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JunGabriel Mälesskircher o el ángel de lo contemporáneo
Gabriel Mälesskircher no se habría contentado jamás con la idea de mostrar “a los evangelistas … en pleno proceso de elaboración del Nuevo Testamento” (según el catálogo). No parece seguro tampoco que, de habérseles preguntado, los evangelistas hubieran utilizado estas instantáneas para su promoción como hagiógrafos.
Mateo ni siquiera se apercibe de la presencia del pintor de iglesias (las tablas fueron a parar al monasterio benedictino de Tegernsee). Está ocupado cortando su cálamo, el gesto ceñudo de concentración y de fastidio; tiene los labios apretados y la boca enarcada, mostrando un enorme cuidado de no cortarse la mano izquierda con el cortaplumas que tiene en la derecha. Al fondo cuelga bien plegada y estirada su tallit, y algo más a la derecha su gartel blanco: las piezas ceremoniales que penden allá ahora descuidadas fueron un día sus instrumentos de oración en la sinagoga.
La escribanía de Mateo está abierta, de ella ha sacado el cortaplumas. En su interior hay unos pocos receptáculos de uso frecuente; mucho más a mano que los tejidos ceremoniales del fondo, la escribanía contiene dos rosarios, uno rojo y otro negro. También hay dos cálamos más, sujetos a la escribanía por un hilo.
En el interior de la escribanía, ahora que está abierta, vemos que Mateo ha pegado, en la esquina inferior derecha, una minúscula estampita de la santa Faz; ésta le recuerda y hace presente el rostro y la mirada de aquel de quien tiene que escribir la historia.
Mientras corta su pluma, un proceso en el que quizá parece estar empleando más tiempo del que debiera, al otro lado de su pupitre y sobre éste está acodado su ángel. Con la cara reposando en la palma de la mano, parece entre aburrido, impaciente y melancólico, a la espera de que Mateo reanude la escritura. Quizá es el propio ángel melancólico el que dicta -a su modo, él también le había dicho “ego sum angelus domini ad te missus”-, y quizá está pendiente de no perder el hilo de la narración mientras se ve interrumpido por una actividad y una necesidad tan insultantemente humana y casual como lo habría sido que Mateo, el antiguo publicano, se hubiera retirado a orinar.
La observación más trivial es ésta: en este cuadro no hay nada que Gabriel -el pintor, no el arcángel- no haya visto antes. Ni siquiera el ángel es totalmente sagrado, pues en ningún sitio he leído que la impaciencia o el aburrimiento sean sagrados. La melancolía sí. Todo en este cuadro es palpitantemente contemporáneo. Y es lo contemporáneo lo que verdaderamente cuenta, no la estampa histórica. Ésta habrá sido repetida hasta hacerse invisible, imperceptible, o lo que es peor hasta haberse reducido a una ecuación del tipo [escritor + ángel = san Mateo evangelista] que no es más que una de una serie de cuatro: vista una, se sabe que las otras tres están también ahí. No hay nada más aburrido, menos sagrado, que no tener necesidad de percibir algo para interpretar su presencia.
La contemporaneidad hace que el misterio vuelva a aparecer. Gabriel no está pintando para que los benedictinos del futuro -para un monasterio de benedictinos es el retablo-, o para que los visitantes del museo Thyssen de Madrid pudieran percibir el “interés” desde un “punto de vista testimonial por la representación del mundo cotidiano y de los interiores de las casas del período en que fueron realizadas” (de nuevo palabras literales del catálogo). La pregunta a la que Gabriel quiere responder es algo más agustiniana: cómo poner en relación el pasado de las cosas presentes con el presente de las cosas pasadas. De esa relación surge el misterio, pues fuerza a la utilización de conceptos y objetos contemporáneos para poder invocar la permanente presencia, la urgencia (sinónimo y doble sentido: emergencia) misma, del pasado, lo que hace de éste eviterno.
Mateo entre nosotros, vestido como el mejor de nosotros, enfadado y hastiado mientras pone a punto los instrumentos humanos de una escritura que, por ello, ya ha dejado de ser totalmente divina. Mateo escribiendo directamente en alemán en letra gótica. Mateo en zapatillas de andar por casa mientras sus señoriales zuecos de madera y cuero yacen desordenados, tirados por el suelo, indicio de que Mateo ha salido a la calle, ha hecho recados, ha vuelto, se ha puesto a escribir. Como si Mateo, un hombre elegante, amante de la tecnología (tiene un cuadrante) y sofisticado que sabe pulir su estilo -en su escribanía hay, junto a un peine de marfil, un papel de lija para pulir estilos-, se nos mostrara ante la urgencia de tener que vivir y tener que terminar un trabajo que sólo él puede llevar a efecto. “L’àngel consciència inútilment l’espia”.
Cuál sea la naturaleza contemporánea del ángel, eso se me escapa. Usando como documento la serie de nueve anunciaciones pintadas por El Greco entre 1567 y 1608, se pueden certificar los modos en que la modernidad abruma al angel enviado por dios. Sus alas progresivamente más ennegrecidas, su piel más grisácea y cetrina, sus rasgos más afilados y sus ojos más confusos, como dudosos del mensaje que debe llevar, el cual está por completo ausente, sin filacteria alguna que, poniéndolo por escrito, lo haga permanente en la pintura. El angelus novus de Klee (1920) que hipnotizaba a Benjamin era considerado por éste el “ángel de la historia” que puede contemplar, mirando al pasado, una catástrofe permanente y apila una ruina tras otra arrojándolas a sus pies (IX tesis Sobre el Concepto de Historia). La presencia del ángel causa el viento, conmueve el espacio en el que habita. Todo ángel -la contemporaneidad del ángel más que ninguna otra cosa- es terrible, porque, impasible, renuncia a destruirnos.
Todo esto no son más que unas notas para una serie de fotografías.
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