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JanBuen ritual, mal ritual
Escribir un libro como el que estoy escribiendo tiene una serie de inconvenientes graves. El más importante de todos es que, en una estructura claramente dialéctica, la menor variación argumental tiene consecuencias directas sobre todo el edificio. Tanto más cuanto que, en el tipo de escritura al que me enfrento (el tipo de escritor que soy; en fin, si es que a esto se le puede llamar 'escritor'), lo que escribo es también el modo de pensamiento. Escribir es pensar. Mis ideas, antes de haberlas escrito, no las he pensado propiamente, sólo he reflexionado en torno a ellas. El otro inconveniente es, obviamente, que el estilo se convierte en uno de los grandes centros de gravedad de todo el proceso.
En los dos últimos días he dedicado muy poco tiempo a escribir; apenas unas pocas notas manuscritas aquí y allá para no perder el hilo de ciertas ideas que me rondaban la cabeza. O bien para poder cazar al vuelo frases que se presentan como jirones de un pensamiento que se está formando trabajosamente. En parte ha sido por las características de este fin de semana. En parte porque llega un momento en que es preciso detenerse y alejarse. En parte, también, por algunas conversaciones mantenidas al respecto de temas centrales.
No trataré de las características del fin de semana, porque son circunstancias personales (que son, con mucho, siempre, en todo proceso de escritura, las que más afectan, tanto a la lógica como al estilo). Por lo que toca a la distancia, es sencillo, pues las palabras, las expresiones, los tecnicismos utilizados, etc., llegan a intoxicar al hablante, y acaban por colonizar tanto a la lógica -mediante ese peligrosísimo monstruo multicefálico que es la petitio principii, que tanto acecha y vence a los académicos- como al estilo -se diría que, ávido por demostrar algo, los tecnicismos de ese algo son lo único aparente en la superficie del texto, haciendo de éste un enredo insoportable.
Las conversaciones tienen una importancia crucial. Uno de mis más queridos amigos y colegas, Alberto Montaner, está en este preciso momento terminando su nueva edición del Cantar de Mio Cid, que se publicará próximamente en Galaxia Gutemberg (Barcelona). Es una revisión a fondo de su ya clásica y modélica edición publicada en 1993 en editorial Crítica (Barcelona). En 1993 Alberto y yo casi nos acabábamos de conocer (sucedió en octubre de 1989). En la introducción a esta nueva edición, Alberto ha incluido un capítulo dedicado al problema de la caballería en el CMC. Al mismo tiempo, obviamente, en que yo estaba enfrascado en la redacción de que estamos hablando. Nos hemos intercambiado correos, archivos, fragmentos de ideas, consultas, en fin, de todo. Y además en más de una ocasión hemos estado leyendo al tiempo los mismos libros. Una agradable confluencia que, como era de esperar, no ha carecido de consecuencias por lo que respecta a mi propio trabajo.
Por ejemplo, al detenerme en esto dos días, he comprendido que la introducción a la primera parte debía cambiar de manera que resultara más clara. En la versión ya escrita, titulada "Buen ritual, mal ritual" quería mostrar que quizá estamos dando demasiada importancia al llamado ritual de investidura caballeresca en el proceso de construcción de la institución y orden de la caballería. Y es lógico, puesto que es uno de los temas literarios más importantes de la novela (en verso tanto como en prosa) caballeresca. Y es lógico, una vez más, porque la expresión "hacer caballero" es frecuente también en las crónicas. Y es lógico porque se incide en ello repetidamente para marcar diferencias sociales de importancia. Y es lógico porque Alfonso X construye una ley que se basa simbólicamente en ese ritual. Y es lógico porque supone una diferencia tanto jurídica como socio-política el haber recibido o no la investidura caballeresca. Y es lógico porque medio millón de autores de literatura política de toda extracción y estado hacen referencia a formas del ritual de investidura caballeresca. Y así sucesivamente. Si todo esto es lógico, ¿por qué, entonces, digo que le damos demasiada importancia? ¿No es igualmente cierto que esa importancia viene atestiguada y refrendada por todas estas fuentes?
La respuesta es doblemente compleja. Todas esas referencias a la investidura caballeresca no hacen en realidad referencia a una investidura concreta, sino que más bien exploran rituales diferentes a los que dotan de un sentido simbólico o al que confieren algún tipo de linaje o estirpe histórica. Dicho de otro modo, ponen la investidura en el discurso de la caballería, haciendo que la caballería parezca ser la investidura misma. El ritual, entonces, se plantea propiamente como tal: un procedimiento hierático fundamentado en movimientos, gestos, etc., de carácter sacramental. Sólo el ritual de Alfonso tiene un carácter diferente, en tanto que viene construido desde el discurso propio e incuestionable de la legalidad. El ritual de Alfonso se ofrece como buen ritual, por ser el único legal; todos los demás, en presencia de éste, pasan a ser malos rituales.
Pero precisamente esto es lo que hace que la investidura misma pueda perder importancia, pueda, igualmente, salir del discurso. Las corporaciones caballerescas a las que me dedico a estudiar son una tesis acerca de cómo ostentar la caballería, cómo participar de ella, cómo construirla, en fin, fuera de cualquier forma de investidura caballeresca. De ahí que el libro hable, sobre todo, de formas jurídico-políticas escritas de la constitución de instituciones caballerescas, al tiempo que pone en segundo plano la performance que lleva aparejado el ritual.
A decir verdad, no sé si Alberto está de acuerdo con todo esto, pero creo que no totalmente, y estoy seguro de que me hará críticas en los próximos días, ofreciéndome más de mil razones para pensármelo todo. También creo que otros colegas y amigos, como Georges Martin, tampoco lo estarán del todo, quizá nada en absoluto. Es más que posible. Por eso la introducción a la primera parte debe contener todos los elementos sobre los que se fundamenta la dialéctica ulterior, a saber, dar conocimiento de los rituales existentes o mencionados entre los siglos XII-XIV, comentarlos adecuadamente, colocarlos en su contexto y mostrar, en la medida de lo posible, hasta qué punto pueden ser considerados secundarios frente a la construcción documental de la institución caballeresca.
De hecho, ayudado por la lectura de Philippe Buc (Dangereux Rituel, París, PUF, 2003), quisiera, al mismo tiempo, entrar en el campo del "buen ritual / mal ritual" y poder salir de él, evitar el uso del mismo propio sustantivo "ritual", que, entiendo, tiene consecuencias ideseables para poder hablar del problema de la construcción de las instituciones caballerescas.