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JanAlcina y los pimientos picantes (de Fotografías que no he hecho, 2004)
D y T están aquí. D y T son mis padres. La única razón por la que les llamo D y T es porque en estas crónicas de un galápago sin concha que os envío, jamás menciono nombres completos, sino inciales, alusiones veladas y veladas alusivas, incluso velares oclusivas, pero nunca nunca nombres completos. Así que D y T están aquí, D es mi padre y T es mi madre. Como puede observar cualquier aprendiz de fonólogo, la diferencia fundamental entre D y T es un sólo rasgo: D es sonoro y T es sorda. Bueno, pelillos a la mar. Lo que yo quería decir es que D y T, que no son dos dentales oclusivas (sonora y sorda respectivamente), sino mis padres, están aquí. Y eso me hace particularmente feliz.
Ayer estuvimos viendo Alcina en la Ópera de San Francisco. Una producción alemana, no de la ópera de San Francisco, pero digo yo que digna de esta plaza. Ya sabéis cómo se las gastan aquí, si habéis leído mis anteriores crónicas sobre Otelo y Kat'a Kabanová. Acaso hoy me encontraréis algo literal, frente a otros días en que estaba más metafísico. A mí me sucede como a Rocinante, que estoy metafísico cuando no como, y literal cuando tengo ciática. Hoy tengo ciática y he desayunado bien, gracias. Todos esos datos, supongo, los consideráis de suma importancia, y ya puedo advertir desde aquí cuantísimo os agrada saberlos, por el movimiento lateral de vuestras cabezas y por la beatífica manera que tenéis de enarcar las cejas. Os conviene, a partir de ahora, adoptar un aire adusto, el mentón sobre el puño, el puño sobre el codo, el codo sobre la mesa, la mesa sobre el suelo, el suelo sobre el vecino de abajo, el vecino de abajo sobre su muj… bien, sigamos adelante.
Como información general, conviene tener en cuenta varios datos de suma importancia. El pimiento más picante de los estudiados por cierto biólogo molecular de la Universidad de California, San Francisco (ojo, no Berkeley, sino San Francisco) es el Habanero. Junto a él, hay otros de menor cuantía (entre los que no figuran los pimientos de Padrón, pero es cosa de hacer una mesa cuestatoria y enviar cinco mil firmas), que pasan por el Jalapeño, el Verde Tailandés y otros que no recuerdo. Como quizá los más audaces de entre vosotros sepáis, el agente picante del pimiento verde picante es la capseicina. Os sorprendería saber hasta qué punto la capseicina del pimiento es importante para la biología molecular. Pero sólo cuando se es pimiento o mamífero, porque por ejemplo si se es pájaro, la cosa tiene mucha menor importancia . Aquellos de vosotros que seáis pájaros lo habréis advertido de inmediato, y es que los pájaros podéis comer pimientos habaneros sin sentir la menor punción, el más mínimo arrebato de calor, ni pizca de urgencia en vuestros detectores de capseicina. Os preguntaréis, acaso, a qué puede deberse un efecto tan curioso y diferente.
Yo también me lo preguntaba hasta hace poco, sobre todo en los momentos de mayor duda metódica. Ahora ya sé varias cosas, como por ejemplo que, a pesar del pico, no soy pájaro, porque los pimientos picantes me resultan insufribles. Los más de entre vosotros os estaréis preguntando cuál es la relación mística entre todo el asunto de los pimientos picantes y la buena de Alcina. La respuesta es muy sencilla: ninguna. De hecho, la razón es mucho más prosaica: el pájaro, ay, como no la destruye al digerirla, expande la semilla al egresarla de su cuerpo; por eso el pimiento se hizo picante -es la hipótesis del biólogo, lo juro-. Para empezar, Alcina es una brujilla, que tiene encantado (en todos los sentidos) a Ruggiero, el cual teóricamente tendría que estar a su propia vez limpiando los zapatos a Bradamante. Así que, como es lógico (¿acaso no actuaría igual cualquiera de nosotros?), Bradamante decide disfrazarse de Ricciardo, su hermano de ella y, acompañado por Melisso (que desaparece milagrosamente en el acto segundo sabe dios por qué) se presenta en la isla de Alcina. La recomendación fundamental que cabe hacer en este caso es la siguiente: si acaso eres mamífero y puedes evitar los pimientos picantes, te conviente hacerlo, y, similarmente similar, si por caso una bruja rapta a tu novio o novia, no resulta del todo conveniente (o al menos no lo parece) disfrazarte de tu propio hermano para intentar rescatar al desdichado o desdichada que algún encantador o encantadora ha forzado (o forzada). Grandes tesis de la humanidad.
Todo eso hace que el asunto de Alcina parezca no tener relación con los pimientos picantes y la gran investigación desarrollada por el no menos famoso biólogo molecular de la UCSF. Tampoco importa demasiado que otro igualmente famoso biólogo molecular de la UCB haya dado una conferencia en la cual expone con todo lujo de detalles la investigación que el otro biólogo molecular de la UCSF ha desarrollado, y que merezca encendidos aplausos (como la soprano que interpreta a Alcina) de parte de una concurrencia boquirrubia y parabolana, que sin embargo le señala que no en todas las lenguas se utiliza la metáfora "hot" (=caliente) para decir de los pimientos que son picantes, y que, sin ir más lejos, en alemán se dice "punzante" o "áspero", en japonés no me acuerdo y en español ya se sabe. Alguien pregunta también si los detectores de capseicina de los indios y de los mejicanos son diferentes a los del resto del mundo, y es la misma persona que a un conferenciante sobre la captación de las imágenes por la retina formuló la pregunta de si los pintores y artistas en general tienen una retina diferente a la de los del resto de la humanidad humana. Alcina, que tiene la gracia de convertir en bestia a la gente que deja de caerle bien, puede que haya convertido en bestia a esta señora tan simpática que, para gran pasmo y asombro de todos los circundantes, sí, en efecto, es musicóloga y probablemente en sus ratos libres escucha versiones de la Alcina de Haendel.
En el escenario hay un espejo. El ponedor de la puesta en escena ha dicho que ese espejo es el de la imagen prohibida de Magritte, pero en realidad sólo comparten el marco, y quizá el hecho de que el ponedor diga que su espejo es el de Magritte. El espejo no es un espejo, eso es verdad, y en eso se parece mucho más al "esto no es una pipa" de Magritte que al espejo de Magritte, pero empiezo a sospechar que no se trata sino de una casualidad. Yo lo que creo es que el ponedor está intelectualmente muy descalzo, y en eso se parece quizá a un famoso cuadro de Magritte en el que aparecen unos zapatos que se convierten en pies. Al ponedor, sin embargo, me parece que los pies se le convierten en zapatos, y en eso no se parece a Magritte, sino más bien a uno de los pobres hechizados por Alcina y convertidos en bestias. Si al menos le convirtiera en pájaro, no le molestarían los pimientos aunque fueran picantes, pero me da la impresión de que no ha de ser así. En el espejo van pasando cosas bastante picantes, es verdad. Lo que pasa sobre todo es que es una pantalla de entretenimiento para que la gente se aburra lo menos posible con el hecho de que la ópera de Haendel no es una ópera ni se le parece (ni seguramente Haendel tenía mayor idea de lo que era una ópera, y si le hubieran dejado quizá habría dicho "ceci n'est pas une opéra"), sino que es una sucesión de cuadros, en los que no hay ninguna acción, y que están bastante inconexos, y el ponedor ni puede ni consigue conectarlos. Y en eso le pasa como al conferenciante que hace la conferencia de otro, que cuando llega el turno de preguntas, la respuesta que se escucha con mayor frecuencia es "no sé". El ponedor en realidad revela que el hecho de que la música sea maravillosa y los cantantes formidables no le parece suficiente para convertir a Alcina en una delicia para los sentidos.
Y en eso me recuerda muchísimo a otra respuesta del biólogo que también me gusta mucho. "Uf, yo me dedico a la célula, y tú me preguntas por el cerebro, pero el cerebro… el cerebro me sobrepasa".
Publicado en Jesús Rodríguez-Velasco, Fotografías que no he hecho, Salamanca & Berkeley, SEMYR & SEMMYCOLON, 2004, págs. 25-33.