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JanUn día narrativo
Reconozcamos que la parte que estoy redactando en este momento no me satisface lo más minimo. Es una parte necesaria. No sé muy bien para qué lo es, pero he llegado a convencerme de que es, en efecto, necesaria. Sigo reescribiendo la introducción a la primera parte. No debería ser larga, pero, en cambio, debería tener una serie de datos. Muchos datos. Monumentos. O sea, piezas arrancadas a la historia, fragmentos, que muestran algo concreto, que suponen los puntos de referencia de una narración.
No puedo evitar ver en esta forma de la narración necesaria (que en seguida aclararé) la tesis de Umberto Eco en Il Pendolo di Foucault, según la cual lo único necesario para establecer conexiones es querer encontrarlas. Eso es más o menos lo que va poniendo en cuestión también Anselm Kiefer en algunas de sus obras. Como en 'Andromeda' o en 'La Vida Secreta de las Plantas'. Un planisferio no es sólo una imagen exacta del cielo, sino también (o, quizá, sobre todo) las estructuras, líneas, dibujos, conexiones que se pueden establecer al buscar las estrellas más brillantes y construir una forma con ellas. ¿Cuántas formas diferentes se habrían podido diseñar tomando sólo como referencia las estrellas de la nebulosa de Andrómeda? Ese es también un problema del historiador, ese narrador que juega una partida falsa con fichas auténticas.
¿Qué es lo más importante de esta obra de Kiefer? Al verla ayer en el museo, monumental, ciclópea, me quedé estupefacto. Entre las páginas abiertas, en el suelo, se habían acumulado limaduras de plomo y pelusas de polvo. Parte de la obra se había disuelto. Cuando vuelva a exponerse en otro museo, se irá sin parte de su materia. Se irá habiendo dejado aquí (y en otros suelos antes) limaduras de plomo que se confundirán con el polvo en formación. Habrá conexiones que ya no se puedan hacer. Recuperarlas será una tarea vana, probablemente innecesaria.
El capítulo introductorio de la primera parte es, además, doblemente extraño. No tenía, desde el principio, la menor intención de hacer un libro historicista. O al menos no fundamentalmente historicista. Quería comprender los procesos poéticos, los elementos teóricos que forman parte de la constitución de ciertas corporaciones caballerescas tanto nobiliarias como burguesas en un determinado período de tiempo. Lo suficientemente corto (cincuenta años) como para que fuera un estudio casi sincrónico, lo suficientemente alejado en el tiempo, sin embargo, como para que sea inútil correr delante de Clío. De hecho, sabía que la carrera con Clío la tenía perdida de antemano, así que me sentí como el pintor abstracto a quien le quita el sueño la ansiedad de su público.
Este supuesto pintor abstracto a lo mejor teme que muchos espectadores piensen que si hace cuadros abstractos es sencillamente porque no sabe dibujar. Teme que los demás lo vean como a un Orbaneja, que pintaba lo que saliere, y si por ventura pintaba un gallo luego ponía debajo "este es gallo". El pintor no puede soportar esa ansiedad, de modo que durante una parte de su carrera se dedica a hacer obras figurativas en las que abunda el detalle y la perfección de líneas, pensando que eso le dará un crédito suficiente como para luego dedicarse de verdad a la investigación de la abstracción y de la teoría. Y, por el camino, tal vez pierde la frescura de lo que late dentro para poder dar satisfacción a los puristas.
Confieso que estoy sintiendo exactamente eso en la redacción de esta introducción a la primera parte. Y es un sentimiento sumamente frustrante. Demostrar que conozco los datos, y que, por otro lado, esos datos me importan relativamente poco, pero que con ellos soy capaz de tejer un universo narrativo. Pesado como el plomo. Sé que tengo que escribir sobre el estilo. En este momento me doy cuenta de que uno de los posts de este 'secretum' nuestro, debe estar dedicado al estilo. Es demasiado importante como para que no intente aclarar lo que creo que significa. Pero eso será otro día.
En resumidas cuentas, hoy he estado trazando líneas. Líneas maestras entre puntos brillantes. Una narración de plomo. A base de unos pocos disjecta membra, intento construir un sentido histórico, una razón. Sé positivamente que no la tengo. Que cada uno de esos puntos no es más que una limadura de plomo recubierta de polvo que se ha desprendido de un libro que ya no está allí y cuya vida es, ahora, un riguroso secreto. La segunda parte de esta introducción debería poder deconstruir precisamente esa narración, demostrar que todos esos datos son incapaces de ofrecernos una versión arqueológicamente perfecta de lo que fue, y que, a partir de ellos, tan solo podemos comprender la poética de unos pocos artefactos, su genealogía, si acaso.
Vale.
Mi dilecto alter-ego, varado ribera del Pacífico:
Cultura e historia. La segunda, desde luego, construcción a fuerza de discurso a partir -ni siquiera digo basada- de unos hechos -ni siquiera digo los hechos. La primera: no estoy tan seguro. Tal vez la ventaja de olvidar a Clío e ir a por el penacho cultural -horresco referens, si me lo lees a la americana, claro- es que la cultura es discurso desde su origen, y escribir sobre ella es un acto de hermenéutica homogénea. Escribir historia, escribir sobre la historia (no así escribir sobre historiografía, discurso sobre discurso) es un acto de insoluble conflagración heterogénea, dado que al insertar el hecho en un discurso -al narrativizarlo, primero; al dotarlo de sentido en conexión sintagmática con el resto de los dizque hechos de nuestro discurso- lo cambiamos en otra cosa. Qué curioso que en empeño tan proclive a un análisis cultural -a los que tú, por otra parte, eres más aficionado que yo-, te haya salido, o te esté saliendo, gallo histórico. Habent sua fata libelli, y nosotros, al fin, somos unos mandados.
Y este un pretexto para mandarte un abrazo, ni se te ocurra postearme. Me daba pereza irme a otro programa, y por eso. Pues eso, abrazos lejanos pero no por ello menos etc etc.