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MarContaminatio
El vocabulario de la ecdótica constituye un lenguaje técnico y científico, es decir, un intento preciso por describir procesos y explicar relaciones. Es importante, o más bien fundamental, que el vocabulario y el lenguaje técnico en general tengan una precisión a prueba de bombas. Su utilidad depende, precisamente, de la precisión de cada uno de estos conceptos. La utilización de los mismos está totalmente condicionada por el espíritu científico y filológico que creó tales conceptos, y rara vez se dejan domar por un mero movimiento intuitivo.
Incluso cuando estos conceptos sitúan la responsabilidad del resultado editorial en la capacidad de la persona que desarrolla el ejercicio editorial o ecdótico, y le piden que desarrolle sus intuiciones (como muestra el espacio de actuación conferido al Iudicium), también le ponen una serie de trabas de carácter positivo y científico que deben ser al tiempo desarrolladas y construidas teóricamente por quien se dedica a la tarea editorial concreta (se debe dejar, por ejemplo, el menor resquicio posible a la introducción de la coniectura, y se deben tener en cuenta los criterios de buena forma y otros descritos a menudo por los tratadistas de esta técnica).
Nada en la ecdótica puede quedar al azar o al albur de la intuición. La ecdótica es una ciencia que, si bien no se pretende exacta, se pretende lo más precisa y rigurosa posible.Hasta ahí la declaración más o menos ortodoxa de lo que es la ecdótica, incluso más allá de patentes de escuela (más allá de las discusiones concretas de lachmannianos y bédieristas, por decirlo así).
Pero no nos conviene mantenernos demasiado tiempo en la ortodoxia, al menos no sin cuestionarla. Y no es menos cierto que, puesto que cualquier discurso heterodoxo puede convertirse en ortodoxo, conviene también cuestionar los pensamientos heterodoxos. Todos, en general. No como principio de escepticismo general ("cuando se es escéptico hay que dejarse arrollar por el tren que viene resoplando y pensar que el tren es una ficción", decía Ganivet, y, a decir verdad, no parece una actitud demasiado útil). Más bien como modo de comprender cuáles son los elementos que entraron a formar parte de la construcción de un concepto técnico y cuáles quedaron a un lado.
Como se sabe, una de las misiones (pero no la única) de la ecdótica es crear un árbol genealógico de los manuscritos conservados de una obra. Por no llamarse árbol genealógico, este gráfico se llama Stemma Codicum. En la construcción de este árbol genealógico tienen un papel fundamental los representantes positivos de la obra, tal y como aparecen en los manuscritos, y también ciertas hipótesis de ramas, familias o manuscritos que, aunque verosímilmente existieron, ya no existen, y cuyas características concretas no pueden afirmarse más que como hipótesis científicas (estas son las ramas subarquetípicas, por ejemplo, que, como se sabe, se denominan con letras griegas). La técnica que se utiliza para desarrollar este stemma es, como señaló en su momento Alberto Blecua, "una sencilla teoría de conjuntos" basada en el análisis de errores y variantes, algo de lo que ya hemos tratado en clase.
Es evidente que la idea del árbol genealógico se basa en una idea de relaciones que tiene mucho que ver con las estructuras de parentesco, y que, como éstas, se basa en un concepto clave de legitimidad: es decir, se establece, mediante parecidos y diferencias, el origen genético y la situación en la rama familiar, de tal o cual manuscrito, y, así se traza una línea en la que se expresa la ascendencia o descendencia legítima de un manuscrito o de una rama subarquetípica.
La ecdótica además tiene en consideración algunos hechos varios, pero muy frecuentes. Por ejemplo, la posibilidad de que un copista esté copiando un manuscrito de una obra, y que a su lado tenga otro u otros manuscritos diferentes de la misma obra. Con estos manuscritos, nuestro copista colma lagunas, corrige errores, soluciona pasajes difíciles. Esto es mucho más frecuente de lo que podría pensarse. Un copista quizá sabe que el manuscrito que está copiando es incompleto o está muy deturpado, y echa mano de otro manuscrito que considera que puede serle de utilidad para solucionar estos problemas concretos.
El supuesto puede ser múltiple, desde luego. Un copista, de su propia minerva o por descuido, o por hipercorrección, o por medio millón de razones más, somete a cambios el texto que copia, de modo que entre su modelo (o antígrafo) y la copia producida hay siempre variaciones. Como decía, es posible que un copista sepa que su manuscrito tiene lagunas o errores. A veces sólo lo supone, pero, sin embargo, introduce variaciones, algunas de ellas voluntarias. Si se apoya en otros manuscritos para introducir estas variaciones (es decir, si contamina con otra tradición aquella representada por su antígrafo), es posible que dichas variaciones puedan ser categorizadas de modos muy diferentes: unas, sin duda, pueden ser errores claros y de bulto; otras, en cambio, pueden ser adiciones, glosas, traducciones, elementos de ordinatio, o textos más complejos y de muy diferente carácter (por ejemplo, la cita por extenso de una ley que en su antígrafo sólo figura como abreviatura).
Este proceso de contaminatio es mucho más complejo, y en realidad nos está pidiendo a gritos que planteemos el problema de un modo muy diferente al que nos propone la discusión estemática y genealógica basada en los criterios de parentesco y legitimidad.
Por ejemplo, nos debe hacer pensar (pero lo dejo para que lo penséis vosotros) el significado de la relación fundamental sobre la que se asienta todo el procedimiento ecdótico, que es la de autor-obra. La ecdótica, obviamente, considera que existe una obra, la cual, salida de la pluma de su autor, ha ido transformándose a lo largo y ancho de sus distintas copias, y que por tanto es necesario presentar un texto que se aproxime lo más posible a esa obra. Nótese que estoy tratando, incluso, de limitar el alcance del concepto de autor, pero muchos filólogos y críticos textuales considerarían que la misión de la ecdótica es ofrecer un texto que se aproxime lo más posible a la obra tal y como salió de la pluma de su autor.
El problema no es ni mucho menos sencillo, ni vale con pensarlo una vez para todas las obras, manuscritos, copias posibles. La tensión es múltiple: hay autores que deciden no apropiarse de su obra, mientras que otros la persiguen con objeto de controlar todos sus cambios; hay copistas que consideran que existe una obra concreta que deben transmitir, mientras que otros actúan como si el concepto de obra no fuera necesariamente aplicable, sino que está en sus manos enriquecerla, corregirla, enmendarla; hay autores que ofrecen un texto y además expresan su deseo (sincero o no, ese es otro problema) de que sus lectores la enmienden (corrijan sus errores) o la glosen y comenten. Etc. Dicho de otro modo, para poder definir el proceso editorial es necesario también definir el concepto de obra aplicado al problema concreto con que puede uno encontrarse en el proceso editorial.
Prometí, por otro lado, copiar aquí (espero que sin errores) el texto de San Buenaventura que leí en clase el otro día. Ahí va:
"Quadruplex est modus facienddi librum. Aliqui enim scribit aliena, nihil addendo vel mutando; et iste mere dicitur scriptor. Aliquis scribit aliena addendo, sed non de suo; et iste ccompilator dicitur. Aliquis scribit et aliena et sua, sed aliena tamquam principalia, et sua tamquam annexa ad evidentiam; et iste dicitur commentator non auctor. Aliquis scribit et sua et aliena, sed sua tamquam principalia, aliena tamquam annexa ad confirmationem et debet dici auctor".
Como ya explicamos, San Buenaventura, que cuando escribió esto aún no era santo, no estructura las cuatro categorías para explicarlas a la posteridad, considerando que nosotros necesitaríamos de un apoyo para comprender cómo se escribía en la Edad Media (ni siquiera San Buenaventura sabía que él era un autor medieval), sino más bien para intentar controlar el problema de autoridad surgido del infinito arsenal de textos y comentarios con el que monjes y estudiantes se enfrentaban a diario.
Separar estos conceptos significaba, también, repartir el concepto mismo de autoridad y atribuirlo con certeza a ciertos textos, pero no a otros, a ciertos nombres o funciones y no a otros.
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