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AugDebajo de una escalera (El hijo del Maestrín ·1·)
Se debería haber llamado Alejo, pues, como él, vivía en el hueco de la escalera, acomodando su cuerpo incógnito en el ángulo recto. Quien subiera la escalera no podía sino pensar en que estaba apoyándose en el contorsionado organismo que allí residía, y, por eso, todos los vecinos -excepto los niños- depositaban sus pies en los escalones con el cuidado de un miniaturista.
Allí tenía una banqueta en la que se sentaba, apoyando sus riñones contra la pared, y encorvando el resto de su cuerpo hacia adelante como un arco en tensión. Una de sus piernas carecía de fuerza, quizá porque, como él decía, había sido herido en la guerra, o más probablemente porque había padecido de poliomielitis. Esta pierna, la pierna sin fuerza, le servía de atril o mesa de trabajo: se la tomaba entre sus manos y la cruzaba sobre la otra, creando así una superficie tan triangular como su cubículo a la que podía cambiar de amplitud o de inclinación según las necesidades. Felix, que así se llamaba, tenía una sonrisa extraordinariamente oscura de la que pendía invariablemente un Ideales o un Celtas sin filtro.
Sin embargo, la sonrisa parecía elefantina en comparación con el tiznamiento general que recubría por igual al sujeto y a su antro. Del vértice superior colgaba una bombilla de tungsteno, con una peluca de polvo añoso, como una tulipa en la que se pudieran hacer excavaciones arqueológicas; pendía de un cable amarillento y retorcido, y la luz total apenas podía asemejarse a la de dos cabos de vela de sebo que -por el sebo, no por el pabilo- le servían al habitante de la gruta para consolidar cordones. Detrás de él, contra el rincón, tenía unas muletas de castaño, madera ya envejecidisima, al igual que los soportes axilares de cuero, que él mismo había ido reparando desde los años treinta. El resto del lugar estaba amontonado de zapatos. Un zigurat entero de ellos, de todos los numeros, de todos los colores, de tacón sin tacón y sin tacón para poner talones, con agujeros irreparables o con descosidos, todos confundidos, sin orden alguno. Uno le llevaba unos zapatos y, sin mirar al montón, los lanzaba por encima de su hombro mientras en en un trozo de papel sacado de un envoltorio cualquiera o de un periódico viejo garrapateaba unas letras que indudablemente significaban algo para él.
-Yo conocí a tu abuelo.
-Hmmm -yo no lo había conocido, porque había muerto en Barcelona cuando yo tenía sólo cuatro años y estaba e Valladolid.
-Era guarnicionero.
-Hmmm -yo sólo sabía que el abuelo hacía sillas de montar y cartucheras y cinturones, todo de cuero, y me parecía fascinante, aunque jamás había visto más caballos ni cartucheras que los de la policía que por entonces rondaba mucho por toda la ciudad.
-¿Sabes en qué se distingue un guarnicionero de un zapatero?
Me preguntó ésto mientras retorcía un manojo de hilos de bramante, los untaba de pez, y luego, después de cubrirlos bien de baba metiéndoselos en la boca, pasarlos por uno de los cabos de vela de sebo. Y como yo no contestara en ese intervalo de tiempo, porque no tenía ni la más remota idea de las diferencias entre ambos oficios, que de todos modos no podían estar más lejos de las cortas ambiciones de un niño de diez años, llegó a dar él mismo la respuesta, enseñándome el producto de su trabajo y tensándolo varias veces seguidas a dos centímetros de mis ojos, haciéndolo chasquear de una manera no demasiado agradable, porque cada chasquido venía acompañado de unos salpicones de la baba previamente administrada.
-En que los zapateros hacemos nuestros propios cordones.
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