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OctSobre la representación del Tannhäuser en SF Opera ~ Carta a Aurélie
Mi querida Aurélie,
Cuando llegamos al Teatro de la Ópera de San Francisco y vimos el programa, ambos nos quedamos algo desilusionados al ver que el director de orquesta no iba a ser el titular, Donald Runnicles (siempre chispeante, y muchas veces brillante). El evento iba a estar a cargo de la batuta de Donato Cabrera. No importa. Hemos escuchado un millón de versiones de Tannhäuser, y hemos visto juntos una completamente maravillosa, dirigida por Daniel Baremboim, en la que el único pero fue el de Andreas Schmidt interpretando a Wolfram von Eschenbach. Si recuerdas bien, todo el mundo lo abucheó, y entonces Baremboim lo tomó en sus brazos y lo aplaudió con pasión. Quizá todos los que estábamos allí no teníamos razón, o quizá fue porque todo era tan perfecto que las imperfecciones que Wolfram -pieza clave de la obra- eran insólitas e imperdonables. Lo más probable, sin embargo, es que Baremboim entendió que el director debe proteger a sus polluelos en toda circunstancia pública.
Por otro lado, la función prometía muchísimo. Ya hemos visto o escuchado a Peter Seiffert haciendo el papel de Heinnnrich Tannhäuser, en tres versiones diferentes (dos de Baremboim, una de Franz Welser-Möst), y en las tres es como si él fuera Tannhäuser, él solo. Ni comparación con otros como Plácido Domingo, René Kollo o Wolfgang Windgassen (éste en la plana versión de Sawallisch). Seiffert es Tannhäuser. Incluso en un medio musical y teatral tan terriblemente hostil como el que pudimos ver hace un par de días en la Ópera de San Francisco, Seiffert es Tannhäuser.
El preludio es sencillamente maravilloso. Tú me llevaste una vez por entre los rincones de la partitura. Recorrimos con método el modo en que la melodía principal iba cambiando de secciones orquestales y cómo se iba enriqueciendo con nuevos elementos líricos y narrativos que se van diseminando en el universo del drama musical. Pensé en ese momento en todas las veces que hemos escuchado juntos esta música, y, desde luego, en que lo estábamos haciendo una vez más. Un poco descentrados, con una clara predominancia de la sección de viento metal y de la percusión. Pero un oyente puede entender eso y corregirlo. Cerré los ojos para escuchar la música e intentar "centrarme" y dejar de escuchar al funesto público que siempre inunda este teatro de la ópera. Me concentré en escuchar bien dentro el primer acorde y en ver cómo tus dedos se deslizaban por los pentagramas enseñándome los caminos más intrincados. El primer acorde sonó sin fuerza, sin toda la fuerza lírica que tiene, y, sobre todo, sin dejar ver que ese acorde (como el acorde de Re con el que empieza Don Giovanni, como el tritono de mi bemol del Oro del Rhin) contiene todo el misterio de la culpa, el debate y la redención. El preludio sonó hosco, opaco, desprovisto del carácter sublime y sutil del drama romántico. Como si no hubiera pasado nada. Como si no fuera más que un poco de música.
Ya sabes todo lo que pensé acerca de la puesta en escena, o de los cantantes (excepto Seiffert y Halfvarsson -éste en el papel de Hermann de Turingia). Parece haber una maldición universal y es imposible escuchar en directo a un buen Wolfram. Y la puesta en escena era pobre y fea. Imitación sin éxito de algunas ideas wagnerianas de Harry Kupfer (el árbol y el harpa tenían claramente la marca de Kupfer). Lo mejor que puede decirse es que era una dirección escénica trivial (la entrada de los invitados del segundo acto fue penosa) y lo peor, que era fea (las mujeres del coro, por quedarnos en ese instante de la obra, vestidas de inmaculadas concepciones, eran como para morirse de risa).
Pero incluso en las peores condiciones musicales y teatrales algo sucede, y ese algo me maravilla. Más allá de todos los problemas, se produjo en ti una iluminación. Comprendiste instantáneamente lo que había pasado en Barcelona en 186? (no me acuerdo del año), cuando los coros de obreros, juntamente con el coro de sopranos del Liceu, interpretaron la Marcha Triunfal del Tannhäuser, es decir, ese coro mixto del segundo acto que precede al torneo de canto (Sängerkrieg) en el Warburg.
Una representación trivial se convirtió en el centro de atención de un proceso creativo. El tuyo. A partir de ese momento -y a pesar de ciertos problemillas con el tráfico mientras conducías tu moto por el puente, indudablemente a más velocidad de la que deberías haber conducido, pchs, pchs, pchs…- empezó una nueva representación del Tannhäuser, un nuevo viaje por una partitura, esta vez no la de Wagner, sino la tuya misma: el proceso mediante el cual vas colocando cada pieza en su sitio para crear una idea: el espacio de la práctica musical, la oportunidad de la fusión de los dos coros -obreros y sopranos del Liceu-, el momento narrativo en que se produce ese coro, y el enorme impacto que todos esos elementos tienen en la configuración de tus tesis sobre las transformaciones sociales a través de la música.
Otra vez, empuñas la batuta para poder interpretar el primer acorde, el que contiene todos los misterios líricos y narrativos de tu pensamiento.
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