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15
Jan
Homero romançado

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí la Ilíada. Fue en el invierno de 1985. Tarde, en efecto. Lo recuerdo tan bien por una razón muy sencilla: tan pronto como se publicaba Poesía. Revista Ilustrada de Información Poética yo me la compraba, por lo general en compañía de Miguel R, en la librería 80 Mundos , en la calle General Marvà de Alicante (propiedad de Fernando Linde, en cuya casa vi por primera vez en mi vida las Obras Completas de Lenin leídas de cabo a rabo; recuerdos arrancados a jirones), donde pasábamos no poca parte de nuestra existencia. Bien, decía, adquirí ese número, y en él había una nueva traducción del Canto I de la Ilíada a cargo de Luis Alberto de Cuenca. Me quedé tan perfectamente fascinado que inmediatamente me compré la primera Ilíada que encontré por el camino y me la eché al coleto. Idem de idem con la Odisea, si bien eso fue dos años después, en el momento en que apareció en la editorial Akal una traduccion que, pensándolo bien, no sé de quién es, pero que lleva una introducción de Luis Alberto de Cuenca. Y para mí, por entonces, Luis Alberto de Cuenca no era más que uno de los nombres de Homero, como Demódoco o Femio (con la apreciable diferencia de que Luis Alberto de Cuenta escribía -y escribe- en español).

Portada Odisea, Akal

Mi profesor de griego del instituto (en fin, uno de los profesores de griego que tuve, que atendía al nombre de Maximino, y que era razonablemente ciclópeo) era capaz de recitar partes enteras de los poemas homéricos en griego. Eso me impresionaba enormemente, y yo mismo, después, a base de fragmentos, quería hacer lo mismo. Él me ayudó a hacerlo. Mi memoria todavía tiene algunos hexámetros. Pero aparte de eso (que, de hecho, ocurrió años antes de que yo pudiera leer de principio a fin los dos poemas homéricos), por supuesto, todo mi Homero está en español. Español y unos cuantos fragmentos en griego. A veces saco una edición de los poemas en griego y los recito, los leo, pero lo cierto es que ya no entiendo más que cuatro palabras.

Todo esto viene a cuento del hecho de que ayer por la noche terminé la enésima lectura de la Odisea. Hace medio año terminé la enésima lectura de la Ilíada. Juntamente con unas cuantas tragedias griegas, varias obras latinas (las Metamorfosis y la Eneida a la cabeza) y algún otro libro, componen una biblioteca que releo con bastante frecuencia. Creo que lo que más me tranquiliza de esas relecturas es el modo en que siento renovarse la pulsión por el placer de la lengua.

Como ya he dicho, no he leído en griego ninguna de las obras de Homero, de modo que parece ser que estoy hablando del placer de la lengua española. Por curiosidad he mirado traducciones a otras lenguas, en concreto al catalán, al francés, al inglés y al italiano. Pero no me parece que ninguna de ellas lleve hasta sus límites más excelsos el arte del neologismo como lo hacen los traductores españoles. Creo que es un estilo propio. Supongo que hay una escuela de traductores clásicos que no sólo implica a los más clásicos (¿cómo no arrodillarse ante la tradución de la Eneida de Aurelio Espinosa, ante la que José Carlos Fernández Corte, mi admirado ex-colega salmantino, se asombra en muchas de sus notas)  también se reparte por entre los más actuales (como López Eire, también ex-colega de la Universidad de Salamanca que publicó su Ilíada algunos años atrás). El altitonante o largovidente Zeus es sólo comparable a los flexípedes bueyes de retorcidos cuernos. Los neologismos y los epítetos épicos. Esas son las partes que realmente me asombran.

A estas alturas me es imposible leer sencillamente a Homero. Lo leo en otra lengua y en otro tiempo. Es una observación completamente trivial, pero importante. Tampoco puedo leer a Homero en ausencia de Brian Havelock, ni en ausencia de todos los teóricos de la literatura oral. A veces simplemente me gusta leerlo en alto para disfrutar el sabor de las palabras en el paladar, y los epítetos y las fórmulas, lejos de automatizarse, resaltan en el texto como anclajes fundamentales para construir la historia. Todos ellos tienen un tono místico a la par que mítico. Tampoco puedo leerlo en ausencia de Erich Auerbach y de su memoria, escribiendo Mimesis en Estambul, y empezando a narrar en el momento en que, a la vista de la cicatriz en la pierna de Ulises, infligida por un jabalí, el ama, Euriclea, reconoe a Ulises. Auerbach reconociendo, por la cicatriz de su exilio, a su propia biblioteca y narrando su historia a través de la memoria de los libros es, sin duda, otra forma más de romanzar a Homero.

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