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OctTitan
A mi padre le encantaba la Sinfonía número 1 en Re, de Mahler, también llamada la Sinfonía Titán. Siempre la escuchó en un disco de vinilo de una colección de música clásica (de historia de la música clásica) que adquirió a principios de los años ochenta, o quizá a finales de los setenta. La colección constaba de diez volúmenes de -creo- diez discos cada uno, todos ellos con grabaciones de Deutsche Gramophon. A veces se sentaba simplemente a disfrutar de la historia de la música clásica, y se iba colocando los discos uno por uno, en el orden diseñado por la colección. Su pasión por el orden era sólo comparable a su pasión por la historia. La historia, quizá, constituía la perfección del orden, la apoteosis del archivo. Y mi padre, profesional y personalmente, tenía cierto espíritu de archivista. Lo que sucede es que su forma de archivar las cosas era heterogénea. De él se hubiera podido decir lo que dijo Deleuze de Foucault: no es que se haya nombrado a un nuevo archivista, sino que el archivista se ha nombrado a sí mismo.
La Sinfonía Titán llegaba, pues, casi al final de ese orden fabuloso que es la historia de la música clásica. Había estado esperando ese momento, disco tras disco, día tras día, haciendo hueco en el alma hasta llegar a la Sinfonía Titán. Así que cuando por fin, después de limpiarlo con no mucho cuidado, colocaba el disco en el plato y la aguja en el microsurco, se sentaba a escucharlo con la ansiedad de quien ha estado esperando el momento. Como quien reserva para lo último el mejor bocado, para quedarse con ese gusto, y sabe que ese gusto le acompañará durante días.
Supongo que le fascinaba la enorme energía que desprende esta sinfonía, el modo en que las cuerdas inundan hasta siete octavas en un “movimiento de la naturaleza”, las danzas y ritmos populares con que se llenan los movimientos subsiguientes, y, sobre todo, el despliegue impresionante de motivos musicales. Si hay algo que diga “otra historia de la música” u “otra forma de archivar la música”, quizá pensaba mi padre, eso debe ser la sinfonía Titán de Mahler. Así que se sentaba y la dirigía.
Y luego, ya cansado, simplemente se levantaba hasta el plato y volvía a colocar la aguja en el microsurco.
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