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22
Apr
Días de libros

Apenas acabo de llegar a Berkeley. Queda atrás un mes y medio. Durante el tiempo de ausencia, habría querido escribir mil cosas. La mayor parte de ellas se me han olvidado ya. Otras se quedaron en meras trivialidades, así que fue preferible que fueran a habitar su propio limbo. Casi no he podido trabajar, sino para cumplir con algunos compromisos; casi no he podido escribir, ni siquiera cartas o mensajes.

En cambio, he leído algunas cosas. Me habría gustado ir escribiendo independientemente sobre cada una de ellas, pero eso requería una concentración que no era capaz de convocar. Ya no recuerdo siquiera el orden en que he ido leyendo, pero supongo que eso no tiene la menor importancia.

Poco antes de partir de aquí, y gracias a la recomendación de Michael Iarocci y Debarati Sanyal, decidí meterme un poco en J.M. Coetzee, y me sumergí en Disgrace como primera medida cautelar (sobre todo porque me la habías prestado tú: tú eres Aurélie). Empieza como una novela de campus, que es un género que me causa al mismo tiempo curiosidad y rechazo. Tengo suficiente campus a lo largo de mi vida como para querer más. Es una observación teóricamente bastante idiota (late bajo ella la idea de la 'literatura como evasión', que me parece igualmente detestable). Una vez me gustó Small World de David Lodge, pero cuando quise meterme en Changing Places, comprendí que ya no me interesaba lo más mínimo. No hay de que preocuparse, el libro de Coetzee no es, sino de lejos, una novela de campus. De inmediato el problema cambia completamente de signo: es una novela de granja, más que de campus, sólo que la granja es una abreviatura de Sudáfrica en la época en que todavía está vigente el apartheid. Lucy, la hija de David Lurie, protagonista estupefacto de la novela, es, en realidad, el campo de batalla de esa Sudáfrica cambiante cuyo orden de discurso parecía residir más bien en la conducta de David con Mélanie (del griego "mélas", negro). No era propiamente mi primer encuentro con Coetzee, en tanto había empezado (pero no terminado, porque en ese momento estaba totalmente concentrado en terminar mi propio libro ) Waiting for the Barbarians (que, sin embargo, retomaré en estos días). Me había fascinado el estilo del autor, su manera de enfrentarse desnudo ante la narración, el estilo perfecto, devastador, bello.

Así que tan pronto terminé el libro, casi nada más aterrizar en España, me lancé a dos librerías diferentes. Una con libros en inglés, la otra, mi librería habitual, Sandoval. En la primera, compré más Coetzee, Youth. Sediento de mi nuevo autor, lo consumí como aquejado de libropesía. Otra estúpida idea sobre la literatura se impone sobre mí al ritmo del estilo devastador del novelista: el lector que se identifica con el personaje. De un modo tan atroz que apenas puedo creerlo, y que me lleva a volver a leer páginas enteras para verificar que estoy en lo cierto, que no soy yo quien está escribiendo esta novela que me hiere hasta lo más íntimo. El volumen de palabras de que me provee el libro para intentar analizarme a mí mismo es brutal. Estoy deseando terminar el libro. Justo antes de terminar el último capítulo, después de una sesión de asombro leyendo en El Largo Adiós (café más conocido como El Cafetín, justo enfrente de la catedral), me olvido del libro en un establecimiento. Tengo que esperar hasta el día siguiente para ir a recogerlo y terminar de leer. En las profundidades del libro se encuentra más bien que la juventud, la imposibilidad del arte.

Acababan de ingresar a mi padre. Su estado iba mejorando, gracias a la mezcla de oxígeno y óxido nítrico que le están administrando, juntamente con otro montón de medicamentos. Se me ocurre empezar a leerle la nueva novela de Isaac Rosa, El Vano Ayer. Mi padre no deja un solo párrafo sin comentario. No es una novela fácil de leer en voz alta. Es una novela escrita en silencio; incluso cuando los personajes se expresan, interrumpen al narrador o se critican entre ellos, lo hacen en silencio. Me gusta esta novela, me gusta la voz crítica e inconformista con una visión gentil del franquismo y de la transición que se ha instalado últimamente, de manera que no acabo de comprender. Pienso que quiero leer más cosas de Rosa, y que he de adquirir su otra novela, Otra Maldita Novela sobre la Guerra Civil, que, en realidad, es una revisión crítica de su primera novela La Malamemoria. Pienso que Isaac Rosa, juntamente con Javier Pastor, es uno de los mejores escritores que han visto los últimos años, mucho más allá del impasse literario representado por escritores medianos como Juan Manuel de Prada, Javier Cercas, etc. Se me ocurre que sería una buena idea organizar en Berkeley un coloquio con algunos escritores, y ese es un proyecto que pienso desarrollar en las próximas semanas, en cuanto recupere mi ritmo de trabajo.

También he decidido volver a encontrarme con Enrique Vila-Matas, a quien hacía tiempo que no leía. Habría querido leer más, pero sólo leí dos de ellas, Bartleby y Compañía y El Viaje Vertical. Éstas, además, las fui contrapunteando con la lectura de los poemas sobre Los Años de Juventud de don Quijote de Martin Sorescu (a quien conocí gracias al Gran Boricua, Luis Maldonado), y, sobre todo, con nuevas ediciones de las Elegias de Duino, de Rainer Maria Rilke traducidas por Jenaro Talens, y de los Sonetos a Orfeo, también de Rilke, traducidos por Jesús Munárriz. Carla Palacio me indica la existencia de otra traducción, hecha por Hanni Ossott, y, de paso, me enseña algunos poemas de la poeta venezolana. También había tenido la prudencia de haber llevado mi edición inglesa de ambos textos, con la que disfruto enormemente, en la traducción de A. Poulin. Todo ello no ha hecho sino intensificar mi placer con Vila-Matas, sobre todo con Bartleby y Compañía. La novela explora el laberinto del no, el momento en que la literatura interfiere en la existencia de tal manera que la propia literatura se hace un imposible. El Viaje Vertical, por desgracia, no me cautivó tanto. Lo leí durante un viaje horizontal en el Talgo Valladolid-Barcelona (diez horas de viaje), con la ilusión de poder verte a ti, ya sabes, Aurélie Vialette, para poder verte a ti, leer contigo, leerte a ti, dejar que tú misma leyeras para mí. Allí leímos un poco en alto a Homero, la Odisea, y leí Le Dieu du Carnage de Yasmina Reza, que tú me regalaste tras ir a Laie, y me reí a mandíbula batiente leyendo esa maravillosa conversación, tan francesa, que pensé estar asistiendo a las discusiones de una casa que conozco bastante bien, pero que no se debe mencionar aquí.

Por lo que respecta al laberinto del no, volvió a comparecer en la exposición de Elena del Rivero, Trabajos con el Papel, que estaba instalada en el Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano . Las Cartas a la Madre, o la Carta de la Novia, son, precisamente, dos entradas maravillosas a ese laberinto sin centro. Me fascinó esta exposición. En parte porque la había montado Javito.

Alguien de Granada que ahora está en Georgetown, creo, pero cuyo nombre no recuerdo, y con quién, durante el coloquio de estudiantes graduados de Berkeley, hablé de Gabriel Ferrater, me recomendó la lectura de la novela que Justo Navarro escribió sobre Ferrater, F. Luego, Javier Pastor me dijo que a él le habían recomendado que ni se acercara a esa novela. Y, la verdad, la terminé por amor a Ferrater, pero mi recomendación general sería "no se acerquen a más a doscientos metros de esta novela, es mefítica". Ferrater, desde luego, no se merecía eso, y ahora quemaré pastillas con el olor de sus poemas para eliminar los nefastos vapores provocados por Navarro.

Para liberarme de este mal sabor de boca, y porque Vila-Matas me lo había metido en el cuerpo, decidí volver a leer Bartleby, the Scrivener, de Herman Melville, que hasta el presente había leído, sí, muchas veces, pero siempre en la traducción de Borges. Así que por primera vez lo leí en inglés. Me temo que a pesar de lo que se dice con frecuencia, y que firman Vila-Matas, Borges, o Giorgio Agamben, el síndrome de Bartleby no es la renuncia a la lectura, sino (me parece a mí), el momento en el que Bartleby se hace uno con su verdadero oficio, que es la destrucción del escrito. El problema es algo diferente. De hecho, es la sustancia cadavérica, la imagen de la muerte, el instinto de destrucción de Bartleby, archivista de "dead letters", el que está en primer término. Seguramente sería interesante una lectura del Mal d'Archive de Derrida a la luz de Bartleby, the Scrivener.

Un día, mientras te esperaba, en ese café que nos gusta que está en la Via Augusta, empecé a leer el libro de Julian Weiss, The Mester de Clerecía: Intellectuals and Ideologies in 13th-Century Castile. Es uno de los mejores libros sobre estudios medievales que he leído en los últimos tiempos. Porque es valiente, porque se enfrenta de verdad a los conceptos más complejos de los estudios medievales, a las idées reçues, y porque propone construcciones intelectuales que, de verdad, nos permiten volver a comprender el problema de la literatura en la Edad Media, no sólo en Castilla o en España, sino en general. Como tengo que terminar mi reseña de este libro, no diré, por el momento, más. Pero sí recordarás que, cuando volviste, te dije "me encanta leer buenos libros".

He comprado más libros de los que he podido leer, eso está claro. Pero todavía tuve tiempo para meterme entre pecho y espalda la última de Henning Mankell (de quien puedo decir con orgullo que lo he leído todo… bueno, todo lo que se ha publicado en español o en francés), Produndidades, que al principio me dejó algo atónito, no demasiado satisfecho, pero que al final, durante todo el último tercio, ha provocado en mí sensaciones de una intensidad que apenas podría explicar. De nuevo me infundió el deseo arrebatador de escribir sobre su versión de la literatura, en especial sobre sus colofones. Quizá un día escriba aquel trabajo al que titulé 1451b, y que empecé después de leer tanto Doktor Faustus y The Novel of the novel, de Thomas Mann, como las epístolas intercambiadas entre Arnold Schönberg y Mann al hilo del Doktor Faustus.

Luego llegó el día de los manuscritos. El día 19 de abril. Apenas el día antes de dirigirme de vuelta a Berkeley. Cansado de ver manuscritos, pedí que me sirvieran el Persiles de Cervantes. En ese momento no me acordaba, a pesar de que todo el mundo lo sabe. El diecinueve de abril de 1616, Cervantes firmaba el prólogo de ese libro. Anunciaba miles de cosas, toda la ilusión de alquien a quien le habían dado la extrema unción sólo el día antes, y que sabía -a su pesar- que estaba firmando el prólogo de su último libro, y que con su vida se iban todos los que tenía en la cabeza, incluida la segunda parte de la Galatea. Así que ese día, el diecinueve de abril de 2007 (cuatrocientos un años después de que el autor firmara ese prólogo), me quedé leyendo esa primera edición.

There are 3 responses to “Días de libros”

  1. Fernando Bañuls

    De 80 Mundos a Tierra, cambio. Qué bueno oir (digo leer) tus comentarios de libros. Tomo nota de casi todo tras apreciar (cómo me alegro) coincidencias felices. ¿Has leído a Miguel Espinosa? Feliz día del libro.

  2. Alejandro Prieto

    Muy interesantes comentarios. Voy a empezar con Vila-Matas cuanto antes. He estado a punto de agarrar sus libros, pero siempre se interpusieron en el camino Bolaño, Casares, Pynchon. ¿Qué opinas de estos autores? Felicitaciones por el sitio.

  3. Jose perez

    Sólo conozo de Isaac Rosa “Otra maldita novela sobre la guerra civil”: un ejercicio inteligente de nada. Ignoro la calidad, por tanto, de “El vano ayer”. Pero Javier Pastor tiene ya dos novelas magníficas: “Fragmenta” y “Esa ciudad”. Comparar a uno con otro, o ponerlos a la misma altura, es poco menos que una irreverencia. Y en cuanto a Justo Navarro y “F”, pocas vecers un delito ecológico estuvo tan injustificado. lamento ser tan contudente pero es por aquello de la brevedad. Javier tiene en su pasado dos novelas magníficas. En su futuro, espero y deseo, algunas más.

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