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AugUn retrato de mujer (microcuentos, 6)
Sofonisba Anguisciola dejó, entre otros, un autorretrato en el que se ve su huidizo mentón y unos ojos enormes como de pintora; en la mano derecha sostiene un librito manuscrito de poesía, en el que por todo verso se lee su nombre. En otro autorretrato, Sofonisba se mira fijamente desde el lado fibroso del lienzo, mientras, con tiento y pincel, da cabo a un cuadro de la virgen besando al niño, una theotokos en acción. A ti, el retrato que te gusta de Sofonisba es el que no se sabe si es de ella o del Theotokopoulos, en el que el cuerpo de una mujer se pierde en el negro, sus rasgos se divierten entre los colores de un pañuelo y sus ojos miran desde lo alto de la cúpula orbital. Ese, te habría gustado pintarlo. Admiras a Sofonisba por ser una gran pintora, por el miedo que siente al pintarse a sí misma y porque al Greco no le habría importado enfrentarse a ella, aunque ha sido la historia la que ha puesto a los dos en pie de guerra.
También admiras a otro Domenico, Ghirlandaio, que pintó a Giovanna Tornabuoni. Cuando viste el retrato en la Fundación Thyssen, te brillaron los ojos. Habrías deseado transportarte a Florencia a finales del siglo XV para poder haber descrito con método los detalles de aquella guirnalda de cabello, rubios laureles en forma de trenza. Piensas en ese manuscrito que está tras de ella, a su derecha, mientras ella mira a la izquierda. Piensas que Giovanna no lo ve, y no sabe que el pintor, reescribiendo en cuerpo y alma un epigrama de Marcial, se queja del arte por su incapacidad de retratar no ya la belleza de la mujer, sino su ánima y virtudes. Admiras a Ghirlandaio porque sabes, como él, que el retrato es etopeya. Ars utinam mores animumque effingere posses pulchrior in terris nulla tabella foret.
Te gustaría viajar al retrato de una mujer a la que admiraras tanto como admiras el retrato. Te preguntas el camino que deberías seguir. Piensas en S, a la que sueñas a veces cuidando de los enfermos, resucitándolos, atravesando la noche en un camión empedrado de sirenas quizá con miedo. Tú trazas una cuadrícula en la fotografía de tu imaginación: lleva los cabellos recogidos y un rostro sereno, sobre un fondo inespecífico en el que se disuelve la historia.
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