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FebSobre la tumba de Rousseau
La primera fotografía que tomé de Rousseau, ambos caminábamos al lado del Panteón -aux grands hommes, la patrie reconnaissante. Era un día muy gris, de grisaille parisienne, y las calles estaban sumamente vacías. Venía de la plaza de la Contrescarpe, quizá con destino a alguna de las librerías donde solía pasar horas muertas. El muro contra el que se recortaba la escultura del paseante solitario en plena rêverie estaba tocado por las últimas luces de la tarde y parecía de oro sobre plomo, como si fueran dos sellos de dos libros idénticos salidos de una cancillería. Ahora ya no sé dónde está esa fotografía.
Esta otra, en cambio, pertenece al Musée d'Orsay. Una serie de esculturas en las que no está Rousseau. En su lugar, la filosofía, la literatura, la música, mantienen una conversación con la verdad, que parece ser la única que está hablando al paseante solitario. O, mejor, en ausencia del paseante solitario. El mármol blanco dentro de la estación sin trenes, detenido en un momento dudoso de la conversación. Al llegar a casa estoy cansado por el cambio horario. MIro la fotografía y el blanco hiere mis ojos al tiempo que un minúsculo rayo de luz solariza irremediablemente la imagen.
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