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JunUna fábula ~ Mercurio abandona el domicilio conyugal
M e r c u r i o A b a n d o n a e l D o m i c i l i o C o n y u g a l
Proyecto para un libro que seguramente nunca llegaré a escribir
Una fábula
Esto es lo que recuerdo de lo que parece haber sucedido. Todo cuanto aparece aquí o bien lo he visto con mis propios ojos o lo he oído decir a personas dignas de toda fe. He procurado no añadir nada que pudiera cambiar el orden de los acontecimientos. Dejo que hablen ellos por sí mismos.
Sucedió en el tiempo en que todos los dioses eran ya adultos, bajo el reinado y patrocinio de Júpiter largovidente, el que amontona las nubes. Uno tras otro, los olímpicos han ido contrayendo matrimonio entre ellos. Las alianzas han sembrado paz y tranquilidad en las altas moradas. Excepto algún asuntillo picante, como el de Marte y Venus, las aventuras metamórficas del domador del rayo o los excesos del ojo del cielo, las mansiones celestiales parecen contentas.
Mercurio, en cambio, está melancólico. Dios esclavo, repite los mensajes de los demás dioses palabra por palabra. Cruza el mundo peinando la superficie del vinoso ponto con sus áureos talares y empuñando el caduceo, credencial de que su mensaje es la veraz transcripción de los dicho por otro dios. Él sabe traducir e interpretar lo dicho por los olímpicos en un lenguaje comprensible por los hombres. Una vez, también, por indicación del rijoso hijo de Saturno, mata a Argos ("pavón de Venus es, cisne de Apolo") engatusándolo con dulces cantos, ganándose así el nombre de Argifontes. Hasta el momento, quizá no haya renunciado al amor, quizá haya tenido aventuras con otras diosas, la misma Venus, o con Dríope, la ninfa; pero, en cambio, no tiene una esposa con la que encontrarse en el hogar común. Al contrario que todos los otros dioses, Mercurio está solo.
Decide, pues, buscar a su alrededor. Se le viene a la cabeza Psyché. Recuerda que, al nacer ésta, Mercurio le había regalado un carro con el que podría viajar velocísimamente. También recuerda, con tristeza, que tras de él había llegado Memoria y que con las pesadas cadenas de oro que traía como obsequio había lastrado irreparablemente el carro. Luego desecha la posibilidad, al recordar que Psyché ya sólo piensa en el rapaz alado. Otras de las candidatas en las que piensa le parecen conquistas imposibles, o bien por ser fieles a sus amantes, o bien por haber hecho voto de virginidad. Mercurio se sume de nuevo en su hermética melancolía.
El consejo de su hermano, Apolo, le parece la mejor solución por el momento. Él ha de tener la respuesta adecuada. Y no se equivoca. Sale en su búsqueda, y se lo encuentra pasando unas doradas vacaciones en compañía de nueve musas y dejándose rociar por las aguas de la fuente Castalia. Totalmente beodo por la ingesta desmedida de ambrosía, El Flechador le da al paupérrimo Argifontes la solución ideal:
-Tengo a la mujer perfecta para ti
-¡Ah! ¿sí?
-Burp… ejem.. sí, perfecta.
-¿Diosa?
-Semi
-¿La conozco?
-Filología
-¿Filología?
-Filología
-¡Filología!
-Filología
-Así que Filología
-Filología
-Hmmm
-Eso es
Momento para la reflexión. Diversos comentaristas y periodistas presentes en el momento de la iluminación se lanzan a sus cuadernos de notas y tablillas de cera para dar cuenta del significado de la revelación. He aquí lo que leo por encima del hombro de uno de estos comentaristas de actualidad, que toma notas de ello en los márgenes de un manuscrito, y que, cuando habla, revela un acento berlinés inconfundible:
Mercurius eloquentiam significat [...] Quod Mercurius eloquentiam significat, bene convenit nominis interpretationi. Nam Mercurius dicitur quasi medius currrens inter auditorem et loquentem; vel Mercurius quasi mentis currus, id est, vehiculum intellectus, qui congrue sermo dicitur [...] quasi gladius in manu principis, eloquentia in animo sapientis.
[Mercurio es aquí la elocuencia. Que Mercurio significa elocuencia es particularmente apropiado como interpretación del nombre, pues Mercurio es tanto como el mediador que corre entre el que habla y el que escucha; también puede decirse que Mercurio es tanto como el carro de la mente, es decir, el vehículo del intelecto que compone un discurso coherente. La elocuencia es al alma del que posee el conocimiento lo que la espada a la mano del príncipe.]
Este berlinés escribe deprisa. Se ve que ha leído tanto a Marciano Capella como a San Isidoro, y que es capaz de internarse por los recónditos senderos de la etimología y de la retórica, las puertas del Castillo en las que se asemejan el conocimiento y el poder. Si no, véase la nota que incluye posteriormente en el margen izquierdo del verso del folio, y que de allí -espera- ha de saltar a las páginas de un tabloide de gran difusión:
Horum –id est Mercurii et Philologiae– coniunctio nupcie dicuntur, nam nupcie dicuntur legittime duorum coniunctio eiusdem nature, diversi sexus, cum spe prolis, delectatione et constancia. Horum autem coniunctio legittima est, quia utraque sine altera aut parum utilis est aut nociva. Eiusdem sunt nature, quia sunt humana bona; diversis sexus, quia eloquentia tamquam mas, ratio tamquam femina. Nam hic agit, hec patitur, dum ea, que ratio concipit, sermo pro suo arbitrio proferat et exponit aut quia in ratione aliena sermo noster sciencias format. Nam sciencia proles est huius coniunctionis, unde disctum est: cum spe prolis. Habet etiam nexus iste suam delectationem, quia que maior est delectatio, quam cun sentit aliquis suam eloquentiam sapiencie et rationi nimie refragari, aut cum ea, que rationabiliter intellexit, sermonis beneficio potenciam habet explicandi? Habet autem suam constanciam, quia hec est naturalium bonorum proprietas, ut, si semel coheserint, amplius non valeant ab invicem separari.
[La unión de éstos -Mercurio, digo, y Filología- debe llamarse boda. Se llama boda a la unión legítima de dos que son de la misma naturaleza, de distinto sexo, con intención de procrear, delectación y constancia. Así, la unión de éstos es legítima, pues cada una de las partes sin la otra es, o bien inútil, o nociva. Tienen idéntica naturaleza, en la medida en que ambos representan virtudes humanas. Tienen diferente sexo, pues si la elocuencia es masculina, la razón es femenina. De lo que uno es agente, la otra es paciente; mientras que aquella concibe ideas racionales, el otro, de acuerdo con su arbitrio, las convierte en discurso y les da interpretación, por lo cual se dice que nuestro discurso forma las ciencias de la razón ajena. La ciencia es, pues, la progenie de la unión de ambos, y así puede decirse que se unieron con intención de procrear. Su alianza genera, además, delectación, puesto que, ¿qué mayor deleite puede haber que el de sentir el modo en que la elocuencia propia puede oponerse a otros mediante la sabiduría y el raciocinio? ¿o que la elocuencia misma, mediante su intelección racional, tiene el beneficioso poder explicativo del discurso? Y tiene también constancia, pues he aquí una de las propiedades de las virtudes naturales y es que si se juntan las que son semejantes, ya nunca puede romperse su mutua comunidad.]
Muchos, en los tiempos que corren, considerarán, con razón, que el concepto de nupcias que tiene el berlinés resulta retrógrado y, a decir verdad, como de la Edad Media. Pero desenegñémonos: es de la Edad Media. El problema no es que la unión sea o no sea como nuestro germánico amigo quiere. El problema es, más bien, en qué se convertirá Filología. De qué modo tomará las riendas del hogar conyugal, cuáles serán los criterios de utilidad que instaure
No se pierdan el próximo episodio (si lo hay) de la fábula.
a veces sospecho que me equivoqué de carrera… en fin, vengo a usted/ti, via "san" google, en busca de la existencia de una versión en castellano de esta obra de M.Capella. El origen de mis pesquisas es una obra de Schoppenhauer (lo siento si lo he escrito mal, pero mi dicción del alemán es más que lamentable). Un placer descubrir un blog TAN sugerente