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08
Jan
Plan para un poema épico

Joven profesor que ya no es tan joven, pero que tiene un miedo atroz a envejecer, y que se observa a diario en busca de las arrugas, las fallas físicas y las faltas de memoria se ve embarcado en una aventura estremecedora. Es importante saber que todo ocurre durante un jueves por la tarde. Si bien el poema está escrito en rigurosos decasílabos, la narración se ve cortada a menudo por un hexasílabo aparentemente sin significado, único índice de un tiempo concreto "jueves por la tarde". Durante toda la tarde de ese jueves, varios enemigos mortales le van acechando. Alguien ha lanzado un conjuro al sol para que se detenga, de modo que la tarde del jueves dura un número indeterminado de días, quizá semanas. Los lectores y juglares que lo interpreten, y que también forman parte del poema (puesto que éste prevé los momentos en que el propio poema se recita y canta ante los asombrados oídos y ojos de mujeres y varones) se verán compelidos a emitir diversas explicaciones acerca de este efecto maravilloso, e invocarán lo mismo a Gedeón que a Carlomagno, y verán un milagro donde seguramente no hay otra cosa que una trampa de la naturaleza, un error del cómputo del tiempo, como en el cuento en que un monje sale al campo y se extasía con la belleza de los colores y cuando vuelve en sí han transcurrido trescientos años. Durante innumerables versos, el poeta repetirá una y otra vez cosas que todo el mundo sabe y que no avanzan en la acción, para que todos los oídos se acomoden a la costumbre y luego se sorprendan ante eventos maravillosos que exceden todo orden de natura.

El primer enemigo entra en escena. Incomprensiblemente, tiene el mismo rostro que nuestro héroe. Viste sus mismas ropas, tiene sus mismas manos de feos dedos, su rostro se ilustra con la misma nariz que sería pirámide de Egipto si estuviera en el desierto. Nuestro héroe tiembla por un instante, pero piensa que ya está acostumbrado a luchar contra sí mismo. Piensa en todas las veces en que ha ido huyendo de lugares pensando en cambiar completamente su existencia, y que, de todos modos, siempre, al otro lado del cambio, algo se repetía inexorablemente: él mismo. Mira a su propia imagen y durante un instante de ese jueves por la tarde le parece extrañamente bella. Luego la desprecia ostensiblemente y se lanza contra ella. De un solo bocado se la come y es dulce en su boca, pero amarga y terrible cuando llega a su estómago. Empieza a hablar pero le parece que otra voz habla por él; cierra la boca y de su interior surge un murmullo que cuenta su propia historia. No puede detener el ritmo de los decasílabos que, más allá de su voluntad, recitan el poema del que él mismo es el protagonista. Cuando no lo espera, la voz dice "jueves por la tarde". Cuando no lo espera, la voz cuenta en prosa otras historias que él habría deseado olvidar. Nuestro héroe es vencido por primera vez.

bestia

El segundo enemigo se aproxima a grandes saltos. Es un monstruo diez cabezas, algunas de ellas calvas o al menos poco dotadas desde un punto de vista capilar. A la mayor parte de esas cabezas le huele el aliento de una forma fétida. El joven que está lejos de ser joven embraza su cámára fotográfica digital de ultimísima generación, y se pone a hacer fotos. El monstruo se detiene, y varias cabezas esbozan una sonrisa que muestra dientes cariados o completa ausencia de marfil; algunas cabezas ensayan un perfil interesante; una de las cabezas lucha por conseguir el dominio de una mano izquierda en la que apoyar su mentón. El héroe dispara una y otra vez, mientras las cabezas posan cada vez más complacidas. En un movimiento desesperado, el héroe muestra el resultado en la pantalla de la cámara. Tres de las diez cabezas se encuentran paradigma de belleza, icono de encanto, y detienen su embate contra el joven. Las siete cabezas restantes, con un movimiento preciso, se conjuran para cercenarse las tres cabezas vanidosas. Hecho ésto, continúan su ataque. El héroe se deshace de la cámara. Desde su interior, una voz que conoce, pero a la que no acepta, ruge pidiendo a la bestia que se eche sobre él. Cinco de las siete cabezas empiezan a hablar, todas a coro con la misma voz entrecortada, gangosa, llena de interrupciones de ehems y de ohs y de hmmms y de queridocolega y de neverminds. El juglar que está cantando el poema no puede entender ni una sola de las palabras pronunciadas por el mefítico coro, y sencillamente se dirige a su auditorio explicándoles que esas cabezas hablan otro idioma, uno originario de una lejana ciudad de la Argólida, llamada Akademos. El auditorio tampoco comprende lo que dice el juglar, pero queda satisfecho, porque la colectividad puede llegar a ser prodigiosamente estúpida y darse por enterada de lo que desconoce por simple temor a reconocer que no ha entendido nada. Pero el héroe sí que entiende. No lo puede explicar, pero lo entiende. Dos de las cabezas ilustran las sienes del héroe con un birrete académico. Tres cabezas aplauden entusiasmadas ante el momento glorioso que está teniendo lugar. Las dos cabezas restantes comentan satisfechas los méritos del joven y se llenan de orgullo considerándose artífices de tan fausto momento. El héroe, ante los ojos de todos, ha sido vencido por segunda vez.

El joven se siente extraordinariamente viejo. Cargado por el peso de su birrete. Colonizado su interior por una voz que cuenta su historia, pasa varios años de ese jueves por la tarde leyendo e intentando comprender lo que ha sucedido. Convoca a todos los difuntos que puede y les habla con sus ojos. Sus ojos se llenan de bolsas y se tiñen de violeta. El héroe se da cuenta de que está siendo una larguísima tarde de jueves. Dos veces vencido, reflexiona. En cierto momento de su reflexión tiene la tentación de considerar que, en realidad, no ha sido vencido, sino que es el vencedor, pero pronto le gana la desgana, al darse cuenta de la trampa en que se está introduciendo. La bestia y la voz, aunque parecen no estar a la vista, siguen jugando una implacable partida de ajedrez que prometen ganar. Piensa que si el juego fuera un póker, podría descartarse y ensayar un full house. Pero es ajedrez.

El héroe se dirige al juglar y a la audiencia. Les pide que abandonen el recinto de la recitación. Según el héroe, ya no va a suceder nada. El jueves seguirá su curso y pronto será viernes. Ya no hay más que ver. El juglar se resiste y se reclama dueño de la situación, y amenaza con llamar a la policía en su ayuda, puesto que ha recibido las autorizaciones necesarias para poder cantar y declamar el poema durante toda la tarde del jueves, y, que él sepa, la tarde del jueves no ha dejado de pasar aún, y, para demostrarlo, seis hexasílabos salen de su boca, como seis balas de cañón que hieren los oídos del héroe:

jueves por la tarde

jueves por la tarde

jueves por la tarde

jueves por la tarde

jueves por la tarde

jueves por la tarde

El juglar se da cuenta en ese momento de que, contra todas las reglas de la épica, tanto clásica como medieval o moderna, apenas ha ido utilizando fórmulas, y esa sensación de infracción se le hace insoportable. Como consecuencia de ello, respira profundamente y empieza a soltar una larga retahíla de fórmulas que el autor del poema ni siquiera puede transcribir, pues van siendo pronunciadas con la velocidad del rayo y la ira del trueno. Una parte importante del auditorio, consciente de lo que se avecina, resuelve retirarse momentáneamente con objeto de encargar unos cafés para poder resistir cuanto quede de ese jueves por la tarde. El héroe se tapa los oídos. No puede tolerar la agresión de todas aquellas formulas heroicas que están siendo destiladas en sus oídos como fue destilado veneno en los oídos del rey de Dinamarca. Corre tanto que alcanza la frontera.

Apenas es jueves por la tarde cuando el héroe llega a la línea de la frontera. La reconoce de inmediato porque no puede transgredirla. Aunque lo intenta en varias ocasiones, le es imposible, la frontera se le resiste. No se lo esperaba, pero, en efecto, se trata de su tercer enemigo. Allí está, levantando el pecho, sacándolo hacia afuera y hablándole con la voz profunda de un tañedor de contrabajo. En mal punto, dice la frontera, has llegado hasta aquí. La frontera habla un idioma incomprensible que sólo el narrador omnisciente del poema y los lectores omniscientes del poema comprenden, pero que, en cambio, el héroe no entiende en absoluto. Así que se limita a interpretar aquello como un plegamiento tectónico, como un terremoto que hace un ruido gravísimo por venir desde el centro de la tierra, y, tras recuperar el equilibrio, intenta repetidamente, sin éxito, pasar la frontera. Decide, impotente, tomar el camino de vuelta. Parte de la frontera va ahora pegada a sus zapatos, convertida en tierra roja que entra por entre el tejido de sus calcetines, solidificada en sus pies, abrazada por la piel que con paciencia infinita va formándose hasta integrar la fina arena como parte del cuerpo. Lleva la frontera encima. Sin saberlo bien, ha sido vencido por tercera vez.

En los libros que ha leído durante la tarde del jueves, ha visto algunos en que los personajes se rebelan y se presentan en casa del autor a hablar con él y pedirle explicación sobre su existencia. El héroe sabe que todo eso es altamente improbable, y que incluso roza lo inverosímil. Luego recompone su historia y se da cuenta de que es difícil pensar una historia más inverosímil que la suya propia, de modo que le parece una buena idea intentarlo. Por desgracia, el poema es anónimo, así que muy pronto fracasa en su búsqueda. Todas sus investigaciones para conseguir descubrir al autor desembocan en un callejón sin salida en que hay una enorme señal que dice "Callejón sin salida" por un lado, y, por el otro "Jueves por la tarde". El espacio y el tiempo parecen hacerse uno.

El juglar abandona el uso de la palabra. Está harto de su héroe. El auditorio se retira definitivamente a sus casas, con la esperanza de que haya algo interesante en la programación televisiva del jueves por la tarde.

El héroe se queda solo en medio de lo que antes fue una plaza mayor.En medio de la tarde, el sol empieza a lucir con mayor intensidad. Eso le preocupa.

En realidad no es el sol. Es mucho peor que eso. Es la Mujer Vestida de Sol. Un cuerpo hermoso y transparente vestido con todos los rayos del planeta. Con la luna a sus pies y una diadema de doce estrellas , le mira con ojos de color gris cobalto.

El héroe se pregunta cómo será vencido por cuarta vez mientras se oye un hexasílabo que sale de dentro de su cuerpo sin que él mismo haya podido abrir la boca.

(Telón)

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