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JanEl combate del centauro
Enrique Gavilán acaba de enviarme no uno ni dos, sino tres textos que ha escrito recientemente. Uno de ellos está dedicado a Wagner y Nietzsche (más bien a éste), el segundo está dedicado ni más ni menos que al Jardín de Akademos y el tercero, que es el que más me interesa ahora, titulado "El Combate del Centauro" es la introducción al catálogo en que se recogen los carteles producidos por Manuel Sierra Álvarez durante no sé cuántas décadas.
Sierra es un pintor amigo al que ambos admiramos mucho desde siempre. En casa de mis padres hay varios cuadros suyos, y también aquí hay alguno. Una vez, cuando yo era bastante pequeño, le pedí que me regalara un dibujo, y así lo hizo. Lo recuerdo hasta el más mínimo detalle (podría describirse como el retrato de un gangster con piernas de mujer y zapatos de tacón avanzando en un paso a la vez contundente y sumamente leve), pero jamás me perdonaré haberlo perdido más o menos a los quince años, de una manera perfectamente estúpida que sólo recuerdo parcialmente.
El texto de Enrique, como es costumbre (pues es uno de mis maestros, el primero de todos, el que me hizo consciente del infinito vacío teórico en el que yo "pensaba", y, me temo, aun "pienso"), me ha enseñado muchísimas cosas, y, sobre todo, me ha enseñado a darme cuenta de que no sabía en absoluto ciertas cosas que yo pensaba saber. Y, como era de esperar, me ha ayudado a comprender algo que no tiene nada que ver con los carteles de Sierra, ni con el combate del centauro, sino con este otro universo jánico, bifronte y medio bizco que estoy intentando montar en mi libro. Enrique no tiene responsabilidad alguna de mis delirios, pero me ha recordado cosas de las que, a decir verdad (probablemente por pereza) no me acordaba.
Pues lo cierto es que absolutamente todas las experiencias del día son experiencias intelectuales y acaban por ayudar a configurar algunos bordes oscuros del pensamiento que se está intentando dar a luz trabajosamente en el proceso de redacción.
Más o menos esta es la historia:
Ayer por la noche al irme a dormir, cuando ya había apagado la luz y todo lo demás, sucedió lo que sucede a menudo. Puesto que con frecuencia me cuesta dormirme, paso un rato simplemente pensando, allá en la oscuridad de mis párpados. Casi siempre es un pequeño viaje por la memoria, pero ocasionalmente me dedico a pensar en problemas que no he podido resolver o en los que no he podido pensar durante el día. Con todavía más frecuencia, esos momentos de reflexión no conducen a ningún sitio, más que al sueño. El sueño, como saben todos los que tienen una cultura clásica, tiene dos puertas, una de cuerno y otra de marfil. Por la puerta de cuerno entran los sueños verdaderos, y por la de marfil los falsos. La puerta de marfil es la que más se abre, y cuado se abre la de cuerno, como también es blanca y queratinosa, es difícil distinguirla de la de marfil, en ese estado hipnagógico, así que incluso los sueños verdaderos parecen falsos. En semejante tesitura, casi nunca les hago caso. Otras veces, como anoche, salgo corriendo a buscar recado de escribir porque sé que si no anoto lo que pienso, ya no lo volveré a pensar nunca. Y, la verdad, en mi caso, los pensamientos son tan pocos que resultan carísimos.
Marfil o hueso, que eso no lo sé, lo que ayer imaginé está todavía en relación con el problema del ritual (el danger du rituel que diría más bien Philippe Buc) en este pequeño universo de la caballería. Pensé que los rituales no comparecen en los textos como representación de una realidad concreta en la que caballeros de carne y hueso están recibiendo la investidura de acuerdo con esos movimientos y gestos; no aparecen, pues, como correspondencia exacta, legal y adecuada entre una norma vigente escrita o no y su correlato empírico directo, lo cual se podría denominar en rigor un buen ritual. Al contrario, lo más probable es que ninguno de todos los rituales de investidura de que hablan los textos haya tenido lugar. No hay, en todo caso, prueba alguna que indice fehacientemente semejante adecuación, y, si apareciera, claro, sería también un texto salido de un archivo, es decir, sometido a un proceso de repetición que siempre entraña algún tipo de entropía (por no referirme más directamente al instinto de destrucción con que más bien lo caracterizaría Derrida).
Por otro lado, cada uno de esos rituales es fundamentalmente diferente del otro. Sólo se encuentran en su hermenéutica, o, más bien en el significado último, que indica el ingreso en la caballería del aspirante, su cambio o transformación social mediante este particular proceso químico que es la performance sacramental de la investidura. Pero, por lo demás, los rituales parecen más bien someter a crítica a los otros rituales, se oponen a ellos formulando uno de carácter muy diferente. A veces esa oposición es sólo implicita (y, al cabo, difícil de certificar), y, en otros, como es el caso de Alfonso X, don Juan Manuel, Alfonso XI o las Mocedades de Rodrigo son, en cambio, oposiciones muy claramente explícitas en las que la ceremonia propuesta no solo viene acompañada de sus propias reglas hermenéuticas, sino que, además, excluye todas las otras ceremonias y toda otra posibilidad hermenéutica.
De este modo, los rituales son críticas a otros rituales, en los cuales se presentan diferentes teorías de la representacion de la dominación. Pues, al fin y al cabo, lo que se pone en escena en una investidura es una representación de la dominación y, sobre todo, del amo frente al dominado. En tanto que crítica constante, el ritual es siempre mal ritual, ritual disfuncional, que propone una excepción que al tiempo quiere convertir en tesis.
Ahí es donde el texto de Enrique me recuerda lo que yo creí que ya sabía, pero que, obviamente, yo no sabía, y es el valor del trabajo estructuralista de Lévi-Strauss. Espero que a Enrique no le moleste que cite aquí sus palabras textualmente:
"Para el antropólogo francés [Lévi-Strauss] no cabía descubrir qué significa un mito, tal y como se había interpretado tradicionalmente, porque de forma aislada un mito carece de significado. [...] En Lévi-Strauss cada mito se entiende como la transformación de otros mitos a los que alude a través de una red de referencias de extraordinaria complejidad. Los mitos sólo significan en relación a otros mitos."
Los ritos sólo significan en relación a otros ritos.