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AugHerramientas (El hijo del Maestrín ·2·)
El abuelo Heraclio, aunque sólo hubiera sido por su nombre, habría debido ser herrero y haberse dedicado a forjar armas, labrar escudos, o tejer redes finísimas de oro en las que cazar unas cuantas venuses y no pocos martes. Pero era guarnicionero, y eso quiere decir que no hacía sus propios cordones. Y Félix, el zapatero, sí.
Al abuelo Heraclio lo llamaban El Maestrín. Sólo conozco una foto suya y está bastante ufano rodeado de sus hijos, con los pantalones subidos hasta las mismas axilas y no demasiado pelo en la cabeza. Mirando bien la foto se ve que ninguno de sus pocos pelos lo era de tonto. Para mí, el Maestrín es una serie de objetos y atributos asociados a esa fotografía. Uno de ellos es, ahora, La Lezna.
Hasta hace pocos días no sabía La Lezna era parte de la iconografía del Maestrín. Se trataba de un punzón de sección triangular y bastante roñoso engastado en una pieza de madera en forma de lágrima o pera, diseñado ergonómicamente -si es que esta virtud del diseño es lejanamente aplicable a la artesanía aldanense de principios del siglo XX- para encajar en la palma de la mano. Su función: hacer agujeros, ni más ni menos. Taladrar, horadar y destrozar cuanto cuero, tejido u otra cosa dura le viniera a uno a las manos. Era preciso tener cuidado con lo que uno entendiera por “otra cosa dura que le viniera a uno a las manos”, pero, aparte de eso, el uso de La Lezna en casa era inagotable.
La Lezna era uno de los pocos supervivientes de entre las especiales herramientas del Maestrín.
Éste, un día de junio de 1963 había reunido al niño Francisco Javier Álvaro, de nueve años de edad, y al progenitor de dicho niño e hijo del mismísimo Maestrín, y les había dicho con solemne continente -presumiblemente poniendo su mano de artesano sobre la por entonces algo hueca cabeza del niño Francisco Javier Álvaro:
-Id y repartid mis herramientas como mejor queráis. -Y luego, frunciendo el ceño y agravando la voz añadió: Pero yo os voy a decir a quiénes no debéis dárselas en ningún caso. -Finalmente, levantando el torso y echándose la mano al bolsillo del chaleco, habría concluido: Podéis quedaros con algo.
Y se quedaron con La Lezna.
Los tres hermanos del hijo del Maestrín, acompañados por la fiel presencia y eficaz memoria para los nombres del niño Francisco Javier Álvaro, que ya por entonces se enroscaba a las orejas la montura de unas gafotas de cristales de culo de vaso, repartieron las herramientas como quien siembra generosamente un campo. Al émulo de san Alejo le tocó la mayor parte. El hijo del Maestrín conservó La Lezna, él, precisamente él que, en el duro invierno de 1939, con la guerra recién apagada en las calles, había rechazado convertirse en aprendiz del Maestrín.
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