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FebFernando Bouza nos explica el papel de los manuscritos en la edad de la imprenta

Cuando el otro día nos sumergimos en los libros contemporáneos de Cervantes, y aun de don Quijote, en la Bancroft Library, surgió el problema del manuscrito en la época de la imprenta. Pensé que lo más razonable sería obtener una respuesta razonada de uno de los más importantes especialistas del mundo en la materia, Fernando Bouza, de la Universidad Complutense de Madrid, autor de obras fundamentales como Corre Manuscrito (Madrid, Marcial Pons, 2001), o Comunicación, conocimiento y memoria en la España de los siglos XVI y XVII (Salamanca, SEMYR, 1999; hay versión en inglés, Communication, Knowledge, and Memory in Early Modern Spain, University of Pennsylvania Press, 2004). Así pues, le escribí, y con su natural generosidad, aceptó ser nuestro profesor en esta materia. Quiero agradecerle de todo corazón que nos haya regalado esta respuesta, que me llegó en un email esta misma tarde y que reproduzco aquí sin más añadidos que unos corchetes explicativos ni supresión alguna. También tienes, querido Fernando, el agradecimiento de mis estudiantes.
“¿Por qué recurrir al manuscrito con posterioridad a la llegada de la imprenta a la Europa de mediados del siglo XV?
Responder a esta cuestión exige, en primer lugar, hacer una mínima reflexión sobre la intencionalidad de los usos culturales y la posibilidad de llegar a aprehenderla. Es, en buena medida, una pregunta ociosa, tan artificiosa como, por ejemplo, si una mañana cualquiera nos preguntásemos de forma categórica por qué estamos escribiendo un correo electrónico y por qué leemos libros impresos. Las personas, simplemente, escriben, usan la escritura, la practican. No obstante, es cierto, que saben perfectamente que tienen distintas opciones para hacerlo, en un amplio registro que va de la escritura de un mensaje telefónico a la redacción de una novela que se sueña llegar a editar, sin ignorar que, además, pueden decir algo mediante palabras o por medio de imágenes visuales.
Tenemos, así, muchas opciones para conocer, comunicar y crear memoria de una idea, de un sentimiento, de un afecto o, sin más, de un hecho. Las usamos según las convenciones propias de esta época, de forma que, por ejemplo, no parece posible que los bandos municipales aparezcan publicados sobre grandes etiquetas adhesivas de un brillante color amarillo. Hoy Madrid, el lugar desde el que os escribo, está llena de ellas, pero se trata de una perfomance conceptual de una artista contemporánea que, precisamente, juega con la sorpresa que produce a los viandantes verlas, monumentales, sobre las fachadas de la ciudad.
Esas convenciones sobre las que reposan nuestros usos y prácticas de escritura actuales, individuales o colectivas, están sujetas a cambios que se producen, y se han producido, de una manera más o menos rápida. Por ejemplo, no falta mucho, si no ha sucedido ya, para que los artículos científicos se escriban directamente para la pantalla y no para el papel.
Es, por último, quizá más correcto preguntarse por qué hoy se ha considerado necesario e, incluso, urgente estudiar los manuscritos que se compusieron con posterioridad a la irrupción de la imprenta.
La llegada de la imprenta a Europa a mediados del siglo XV supuso la posibilidad de disponer de una nueva manera de escribir o, quizá sería mejor decir, una nueva manera de producir copias de lo que se escribía. De esta manera, la escritura quedó dividida entre la que seguía siendo ad vivum, o manuscrito, y la que se producía gracias a un ingenio mecánico, el ars artificialiter scribendi [técnica de escribir artificialmente], o imprenta. La invención era tan maravillosa, tan ingeniosa, que capturó de una manera perdurable la imaginación de los europeos que vieron en la tipografía uno de esos nuevos hallazgos que suponían un cambio radical en la historia, como lo habían sido los descubrimientos geográficos, la brújula o la pólvora. Más tarde, sobre la base de ese mito inicial renacentista, la Ilustración dieciochesca forjó una alianza de hierro entre progreso y la revolución de la tipografía, afirmando, con evidente injusticia eurocéntrica, que la civilización era equivalente a imprenta alfabética. Allí donde llegaba la imprenta llegaba la civilización y, en consecuencia, estudiar los avances de la tipografía era tanto como historiar los avances del progreso humano. El célebre homo typographicus de M. McLuhan respondería en buena medida a ese tópico: el hombre moderno lee libros impresos, los lee en silencio, apoderándose de su discurso por medio de un ejercicio racional.
Como les ha sucedido a tantos mitos dieciochescos, la crítica del siglo XX, ya desde el final de la Primera Guerra Mundial, se ha encargado de derribar ese mito, tanto en lo que tiene que ver con la idea unívoca de progreso como, y esto es lo que más nos interesa ahora, en lo relativo a las supuestas conquistas del imparable y civilizador libro impreso.
Había, sin duda, buenas razones para que los hombres y mujeres desde mediados del siglo XV quedaran fascinados por el llamado ars artificialiter scribendi o, lo que es lo mismo, por la imprenta. Ésta permitía obtener más copias, más baratas, en menor tiempo y, además, más iguales, valga la expresión, que lo que se podía hacer con el sistema de copias manuscritas. No obstante, a mediados del siglo XV la imprenta llegó a un mundo en le que ya no se producían o copiaban manuscritos como en el siglo X, esa atmósfera de scriptoria monacales que recrea Umberto Eco en El nombre de la rosa, sino que, por el contrario, existía un sistema de copia bastante ágil que se las ingeniaba para responder a una demanda creciente de textos en las ciudades con universidad, cancillería de corte o tribunales de justicia. Además, como ha mostrado E. Eisenstein [The Printing Press as an Agent of Change, Cambridge UP, 1980], a quien seguimos en esto, los primeros libros impresos no supusieron una revolución en cuanto a su contenido, porque, de hecho, siguieron sirviendo a la difusión en lo esencial las autoridades cristianas y clásicas, autores antiguos o medievales de dudosa condición revolucionaria.
De hecho, lo que sí parece haber sido verdaderamente revolucionario fue la generalización del papel como soporte de la escritura un par de siglos antes de Gútemberg. Por otra parte, la imprenta siguió produciendo códices, nuestros libros, una maravillosa invención que permitía cotejar varios puntos de un texto a la vez y que, además, hacía posible continuar con la lectura precisamente allí donde se había dejado.
Entonces, ¿qué les sucedió a los manuscritos en la época en la que ya se podían obtener copias mediante el artificio de la imprenta? Lejos de desaparecer, lo manuscrito se especializó en la satisfacción de determinadas prácticas o funciones que no cumplía de forma adecuada la imprenta. Por ejemplo, el impreso era especialmente recomendable para la difusión masiva, pues su mecánica permitía la obtención de muchas copias, idénticas o casi idénticas, en poco tiempo y a precios comparativamente menores. Esto suponía que la propaganda había de confiarse a las prensas tipográficas, puesto que los poderes, civiles o eclesiásticos, exigían muchas copias, idénticas, a bajo precio y en muy poco tiempo. Sin embargo, cuando lo que se buscaba no era la difusión masiva, sino el secreto o la difusión controlada, el manuscrito era la forma de escritura que parecía más recomendable y, así, la crítica política o la heterodoxia espiritual se difundieron a través de copias manuscritas, cuya difusión no era masiva, sino, necesariamente, controlada en muy pocos traslados. En esto, la escritura hológrafa, es decir la escrita del propio puño y letra de su autor, representa el grado menor de difusión, como en la carta, en principio escrita sólo para sus contados lectores. Por ello, los manuscritos eran considerados, para las convenciones de la época, más expresivos, incluso más veraces, que los impresos, al fin de cuentas fruto de una elaboración mecánica, por la que, además, había que pagar.
Al mismo tiempo, los impresos estaban, por su propia naturaleza, condenados a ser vulgares, porque, en principio, eran muchos y todos iguales, además de ser relativamente más baratos. Frente a esto, el manuscrito suponía una mayor solemnidad, es decir, una mayor dignidad y rareza, porque eran menos, más caros y menos iguales. Podemos imaginar que la relación de un matrimonio regio [texto en el que se describen las ceremonias y fiestas, juntamente con un reportaje sobre los participantes, organizadas con motivo de un matrimonio entre personas de la realeza] se da a la imprenta para que los súbditos conozcan, a través de muchas copias y baratas, las excelencias de la monarquía. Sin embargo, las capitulaciones matrimoniales [el compromiso o contrato del matrimonio mismo], que no se quieren vulgares, sino solemnes, se escribirán ad vivum y no sobre papel, sino sobre pergamino, se iluminarán con miniaturas y se copiarán en un número muy reducido de copias que serán enviadas a las cancillerías respectivas o a algunos de los miembros de la gran nobleza que asistan a las bodas. Por supuesto, la variable temporal aquí es sumamente importante, pues el libro impreso o de molde podía constituir una rareza en la segunda mitad del siglo XV, cuando aún no se había generalizado y convertido en una realidad cotidiana; en ese momento, lo más elegante, valga la expresión, podía ser el impreso, mientras que a partir de mediados del siglo XVI esta equivalencia entre libro impreso y obra vulgar fue reforzándose paulatinamente.
Por último, existe una tercera característica de la copia manuscrita a la que cabía sacar partido en tiempos de la imprenta. Los textos tipográficos presentan una estructura cerrada, es decir, están fijados. Las partes, los libros y los capítulos de Don Quijote están contados, no se les puede añadir una línea más. Sólo cabe hacer añadidos marginales manuscritos, pero, claramente, se colocan fuera del cuerpo original del texto. Sería necesario volver a componer la novela en las cajas de un tipógrafo para insertar esos añadidos y, por lo general, no disponemos de imprenta en casa para poder hacerlo. En cambio, cada nuevo acto de copia manuscrita permite la introducción de modificaciones y, lo que es más importante, acomodaciones a las necesidades o a los gustos de los nuevos lectores. A esto nos referimos al decir que la estructura de la copia manuscrita es abierta: si copio a mano un texto puedo eliminar partes o introducirlas a mi gusto o según mis necesidades, sumando partes de otros textos o haciendo añadidos que resulten pertinentes. El resultado sería similar a la práctica ahora tan común de “cortar y pegar” textos que circulan en la red: cada usuario crea un texto nuevo, uniendo partes que provienen de textos diversos, eliminando algunas cláusulas, añadiendo de su propio caletre aquello que le parece oportuno, produciendo, en suma, textos de estructura abierta.
Resumiendo, recurrir al manuscrito y a copias manuscritas era especialmente pertinente a la hora de producir textos de difusión restringida, incluso hológrafos, que se quería controlar y que era preciso adaptar para usos muy determinados alterando su texto original gracias a lo abierto de su estructura. Pongamos un ejemplo práctico:
Desde finales del siglo XV y a lo largo de toda la Edad Moderna se difundió enormemente la literatura de corte en la que se describía cómo debían comportarse la dama y el caballero perfectos. Una parte de esta literatura circuló en copias impresas, empezando por El cortesano de Baldassare Castiglione, que es sólo la punta de lanza de una inmensa producción de títulos. La difusión impresa alcanzó a enormes capas de la población, lo que hoy llamaríamos burgueses e, incluso, a elementos populares, que, mediante compra, podían encontrar en esos tratados las palabras y los gestos de una caballería que, de inmediato, imitaban externamente. En paralelo a ese corpus impreso, se produjo una segunda literatura que fue escrita por los aristócratas, no por hidalgos o por preceptores, sino por los verdaderos cortesanos de sangre. Un ejemplo de esta producción lo encontramos en las llamadas instrucciones de heredero, escritas por un padre que enviaba a su joven hijo a la corte para comenzar su carrera a la sombra de las personas reales. Estas obras, como las instrucciones de Juan de Vega o Juan de Silva, no estaban pensadas para ser dadas a la prensa: no estaban hechas para todos, sino sólo para unos cuantos, los herederos de las grandes familias de corte, no eran reglas vulgares, sino ejemplos destinados a una difusión muy reducida y controlada, la que permitía la copia manuscrita. De hecho, forman una larga cadena textual en la que una instrucción completa a la anterior, así la de Juan de Vega, de 1548, es añadida por Silva en 1592, para ser más tarde adicionada a comienzos y mediados del XVII en tiempos ya de Felipe III y de Felipe IV. Como su estructura es abierta, permite ir adaptando el texto a las novedades que se van produciendo en un mundo tan cambiante como es el de la corte. Así, Juan de Vega le recomienda a su hijo que lea libros de santos a mediados del XVI, pero Silva, en 1592, añade que debe leer a Tácito y en una nueva versión del texto de comienzos del reinado de Felipe IV se dice que debe frecuentar la poesía y no cualquier poesía, sino la de Luis de Góngora [poeta cuya característica más destacada es la artificiosidad poética, la creación de conceptos complejos y de referencias culturales que requieren una enorme atención para captar el sentido tanto general como particular del texto]. El texto es esencialmente el mismo en el mantenimiento de los valores de la cortesanía caballeresca (ingenuidad, honra, etc.), pero se va adaptando, sin dejar de ser la instrucción original, a los avatares cambiantes de la vida en palacio. De la misma forma, en 1548 ni siquiera se menciona la existencia de privados [favoritos, primeros ministros beneficiados directamente por el rey] en la corte, en 1592 ya se recomienda que se tenga en cuenta su presencia y en el XVII se recomienda a los jóvenes herederos que traten de acercarse a quien ejerce el valimiento.
En suma, los manuscritos en tiempos tipográficos se especializaron en dar satisfacción a usos y prácticas que la imprenta, cada vez más fuerte, no podía cumplir en las misma condiciones. Esa especialización tuvo que ver con usos que exigían una difusión menor o, en principio más controlada, que conllevaran distinción y que, además, requirieran cierta adaptación (acomodación) a las necesidades o intereses de los destinatarios. Dejando a un lado el manuscrito hológrafo, el más privado, expresivo y solemne, la copia manuscrita podía ser llevada a cabo por un grupo de escribientes o copistas profesionales, los llamados propiamente escritores, que escribían traslados para todo tipo de clientes, desde mujeres que recurrían a ellos para que les escribiesen cartas de amor o de venganza a autores que necesitaban presentar manuscritos en limpio a un magnate en busca de protección, pasando por conjurados políticos, heterodoxos o primitivos bibliófilos.
Pero todo esto no suponía nada más que una pequeña parte de las posibilidades de conocer, comunicar y crear memoria. Lo más interesante de la alta Edad Moderna era que manuscritos y/o impresos se usaban en comunión con la palabra hablada –con la lectura en voz alta, por ejemplo- o con las imágenes visuales. Quizá Internet no sea otra cosa que volver a aquellos tiempos.”