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31
Jan
Mi otra vida

En  mi otra vida mido diez centímetros más y mi voz es más grave.

En mi otra vida no soy lo que soy. ¿Quién querría ser lo que yo soy? ¿Quién en sus cabales podría desear ser lo que yo soy?

'Aurélie', Groveland 2006, photo JRV

Un argifontes enviado por sí mismo a recorrer los mares y los países y las lenguas con alados talares, sin descansar jamás, obedeciendo la prisa el rumor la inquietud la perturbación la tormenta abriendo sin descanso los odres con los vientos regalados por Éolo, ¿quién querría ser este atormentado profesor de una universidad que se repite siempre a sí mismo? Lo que es yo, en mi otra vida, soy más alto y mi voz es más grave.

'Aurélie', New York City 2006, photo JRV

Sería músico. Habría estudiado música desde el principio del principio de los tiempos. Piano. Clarinete. Canto. Durante años me habría dedicado a estudiar con método, pacientemente, con ilimitada dedicación. Pronto, habría descubierto que era poeta. Pero no con el simple objeto de escribir poesía. No me interesaría en absoluto escribir poesía. Me importaría, en cambio, sola y exclusivamente, comprender en mi corazón el ritmo, el soplo, la palabra misma acomodada por la música en que se cifran acento y prosodia, pausa y emisión, timbre y tono, volumen y sutileza. Al principio habría utilizado mi conciencia de tener un espíritu poético para escribir poesía, pero eso no habría sido más que un mero ensayo con el que darme cuenta del poder que se esconde en el momento mismo en que se inspira el aire bien dentro en los pulmones antes de soltarlo en forma de palabra articulada. La poesía de la voz sería el loto de que se alimentarían siempre nuevos lotófagos y nunca querrían volverse de ese país en que resuena la voz del poeta que no escribe, pero pronuncia poesía. En mi otra vida, yo hablaría poco, con una tranquilidad y una paciencia infinitas, sin ninguna afectación.

Me dedicaría, ya lo he decidido, al canto. Sería barítono. Al principio haría papeles en óperas italianas, de Donizetti y de Bellini, sobre todo. Papeles secundarios, sin apenas importancia, personajes enmascarados o que cantan desde el fondo de una sala en penumbra, o desde la parte posterior de una columna que no sujeta ningún pórtico. Luego interpretaría papeles de óperas de Mozart, y en alguna ocasión llegaría a ser Gurnemanz o Kurvenal. Más tarde me daría cuenta del enorme placer que experimentaría al cantar poemas en alemán con música de Mahler, von Weber, Strauss, Schubert, Wolf. Después de cantarlos, me retiraría entre las sombras a mi camerino, y allí recitaría para mí mismo esos mismos poemas y lloraría al hacerlo, renunciando a mirar mi propio rostro en el espejo.

Durante todo ese tiempo, cuarenta y cinco o cincuenta años, seguiría estudiando sin parar, día y noche. Dormiría muy poco. No quisiera dormir sino muy poco. Muy poco. Lo menos posible. Y estudiaría. Mucho. Literatura. Idiomas. Música. Música. Porque en mi interior sabría, o habría incluso ya revuelto la traza de preparar mi alma y mi cuerpo para dedicarme por entero a escribir y a dirigir orquestas. Escribir y dirigir. Alternar entre la pluma y la batuta. Moriría dirigiendo. En el último movimiento de la Novena Sinfonía de Anton Bruckner. O mejor aún, mejor aún, en el último compás del Parsifal, sin siquiera poder vivir para recibir los aplausos del público. Pero eso me daría igual. En mi otra vida nada me importaría menos que los aplausos del público. Moriría quizás antes del último compás. El primer violín se daría cuenta al punto, pero no se alarmaría porque sabría que yo había muerto en el momento más feliz, antes de poder terminar el gran proyecto de mi vida, con la ilusión de un acorde que ya nunca llegaría a presenciar, pero que se emitiría, de todos modos, un segundo después de mi último suspiro. Luego sonaría otra vez el coro, redención al redentor.

En mi otra vida no tendría el menor interés por el sexo. Yo mismo sería una persona volcada en la más extrema soledad.

Un día compré un disco de una joven pianista. Era joven, mucho más joven que yo. Ya ni siquiera recuerdo cuánto. Eso nos sucede a las sombras, que hemos perdido la firmeza de los miembros y el tiempo ha perdido también toda tersura. Al principio me costó mucho trabajo entrar en su modo de interpretar a Rachmaninov o a Scriabin. Pero sentí un hechizo incontrolable. Empecé entonces a escuchar sus interpretaciones con la partitura delante. Escuché con mis ojos, pensé con mis oídos. Hice muchísimas anotaciones sobre las partituras. Compré nuevas partituras única y exclusivamente para dedicarlas a esas anotaciones, es decir, para escucharla a ella. Muchas de mis anotaciones adquirieron sobresaltado ritmo de versos, fueron otra música escrita al lado de aquella música. La poesía de su interpretación a través de mis dedos. En el segundo disco de los suyos, con sonatas de Beethoven, comprendí que necesitaba comunicarme con ella. Yo debía tener cuarenta y ocho años y ella, ella no sé, quién sabe, cómo saberlo ahora. Entonces fue cuando empecé a escribirle cartas. Cartas larguísimas, compuestas exquisitamente sobre la superficie crepitante de un papel verjurado. Con una letra bellísima. Pues en mi otra vida tenía una letra manuscrita que llevaba ínsito el ritmo de toda poesía.

El tigre estaría salvándose en el interior de una botella de vidrio.

Nunca le envié estas cartas. Se habría roto el hechizo. Las guardé escrupulosamente en un archivo específico en que no se podrían mezclar ni comunicar con otros papeles. Le escribía cartas cada día. En ocasiones, dos veces al día. Le hablaba de su música, pero también le hablaba de los libros que yo leía y a veces, pero muy pocas, le hablaba de mí. Le hablaba de mí muy poco, porque siempre, entonces, me veía recitándome a mí mismo poemas y llorándolos en soledad, renunciando a mirar mi rostro en el espejo. En esas cartas a veces le escribí poemas, pero no míos, sino de mi memoria.

A mi muerte -en las circunstancias que ya he narrado- ella recibió las cartas de manos de mi albacea testamentario. Recuerdo el modo en que llegó a mi casa, donde el albacea le esperaba. Ella se acercó interpretando un silencio de redonda. Tomó el gran fajo de cartas en sus manos. Las abrazó. Dejó caer una lágrima sobre ellas. Sin leer una línea, las arrojó cuidadosamente al fuego de la chimenea, que estaba encendida porque era invierno.

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