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07
Jan
La Costumbre. Sobre una representación de Kat’a Kabanova (de Fotografías que no he hecho, 2004)

Llueve. Intensamente. Oigo la música del agua sobre el agua, de los pasos sobre el agua, de la música sobre el agua. Llueve y el agua cae sobre un río, todo de azul cobalto. Luego sueño y vivo en un campo de concentración subacuático, en el que repito punto por punto la sed, el frío y el dolor de Primo Levi. Me despierto sobresaltado, pero sé que no he soñado la lluvia, ni el azul cobalto, ni las músicas que se entrecruzan.

Varias personas se agolpan, sus cabezas rapadas, bajo unos paraguas extraños, cuadrados, con el astil de neón. Cuando deja de llover, el neón deja de lucir, y brillan mejor sus cabezas calvas. Están en formación, y se mueven en formación por los recovecos entre los charcos. No sé si son los charcos o es que el río, como el canto de Quevedo, ya no conoce márgenes ni orillas y es inundación. Quizá sea el río. Alrededor de los calvos en formación con el neón erecto en sus manos, algunas personas se mueven y conversan, cruzan los charcos o el río sin orden ni concierto, interpelándose los unos a los otros, llamándose por sus nombres, algunos, como Kudrashi y Varvara, huyen, huyen definitivamente, quieren una vida de felicidad, más allá de esos calvos que se mueven en formación.

En medio de los charcos del río hay una isla, la habita una mujer tendida. Debe de ser una sirena. Se le acerca la muerte en medio de sus sueños y se despierta. La isla es una cama, y cruza descalza el océano de charcos del río, para abrazarse a su amiga y pedirle protección. Está enamorada de Boris, pero casada con Tichon. Ahora canta. A su espalda ha caído un telón que es el Volga, y que estaba allí desde el principio del principio de los tiempos, cuando los músicos aún estaban afinando los instrumentos, las luces encendidas, y aún no había comenzado la vida sobre el planeta del escenario. El Volga ya estaba allí, una maravilla, como grita Kudrash tan pronto el "fiat lux" del director hace que se apaguen las luces del teatro. Mientras Kat'a canta, una luz dice que el Volga es transparente, y tras ella, en medio del agua somera, la observa Boris, en una escena que ya he visto: Isolda canta, mientras Tristan (René Kollo) la observa desde el telón transparente que es el velamen del barco. En mi sueño, pocas horas más tarde, del que despierto sobresaltado, atravieso ese velo transparente para respirar, y al salir me espera un puñetazo fortísimo del que aún tengo sentido del dolor. Sé que he intentado evitarlo, incluso amenazando a quien me lo da, pero no puedo, y siento la sangre que fluye por dentro, como el Volga, sin márgenes ni orillas.

Algo está abrazando a Boris y a Kat'a. Un pájaro, una sombra, quizá, no sé, quizá un ángel, quizá la sombra de la muerte. De una muerte cercana en el mismo Volga que les depara la tormenta. La sombra se eleva, Boris se va, Kat'a abandonada a sus pensamientos. Rubia, esbelta, hermosa, se hunde en el río buscando desaparecer para no tener que sufrir la humillación de la costumbre.

La costumbre es lo que dicta Kabanicha, su suegra. Muéstrale, dice a Tichon, a tu esposa cómo debe comportarse en tu ausencia. Es la costumbre. Ahora, dice a continuación, sentémonos. Es la costumbre. ¿No será, hijo, que amas a tu esposa más que a mí? La habitación de Kabanicha tiene todos los muebles cubiertos de telas blancas, que sólo se quitan para que Glasha y Flekusha los limpien, que es lo que ellas hacen desde el principio del primer acto hasta el final, cuando sacan el cuerpo muerto de Kat'a del fondo del agua somera del Volga. Mi sueño está atestado de limpieza. No sé por qué, en el modo en el que intento y consigo respirar dentro del agua, en ese campo de concentración subacuático (¿será el fondo del Volga, que nunca he visto? ¿Será el lago donde está siendo educado Lancelot? ¿Quizá el fondo del Rhin en el que las Hijas del Rhin quieren que les lleve el oro y renuncie al amor, y yo no quiero el oro para nada?). Limpio constantemente. Las manchas de sangre. No sé qué hacen allí unas manchas de sangre. Como si fueran tres gotas de sangre en la nieve que quieren recordarme algo que pretendo olvidar a toda costa: quién soy, cómo me llamo, qué hay al otro lado de ese mundo horrendo bajo el agua, si lo importante es el continente o el contenido, o ambas cosas. En el tercer acto, en medio de la lluvia, estoy demasiado sobrecogido para tomar fotografías. La lluvia lo invade todo con una exactitud asombrosa: el agua sólo llega hasta el límite del agua, y nunca se extiende más allá, salvo que alguien (Boris, Kat'a, Kudrisha, Varvara) lo lleve en sus pies o en su ropa hacia el exterior. Cuando Karita Mattila deja de ser Kat'a y viene a saludar, lo hace temblando, empapada por el Volga que ha dejado de ser el Volga para ser un montón de agua en el escenario y en sus ropas y en sus finísimos cabellos extraordinariamente rubios.

Pero en los dos primeros actos no paro de hacer fotografías. Al fondo, se ha abierto parte del escenario como si fuera media luna y viene una procesión encabezada por Kabanicha y concluida, a cierta distancia, por Kat'a. Vienen de misa. El escenario explora los rojos y las maderas, al mismo tiempo que tiemblan las violas da gamba, y el lugar en el que se vive, el interior, se mueve de derecha a izquiera, gira, se interrumpe en el centro, danza con la música poética de Janacek que todavía suena en mis oídos (¿fue la banda sonora de mi sueño?).

Las luces rompen a través de las ventanas de listones venecianas. Al salir del campo de concentración la luz me deslumbra. Las sombras son largas, creo que es el origen de la mañana. Huele a una luz que siempre quise fotogafiar y nunca supe cómo hacerlo. No me gusta ese olor, me conduce al puñetazo que todavía me duele. Lo sé, porque en mi sueño, como en la ópera, el pasado siempre sabe cómo ha sucedido el futuro. De hecho, la ópera, como los sueños, cuenta cómo ha sido el futuro, desde que Wotan se hace una lanza con el fresno del mundo.Ahí estoy, amenazado por el fresno del mundo. Por la lanza que agita Wotan. Por la lanza que custodia Klingsor. Por la lanza que empuña Perceval. ¿Qué dirán los ermitaños de mi sueño? ¡Puñetazo! Me caigo como una ficha del domino, viajo del tercer al primer acto, sumido en los charcos, muerto en el fondo del Volga.Tengo una barba larga. Estoy sucio. Camino entre los coches en los semaforos. Estoy en todos los semáforos, y exhibo un cartel. No tengo nada. Sólo un gran moratón, sólo un gran vuelo hacia el pasado, todo ha sido un sueño. Miro al frente, no me atrevo a mirar a los conductores. Mi cartel lo dice todo, pero no sé cómo reaccionan los demás, porque no quiero ni mirarlos. Mi cartel habla por mí. "Anything helps, even a smile".

Publicado anteriormente en Jesús Rodríguez Velasco, Fotografías que no he hecho, Salamanca & Berkeley, SEMYR & SEMMYCOLON, 2004, págs. 17-23.

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