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NovLe Quai des Orfèvres
Publicado previamente en Jesús Rodríguez-Velasco, Fotografías que no he hecho, Salamanca & Berkeley, SEMYR & SEMMYCOLON, 2004.
Ni siquiera sé cómo se llama el quai que discurre junto al Sena, por l'Île de la Cité, y que estoy viendo desde el Quai des Grands Augustins. Luego lo miro en el plano y planto aquí una nota. Es el que va justo por la orilla, y que se acaba al filo del Pont Saint Michel, o sea, junto al Palais de Justice. La tarde está empezando a caer. Con la cámara digital he tomado algunas "notas" de la proa de la Île de la Cité desde el Pont Neuf (ya le quitaron las EuroLuces), pero en realidad estoy pensando en una fotografía que desearía toman, quizá mañana, usando el filtro rojo y el de densidad neutra, para perder unos cuatro o cinco diafragmas, y, por tanto, convertir mi condena de 400 a 25 asa, cerrar el diafragma hasta atornillarlo a f/22 y plantar la cámara en el trípode para una exposición semieterna que convierta en bruma las corrientes del Sena.
Entre tanto, me fastidia darme cuenta de que mi cámara digital es lentísima. Un segundo, desde que aprieto el disparador hasta que empieza la exposición. Con un segundo de penitencia, no hay modo de captar "l'instant décisif". Con la otra sí que lo conseguiría (con permiso del autofocus), pero no es la cámara que se puede llevar todo el rato. Sí, claro, la cámara perfecta es una Leica, o, si se quiere ser más modesto, una Voigtländer con un 50mm de esos cuya luminosidad hace llorar de gusto (mi 50 f/1.4 se acerca bastante).
Y mientras pienso en todas estas technicalities, veo que ese quai de cuyo nombre no quiero acordarme está literalmente repleto de furgonetas de la Policía Nacional. Esta ciudad está tomada por la policía. Eso ya lo sabía, claro, porque ¿cómo ignorar a las patrullas con metralleta que pueblan las conexiones del metro? ¿o las sirenas que perforan las calles cada veinte minutos? ¿o los camiones de déminage que cortan la Rue de Rivoli al tráfico rodado y al de los bípedos implumes, y evacuan tiendas y establecimientos para buscar y desactivar una bomba? ¿cómo evitar la impresión de tres furgones policiales vaciando un local donde se reúnen -l'esprit de clan- jóvenes musulmanes? Así que el quai de lo que sea, bordado de camiones de la policía nacional no parece más que otra mancha en la piel de esta ciudad cada día más enferma.
Pienso en que con mi cámara a mano intentaría dar cuenta de ese tren policial en el sótano de la calle que es ese quai. Parecería un corte, sección longitudinal del edificio del Palais de Justice. Con el teleobjetivo comprimiría el espacio, rompería la sensación de profundidad existente entre el quai y el palacio, y el agua sería la cloaca de la justicia, y el sótano empedrado de policías su basamento, y el Palais mismo aparecería como esa mexcla rara de fortaleza, iglesia (por la aguja de la Sainte Chapelle) y obra pública, cubierto, como está, en su mitad oeste, por un complicado andamiaje.
De inmediato, esa fotografía pierde toda importancia. Aunque mi cabeza sabe hacerla y puede acariciar algunos detalles técnicos, ni mi ojo ni mis manos saben, así que a otra cosa. Y, aunque supiera, ahí estoy, reducido y condenado a mi pobre digital, que esa sí que no sabe hacer nada de eso. Sigo adelante viendo los furgones a través del estroboscopio que me imponen los bouquinistes.
Y yo sin mi cámara, y ahí está el instante decisivo. Todo cuanto puede ser fotografíado, puede serlo con un 50 mm. Ahí está: en mi cabeza, me echo la Leica al ojo (en la imaginación todo es más caro que en la realidad), miro y veo la perspectiva con una claridad fabulosa. Ellas van detrás, charlando amigablemente, en un discreto segundo plano. Ellos, delante, tienen sus espaldas ligeramente cargadas, el cuello inclinado y, con su vista présbita, se miran el uno al otro frunciendo un entrecejo lleno de importancia bajo sus cabellos entrecanos y ensayando un gesto adusto que les conviene; de sus antebrazos, simétricamente, cuelga su toga judicial, mal plegada, con las puntillas blancas de la gola revoloteando.
Justo ahí, mientras pasan, en el instante en que disparo, aislando al grupo de todo el resto del entorno, se une a ellos una columna de las que anuncian las actividades culturales de la Villa de París; en la columna, un hombre mira implorante al cielo, imagen de una obra de teatro que adapta Crimen y Castigo.