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MarUna lectura del Quijote
No es la primera, pero, sin duda, es una de las más interesadas, y, por lo mismo, de las más enigmáticas. Por supuesto, me refiero a la grandísima noticia con que el bachiller (por Salamanca, ojito) Sansón Carrasco se presenta en la casona de don Quijote: el enorme éxito editorial y literario (que no es necesariamente lo mismo) que ha levantado la historia impresa de don Quijote, allí presente. Por un momento, podríamos pensar, todas las expectativas del más genuino don Quijote se han visto cumplidas. Un sabio encantador (árabe, por más señas) ha escito sus hechos heroicos, y éstos van ahora recorriendo todos los rincones de la cultura.
Y no digo yo que no debamos pensar eso, pues, por otro lado, ¿qué o quién nos lo impediría? Cervantes está jugando con nosotros, con la novela y con todo bicho viviente, está pidiéndonos a gritos de dimitamos por un momento de nuestros supuestos, algo rancios, sobre "realidad y ficción", y nos metamos de lleno en el principio aristotélico (que el propio Cervantes se encarga de recordar en el mismísimo capítulo 1) según el cual la literatura es más filosófica que la historia porque ésta cuenta las cosas como fueron, mientras que la literatura las cuenta como habrían podido ser, según, añade, lo que es verosímil y necesario. Así que muy bien habría podido ser que, lo que fue (la publicación de la primera parte del Quijote en 1605) hubiera sido leída por un montón de gente, algunos de los cuales conocieran a don Quijote, pues no hay que olvidar, bajo concepto alguno, que Cervantes hace de don Quijote un héroe contemporáneo, no un héroe situado en una edad heroica anterior. De hecho, este punto constituye una de las claves del Quijote: don Quijote es un héroe del tiempo de Cervantes, como Adrian Leverkühn es un héroe de la época de Thomas Mann o Coleman Silk lo es de la de Philip Roth. De modo que es perfectamente verosímil que los amiguetes de don Quijote hubieran leído la primera parte de su historia, y razonable pensar que don Quijote, reducido a su ropa de estar por casa después de salir de la infame carreta, no la haya leído (cuanto más Sancho, que, aunque sabe firmar, no sabe leer ni escribir).
En cuanto a que sea necesario, ese es un asunto mucho más complejo. La necesidad la crea la propia narración. Y en este caso hay una doble necesidad. Por un lado, una necesidad endógena, imaginada por Cervantes, que consiste en un nuevo experimento literario: la novela se entrecruza con la novela, pero consigo misma, con su primitiva versión, que ya funcionaba también desde presupuestos teóricos. Es verdad que este cruce de novelas ya lo había ensayado Chrétien de Troyes en dos de sus más bellas novelistas (Le Chevalier au Lion y Le Chevalier de la Charrette), pero desde luego no en los términos en que lo hace Cervantes.
La segunda necesidad es exógena y sobrevenida, y no aparece en la segunda parte del Quijote hasta bien avanzada ésta: la aparición, éxito editorial y lectura de la parte apócrifa del Quijote firmada por un tal Alonso Fernández de Avellaneda. Ambas necesidades han de ser tenidas en cuenta, puesto que abren nuevos pasadizos dentro de la compleja madriguera que es el Quijote.
[Estoy escribiendo esto durante mi escala en el aeropuerto de Nueva York, así que, de momento, lo dejo a medias, y lo terminaré en mi próxima conexión a internet]
Lo que mas me interesa sobre el prologo y los primeros capítulos de la segunda parte es como el texto se entiende a si mismo como un texto. En el prólogo, Cervantes se enoja de que ha sido publicado una versión de la segunda parte. Para mi, la idea de una segunda parte apócrifa me hace cuestionar la autoridad de esta segunda parte. ¿Cómo puede el lector saber si esta Cervantes es el Cervantes verdadero, que esta Quijote es el Quijote verdadero? Sería imposible para Cervantes dar sin duda la autoridad verdadera en las palabras de Don Quijote, pero creo que lo hace por no llegar a estar muy defensivo, sin tratar demasiado a probar su autoridad. Un ejemplo es su humildad sobre la primera parte. Don Quijote critica al autor para incluir datos innecesarios y Sancho aún tiene que corregir los errores del autor. Como he dicho, sería imposible afirmar su autoridad completamente, pero hay algo del tono de Cervantes que me hace creer.
En el capítulo cinco, Cervantes presenta un nivel nuevo de narración entre el texto que habla a la autoridad. El capítulo empieza: “Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese…” Primero, Cervantes se quita a si mismo como autor, y en su lugar postula el “traductor.” Pero mas ingenioso es como Cervantes quita la duda de la autoridad de la segunda parte por llamarla una apócrifa. Éste no sale de la humidad de Cervantes sino su confianza, su actitud sobre el verdadero apócrifo, y posiblemente su rabia. Sólo el verdadero autor puede burlarse así.
Hasta donde he leido (capitulo 21), creo que ya se ha hecho claro de que la locura de Don Quijote es indispensable para exponer sus ideales al mundo. Pues, la unica forma de propagar/ imponer sus ideales es convertirse en las ideales misma, sea loco o no, los ideales del Don Quijote siempre va ha pareserse loco a todas la personas quienes crucen por su camino. La sicologia de las personas es como las prendas de moda, cuando este cambia todos cambian de acuerdo a aquello. Y como que la caballeria fue cosa del pasado, ya nadie lo practica, las personas perteneciedo a la sociedad, ellos se adaptan dejando las ideales del pasado y sigue a los nuevos “modernidades”. Come lo dice el refran “Dime con quien andas y te dire quien eres”, pues Alonzo con solamente “andando” con los ideales de caballeria el podra ser los ideales y entonces poder imponer sus ideales en las otras personas.
uyyy el internet es así de escaso en New york??
hay cosas qué decir al respecto.. y yo quiero escucharlas.
un saludo