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JESUS RODRIGUEZ VELASCO: Search this website 

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09
Jan
Un ultílogo frustrado a cargo de un pseudónimo

Durante el verano pasado, mientras terminaba la primera redacción y la primera corrección del libro (que ahora definitivamente debe abandonar el reducto de estas cuatro paredes) imaginé que le pondría un ultílogo. Este epílogo vendría firmado por un pseudónimo que en algunas ocasiones se escapa de la jaula y toma la determinación de ponerse a escribir sobre temas diversos. Es un pseudónimo intempestivo, que existe a lo largo de todos los tiempos, y al que, cada vez que se pone él solo en marcha, yo escribo una biografía que es siempre distinta.

En mi primera imaginación, este señor tan simpático estaría respondiendo a una carta del autor del libro (es decir, yo mismo) en que solicitaba de su corresponsal un prólogo o epílogo. Se trataba de un pequeño juego para intentar plantear una cuestión que, con frecuencia, los libros académicos, y particularmente los medievalistas, no se suelen plantear: cuál es el motivo por el que alguien que vive en el siglo XXI debería interesarse por acontecimientos o por textos que sucedieron en el siglo XIV. Dicho de otro modo… pero quizá mi pseudónimo (Demetrio de Beocia) lo explique mejor que yo. De todos modos no voy a incorporar ese epílogo al libro (creo que no, al menos). Así que transcribo aquí, sin más, los fragmentos de aquel texto tal y como se hallaron, manuscritos, en mi diario.

"Buchelay, 17 de Junio de 2006.

El autor de este libro me ha pedido un epílogo. Me he negado en varias ocasiones, arguyendo mi total desconocimiento de la materia sobre la que ha escrito. En su última carta, a tiempo que insiste amablemente en su petición, JRV añade:

"En cualquier caso, acabaré aceptando su negativa. No porque crea en su pretendida ignorancia, sino más bien porque, después de todo, es la mía la que emerge en este momento. Tras nuestro intercambio epistolar, me doy cuenta de que hay una pregunta que he intentado evitar, por la sencilla razón de que, si me la hiciera, quizá no terminaría jamás este libro. La pregunta es ésta: ¿por qué he considerado que esta investigación tenía algún interés? ¿por qué me he puesto a escribir este libro?"

He de reconocer que esta pregunta ha sido la que me ha decidido a hacer este epílogo. El autor y otras pocas personas cercanas saben que no soy medievalista. O, para ser más exactos, que lo fui en algún momento, pero que luego emprendí otros caminos. Pero conozco al autor desde hace muchos años e incluso él ha podido en alguna ocasión que yo había sido su maestro. Aunque esto último es, en rigor, inexacto, me da un privilegio inesperado que no pienso desaprovechar. Intentaré, por tanto, dar algunas respuestas a su pregunta.

Primera respuesta. En efecto, este trabajo es perfectamente inútil, y el autor no debería haberlo emprendido, o no debería haberlo hecho como lo ha hecho. Que mi querido amigo me perdone, pero no veo un modo más claro de decir lo que pienso. ¿A quién puede importarle, en 2006, otro libro más sobre la caballería medieval? ¿Cuántos hay ya en las librerías? Y por lo que respecta a la Orden de la Banda, que parece ser su tema principal, ¿no existen mil y una descripciones que se repiten sin cesar las unas a las otrs? En cuanto a los ordenamientos de cortes y otros manuscritos más floridos, de los que aquí se da cuenta, ¿quién, a estas altura, los lee? ¿No se trata de tradiciones cerradas, clausuradas, y, por fortuna, desaparecidas para siempre? Dominio, es cierto, de arqueólogos del derecho, de contadores de fanegas, de zahorís de la fiscalidad, y, en último caso, de linajistas y heraldistas. Pero reconozcámoslo: ni el mejor estilo -y el autor, por desgracia, está muy lejos de disponer del mejor estilo- podría hacernos ahora volvernos ansiosamente hacia aquellas páginas, iluminadas o emborronadas, que sólo parecen describir un montón de fragmentos caducos de una historia que ha expirado. El autor, en efecto, habría debido contentarse, a lo sumo, con una modesta descripción del problema y, acaso, haber coleccionado los textos apropiados en un recurso electrónico apropiado a los tiempos que corren.

Segunda respuesta. La última carta de mi interlocutor me ha llegado en mi retiro francés. Vivo en la Commune de M. les H. Cuando compré esta casa, la calle se llamaba Malherbe. Tuve que hacer algunas obras, y, entre tanto, el Ayuntamiento decidió cambiar el nombre de la vía pública. Cuando hice trasladar aquí algunos muebles, muchos libros e insuficientes discos, tuve que drle a la empresa de mudanzas la nueva dirección: Allée des Droits de l'Homme. Es una de mis últimas clases en la Universidad de X, una de mis estudiantes señaló que todo observador tiene necesidad de un instrumento con que observar, y que este instrumento modificaba necesariamente la presunta realidad. Dijo además que su instrumento de observación era la Declaración de los Derechos del Hombre. El hecho de que las fuentes de esta estudiante estuvieran claras (en concreto unas cuantas ideas sobre los desarrollos de la física a principios del siglo XX tomadas de una buena novela de éxito, junto con un conocido libro de un filósofo americano) no me hizo pensar que sus ideas fueran poco originales. El conocimiento de las fuentes sirve para bastante poco, y, desde luego, no sirve en absoluto para medir el grado de originalidad de un pensamiento. Al contrario, sus palabras me causaron un impacto tal que, como es evidente, hoy, muchos años después, todavía laten en mi memoria. La originalidad venía dada por lo insólito de la conexión, por el modo en que se tomaba la Declaración no como un fin, sino como fundamento de la subjetividad, como unos anteojos de mejor vista. Es una conexión interesante para hacer historia. No es que tenga nada en contra de la historia cientifista. Algunos de mis más queridos amigos la practican. Admiro en elloos tanto la erudición como el estilo, y, en gran medida, envidio su fe en el conocimiento. O, por qué no decirlo, envidio su vastísimo conocimiento. Y lo prefiero al de los usuarios de eso que hemos dado en llamar teoría; cuando digo usuarios, me refiero a esas almas de cántaro que se limitan a poner en contacto una sabia base de datos con una previsible estructura terminológica, y que, en términos de otro viejo amigo mío, el poeta noruiego Brgt, nos regalan 'un crótalo en la envoltura de un piano'. Es cierto que las conexiones insólitas, como las mencionadas anteriormente, me interesan especialmente. No por insólitas, sino por reveladoras, por su capacidad de abrir un claro en medio del bosque. Por eso conviene volver a la Declaración de los Derechos del Hombre. ¿Cómo?

Este libro de caballerías está atestado de burgueses. A qué ocultarlo, burgueses odiosos que desean ser nobles. Burgueses a los que quizá convendría cantar bien fuerte una canción de Jacques Brel. No nos inflamemos: Jacques Brel, el autor y yo mismo somos, a nuestra vez, una banda de burguesazos. Pero eso no invalida estas apreciaciones. Decía que los burgueses de esta película caballeresca quieren ser nobles: vestirse como ellos, moverse como ellos, no pagar impuestos como ellos, tratar de tú al rey como ellos, aumentar sus cuotas de poder como ellos, formar linajes reconocidos y limitados como ellos, poner, como ellos, sus nombres en los libros de historia y en las historias de los libros. Burgueses, en fin, que viven el trauma de no ser más que burgueses, y que hacen cuanto pueden para exiliarse de su propia identidad para construir otra que les sea mejor.

El lector avisado ya habrá visto la trampa de mi argumentación: he reproducido unas categorías sociales que, de hecho, dividen el mundo entre aquellos que poseen una dignidad (los nobles) y aquellos que no la poseen (los burgueses), y, por tanto, he limitado el problema a una dialéctica histórica en la que un grupo económicamente privilegiado busca sin parar adquirir algo que no pertenece al ámbito económico, sino a la distinción social y moral: la dignidad. Pero permítaseme que revele la trampa de la trampa, pues, lejos de ofrecer esta obviedad como conclusión, la quiero ofrecer como planteamiento del problema.

Es el concepto mismo de dignidad el que está en cuestión. La dignidad del hombre; y cuando digo hombre hablo en sentido antrópico, no refiriéndome sólo al varón. Nuestro joven (siempre lo será par mí) autor nos recuerda que durante el siglo XIV se produce una búsqueda desesperada de la dignidad. Bartolo de Sassoferrato, y con él otros juristas y letrados, se están preguntando con frecuencia qué es la dignidad. Nadie, a su alrededor, puede de hecho disociar la perentoria sinonimia entre dignitas y nobilitas, que tiene un valor jurídico y fiscal de rigor cosmogónico. Nadie puede ignorar que hacerse acreedor a la dignitas supone también una promotio, un ascenso, desplazarse en un movimiento de elevación hacia otra esfera. En ese movimiento de elevación se asume, además, un efecto histórico: unos son promovidos y, para que esto suceda, otros han de permanecer hundidos. Nuestros burgueses, o los juristas a los que encabeza Bartolo, apoyan a quienes según ellos han de ser promovidos a la dignidad por la fuerza de las armas, por poder económico o por conocimiento y dominio intelectual. La tríada moderna del lenguaje de la dominación queda ahí etablecida: la economía, la fuerza y el conocimiento codificado en las universidades. Quizá lo más sorprendente es que cada uno de los eslementos de esta tríada está sustentado por lo que nuestro autor llama la fábula caballeresca. Todo el problema de la dignidad parece abreviarse en un sustantivo: caballería. ¿Aventura?

Tercera respuesta. Algunos verán en este libro un trabajo comparativo. Creo que se equivocarán de medio a medio. Ya estoy viendo las reseñas: 'El autor compara tres órdenes o congregaciones caballerescas relacionadas con Burgos durante el reinado de Alfonso XI'. Incluso el autor se equivocaría si cometiera la trivialidad de describir así su trabajo. Lo que veo es lo jurídico del arte: el exemplar que se desmarca de sus reproducciones en serie. El exemplar y el discurso jurídico que hay tras toda manifestación artística. No que éste sea el único, solo uno de ellos, pero no debería ignorarse. El exemplar queda representado precisamente en su dimensión artística y marcado por su irrepetibilidad. Podríamos decir que el exemplar instala en la historia una 'dialéctica del aura': por un lado, se autodenomina como uno, se erige en texto perfecto, se oferce con toda la excelencia formal que le es posible, policromía, oro, azul, privilegio rodado, y, sobre todo, luz, oro, aura; por otro lado se ofrece como fuente para la reproducción, pues es el origen último del texto, y ha de ser la fuente para la concentración última de todos los cuadernos, los cuales se presentarán sin oro, sino vestidos de plomo."

Ahí se acaban los fragmentos manuscritos. El pseudónimo, Demetrio de Beocia, no escribió más. No se sabe por qué. En ninguno de los archivos se halló que hubiera continuado este epílogo, así que, dejando turbado al autor, dejó simplemente estas huellas de huellas. 

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