin embargo, también deja claro que, dentro de un estudio de tipo fonético/fonológico o morfológico (insisto: hablo como lingüista), es vital conservar la grafía. Utilizando su mismo ejemplo, si en una edición de textos coloniales se moderniza la representación de las sibilantes, entonces dicha edición no le vale de nada a quien esté estudiando las evolución de dichos segmentos (cuestión esta nada banal: después de un siglo de propuestas, la cosa todavía no está clara). Ya sabemos que editar un texto significa crear otro texto que únicamente puede reproducir el texto del que pretende ser versión hasta cierto punto, y de acuerdo a criterios variables. Modernizar las grafías (insisto: al menos desde una perspectiva lingüística) puede llevarnos a situar el texto en un contexto (no sólo lingüístico, sino también cultural) completamente erróneo. Un ejemplo: en las ediciones de los textos litúrgicos visigodos realizadas a principios del siglo XX, los editores se encontraban con frecuentes “digresiones” de la grafía latina clásica. En los albores del siglo pasado, la idea que predominaba de la España visigótica era la de un lugar en el que la cultura tardorromana, al menos en ciertos círculos, había conseguido sobrevivir de manera ininterrumpida. Esto implicaba también la supervivencia de los hábitos de lengua. Es decir, que alguien de la talla de San Isidoro hablaba, poco más o menos, como Quintiliano. Resultado: si se encontraban con divergencias ortográficas en los textos, las corregían, y sanseacabó: eso tenía que ser cosa de los copistas mozárabes, que eran unos manazas y unos ignorantes, y no de los contemporáneos de San Isidoro, de Braulio de Zaragoza, o de Julián de Toledo, que eran gente muy fina y a los que no se les ocurriría decir “ste” por “iste”, o hacer acusativos plurales en “-os” de los neutros de la 4a declinacion. En consecuencia, con esa edición, se hacía decir a los textos algo que no decían, y se eliminaba lo que, posteriormente, no le ha pasado desapercibido a nadie: que en esos textos litúrgicos se habían “colado” muchas de las innovaciones vernáculas del romance hispano. Si no queremos que se nos pasen este tipo de detalles por alto, necesitamos que se reflejen en la edición. Con frecuencia, deberán reflejarse hasta los errores o las palabras tachadas: es importante saber que un escriba se autocorrigió, o alguien lo corrigió, en una forma que, en dicho momento, se consideró incorrecta.
En resumen, aunque comprendo que desde una perspectiva que no sea la lingüística (y, afortunadamente, no todo es lingüística en esta vida) no parece estar justificado dejarse las córneas en ver si esto que pone ahí es una “s” o una “z”, o una “o” o una “u”, o incluso no molestarse en reflejarlo en la edición aunque sepamos cuál es la grafía, el lingüista seguirá demandando ediciones que tengan en cuenta estas variaciones ortográficas. Después ya estará en su mano el valorar de una manera u otra ese testimonio ortográfico (porque, como sabemos, lo que se escribe no es necesariamente lo que se dice… pero ese es otro tema); por de pronto, sin embargo, necesita tener esa información. Hoy en día, desgraciadamente, no están tan desarrollados los programas informáticos como para permitir que dicha edición paleográfica se deje, de manera sistemática, a cargo de tales; tampoco están los fondos bibliográficos y documentales organizados y dispuestos de tal manera que el investigador pueda acceder a todo el material que necesita para un proyecto determinado directamente desde la fuente manuscrita (que sería por supuesto lo ideal). Hasta ese momento, el lingüista necesitará que ese reflejo del documento necesariamente imperfecto que es su versión editada se intente ajustar en lo posible a sus características gráficas (al menos, en aquello que sea lingüísticamente relevante).
Los lingüistas siempre preconizan una transcripción lo más fiel posible al original. La argumentación de Israel no podría ser más mesurada, ni quizá mejor planteada. En muchas ocasiones, las ediciones (no transcripciones) de los textos latinos tardoantiguos y altomedievales (como a los que alude Israel con certeza) están hechos desde una perspectiva lachmanniana, en la que prevalece la pureza de la lengua clásica como estado perfecto de un arquetipo inexistente, representante, a su vez, aruetípico (si se me permite la reiteración) de un original perdido. Las condiciones y las consecuencias culturales de esta actitud no pudeden ser pasadas por alto, ni le pasan por alto a Israel. Quizá me preguntaría si el proceso de regulación de los textos a que aalude Israel no se basa más bien en una morfosintaxis que en una grafemática. En la mayor parte de los casos, un editor transcribe una -ss- por -ss-, y avisa de las equivalencias gráficas que va a utilizar. El problema de los textos latinos editados a principios del XX y finales del XIX (lo que incluye muchas de las beneméritas editiones teubnerianas)no se preocupa tanto por esas mnucias gráficas, sino más bien, me parece, por ajustar la lengua del manuscrito a un sistema casual. El cambio es, pienso, mayor. Es, por supuesto, sólo una cuestión que en este momento de fiebre se me ocurre. Eso no quiere decir que la argumentación de Israel no sea adecuada, pues, al contrario, nos debe hacer pensar. Ahora bien, ¿cuáles son las diversas opciones que tenemos? ¿cómo puede funcionar nuestro sistema de transcripción -aún no hemos hablado de edición-? ¿qué papel juegan en nuestro presente, los artefactos electrónico a nuestro alcance? ¿de qué modo puede cambiar la paleografía? Son algunas preguntas para ustedes de este profesor hoy enfermo. ;;JRV;;