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JanJacob luchando con el ángel - tema para un tríptico al óleo sobre tabla
Unas manos amenazan con cerrar el tríptico. Se acercan transportadas por un cuerpo pesado y viejo que lleva toda una vida cerrando el mismo tríptico cada noche. Primero pliega el panel derecho, y luego pliega el panel izquierdo. Antes de que suene el último click, los ojos del cuerpo cuyas manos cierran el tríptico lanzan una última mirada centelleante porque saben que, dentro, el ángel pliega un poco la alas para que sus plumas quepan en esa noche que se acaba de hacer sin milagro alguno.
El tríptico reproduce una escena bíblica. En el centro, Jacob se ha echado a dormir. Seguramente porque tiene sueño. El texto bíblico supone una noche cerrádamente oscura, pero en el tríptico se trata de un día burbujeante y de una brillantez asombrosa. Alrededor de Jacob es primavera y el árbol da frutos de los que no habla ningún texto, porque ha sido el pintor quien, sencillamente, ha creado, desde la abundancia de su corazón, una fruta nueva del color de la granada y la forma de una piña. El fruto nunca estará maduro, así que no caerá sobre la cabeza de Jacob y, por tanto, éste no tendrá conciencia del espacio. Un caracol pequeño ha dejado su baba en la parte inferior del panel central, del que ya ha recorrido un tercio.
Todo en este cuadro se divide en tercios, porque el autor está pensando, en realidad, en un cuento en que un demonio quiere matar a un campesino, pero tres viejos se lo impiden, porque cada uno de ellos compra al demonio un tercio de la vida del campesino a cambio de, cada uno de ellos, una historia fantástica; el demonio queda tan complacido por las narraciones que no tiene más remedio que asentir. Varios de los personajes que aparecen a lo lejos a la izquierda del panel central se preguntan qué hace ahí un caracol y por qué el pintor ha tenido tanto cuidado al pintar la baba. Uno de ellos se acerca a tocarla con el dedo para comprobar que se trata de baba al óleo y no de baba de caracol. Todos quedan mucho más tranquilos al darse cuenta de que se trata de auténtica baba de caracol al óleo y de que, por tanto, pueden continuar tranquilamente su existencia como personajes al fondo del panel central de un tríptico que representa la pelea de Jacob con el ángel. Todo eso se ha hecho sin despertar a Jacob, que duerme a pierna suelta. No se oyen sus ronquidos ni sus borborigmos ni cosa que se le parezca, porque el pintor ha considerado que esos efectos hacen un cuadro muy poco heroico, y el tema es, ciertamente, muy heroico.
En el panel de la derecha se ve al ángel. Es un ángel de sexo femenino y está vestida con los rayos del planeta. En ese momento está recibiendo la orden de bajar a hablar con Jacob mientras éste duerme. El ángel quiere, pero no lo desea. O, para ser exactos, el ángel lo desea, pero no quiere. El ángel, en realidad, tiene deseos diferentes, pero el pintor del cuadro no los conoce, porque el pintor es sumamente ignorante por lo que toca a los deseos de ángeles con ojos de fuego. Varios tronos y serafines que contemplan el momento de reflexión del ángel piden al pintor que se retire cuidadosamente porque es evidente que el ángel está preocupado por alguna razón y no conviene interrumpir sus pensamientos.
En el panel de la izquiera se representa la lucha de Jacob con el ángel. El paisaje ha desaparecido. El ángel no hace demasiada fuerza al inmovilizarle el nervio femoral, pero se ve que Jacob está haciendo un esfuerzo inconmensurable. Ha rasgado un poco la túnica del ángel, y debajo se ve un cuerpo bellísimo, transparente, al que, piensa Jacob, podría recubrir con una sola de sus feas manos. Jacob quiere luchar, pero no quiere luchar. A Jacob, por un momento, le gustaría dejar de ser Jacob para ser su hermano Esaú que sin duda es más fuerte, pero teniendo en cuenta cómo han ido las cosas, ya no puede ser Esaú. A Jacob, que en ese momento está parcialmente recogiendo una de las manos de cristal, le parece que lo más sencillo y hermoso sería dejarse vencer tranquilamente por el ángel, dejarse recubrir por sus alas e instalar allí su vida. Jacob, entonces, lucha con más fuerza. El pintor ha borrado todo rastro del paisaje y ha convertido el fondo en una imagen indiscernible de grisalla.
Unas manos vienen a cerrar el tríptico. Cada noche esas manos lo cierran. Nadie puede ver las puertas, ni siquiera los ojos del cuerpo cuyas manos cierran el tríptico. Lo cierra sin mirar más que el pliegue de las alas. Ya no hay nadie en el museo, y puede cerrar el tríptico. Él mismo, si mirara hacia atrás para ver lo que hay pintado en el exterior de las puertas, se convertiría en estatua de sal. No sabe que el pintor, justo antes de exhalar su último suspiro, ha conseguido pintar el momento en que Jacob y el ángel intercambian sus alas.