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JanAnnie Leibovitz y mi mesa
El úlimo libro de Annie Leibovitz es apasionante. Lo estuve viendo hace un par de días. A Photographer's Life. 1990-2005, Nueva York, Random House, 2006.
Es mucho más que un libro de fotografía. Es, también, un diario íntimo, una autobiografía en imágenes, y nos somete a una constante negociación del pacto autobiográfico, de lo que significa narrar, con esa pluma de luz con que ella trabaja, una vida en la cual también la tragedia se narra con imágenes. Con toda la concreción del blanco y negro. Con toda la abstracción de la figura.
El orden es el de un constante viaje por el tiempo. Como en una novela de Kurt Vonnegut, la narradora es capaz de dar saltos en el tiempo que establecen conexiones insólitas entre acontecimientos o entre momentos que quizá una narración lineal jamás habría visto. Y ello, además, guiado por un aparente orden externo, el del anno domini, el génesis situado en 1990 y el apocalipsis situado en 2005. Entre la vida y la muerte. La muerte, sobre todo, de Susan Sontag.
Las fotografías de Susan Sontag tomadas por Annie Leibovitz tienen más magia que ninguna otra en el libro. En mi humilde opinión, por supuesto. No puedo verlas desligadas de la muerte de Sontag. Sé, desde el principio, desde antes de que se pueda abrir el libro, que la muerte está rondando las páginas y que va a aparecer por sorpresa en cualquier momento. Sin veneno. Sencillamente. No puedo leerlo sin el proceso de escritura de The Volcano Lover, que Sontag publicó en 1993, escritura histórica casi extraña en la pluma de la autora. En las fotografías están los viajes a los volcanes, pero también está la fotografía del momento de escritura del libro, las notas rasgadas, la pantalla del ordenador en el que Sontag se dejaba los ojos (un MacIntosh Classic del año de la pana). Esas fotografías de los jirones de escritura me han fascinado.
Luego pensé en mi mesa mientras escribo este libro. Lo pensé dos días, y sólo ahora mismo me decidí a hacer un par de fotografías de este otro proceso de escritura. No sé lo que significa, como era de esperar. Durante todo el día me he dedicado a leer unas cuantas crónicas en latín, alguna crítica sobre el Libro de Alexandre, el Libro de Alexandre propiamente dicho y un par de textos antiguos sobre la caballería, las Mémoires sur la Chevalerie Ancienne de La Curne-Saint-Palaye (1798) y la Chevalerie de Léon Gautier (cuya primera edición de 1884 pude comprar hace algún tiempo; es una bonita edición, de la que un día hablaré más por extenso, quizá cuando me decida a escribir un artículo al respecto que me propuse hace algún tiempo). Y he conseguido redactar algo.
La mayor parte lo había escrito a mano, en sucesivas notas tomadas estos días. Otra parte desciende de los mensajes electrónicos que Alberto y yo nos hemos intercambiado. La mayor parte procede simplemente del trabajo delante de la pantalla en blanco. Y de las grandes cantidades de te ingeridas a lo largo del día.
Dicho lo cual, me queda en este momento por redactar la parte más compleja de esta introducción a la primera parte. Creo que es donde mayor desacuerdo puedo conseguir, precisamente por el modo en que estoy intentando forzar el razonamiento con objeto de minimizar la importancia de la investidura caballeresca como forma ritual o ceremonial. No es que no haya investidura, sino que la investidura plantea el ritual o el ceremonial como un elemento fundamentalmente problemático desde una perspectiva jurídico-política. En la introducción intento dejar claro ese problema para, como ya debo haber dicho, poder sumergirme con más tranquilidad en el examen de unas corporaciones caballerescas a las que no les interesa lo más mínimo la investidura de ritual o de ceremonial.
Alberto ponía algunas objeciones, pintadas muy a lo vivo usando los modos de distinción. Creo que ahí es donde esta forma de concebir la caballería puede decir algo original. En el debate sobre las formas de distinción, es decir, sobre los modos en que se representa exteriormente tanto el hábito como el habitus de la caballería. Al respecto dicen muchísimo los manuscritos originales que contienen las reglas; al respecto dicen también mucho algunos de los manuscritos con crónicas (particularmente el manuscrito E del monasterio del Escorial, que vi este verano pasado, que contiene una Crónica de Alfonso XI de Núñez de Villazán datado en 1376), al respecto dicen, sobre todo, los debates generados por las llamadas leyes suntuarias (a las que yo preferiría llamar leyes sobre la representación pública) que van desde Alfonso X al mismo Ordenamiento de Alcalá de 1348 (con consecuencias que se dejan ver en las Cortes de 1351 convocadas por Pedro I). Todo eso se intentará responder tanto en el capítulo 3 de la primera parte como en toda la segunda parte.
Sólo quería mostrar una imagen de mi mesa.