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JanLas dos investiduras de Roboán
Al contrario de lo que sucede en otras ocasiones, hoy necesito colocarme ante el diario antes de ponerme a escribir. El diario es una buena manera de excitar la concentración.
Sylvia Plath alude con frecuencia a ese momento. A menudo anuncia al propio diario que simplemente va a escribir unas páginas sobre él to warm up, y entonces me la imagino rubia y sonriente delante de su máquina de escribir, frotándose las manos y haciendo crujir sus articulaciones justo antes de comenzar el duro arte.
Creo que Kafka tenía una idea semejante al empezar, a instancias de Max Brod, a crear sus diarios . En ellos se ve sobre todo una de las puertas de entrada a la literatura. Escribir el diario es la forma más íntima, la más subjetiva de empezar a recorrer el camino de lo público. Por entre las páginas del diario se van abriendo camino las palabras que luego pueden ser arrancadas como rosas azules para ser lanzadas al jarrón del libro. Es, sin duda, doloroso. Porque el estilo del diario y el estilo del libro no sólo son diferentes, sino que, de alguna manera, el estilo del libro constituye un proceso de ocultación del estilo del diario.
Tengo que escribir acerca de las dos investiduras de Roboán en el Libro del Cavallero Zifar. Tengo delante de mí la edición de Wagner de 1929, y las otras de Madison Hispanic Seminar of Medieval Studies, Cátedra (horresco referens) y Castalia (que debería haber sido corregida por Vulcano). El día (probablemente inexistente) en que Juan Manuel Cacho Blecua y José Manuel Lucía Megías se decidan a terminar su edición del Zifar todo será mejor. Por el momento, me aferro a Wagner. Aunque, ante todo me aferro a que un día de locura e insania del que me acordaré siempre mientras flagelo mis espaldas, me compré el casi original del Zifar de la BNF editado por Moleiro. Allí hay una bonita imagen, en el fol 72v en la que el Caballero de Dios (aka Zifar, Çifar, Cifar) está armando caballeros a sus hijos "según la costumbre de la tierra."
Más adelante (fol. 165v) Roboán vuelve a ser investido caballero, esta vez por el emperador. Roboán explica al emperador el modo en que se hacen caballeros en su tierra, que, por cierto, no es exactamente lo que sucede en la primera investidura, ni, desde luego, en la imagen del manuscrito Fonds Espagnol 36 de la BNF, de 1464 (¿poco más de un siglo posterior al primer Zifar?), en que se ve una ceremonia más nórdica, francesa o germánica, de la que no hay descripción en castellano. Roboán le explica que el "uso de la tierra" es, aproximadamente, el uso descrito en Partidas, 2, 21, 13-16. El Emperador se preocupa, porque sabe que la doble caballería entraña problemas políticos difíciles de resolver, pero Roboán le tranquiliza explicitando sus lealtades; el Emperador, finalmente, le arma caballero tranquilamente porque la ceremonia que se usa en su Imperio es completamente diferente. Las diferencias de ritual no se entorpecen mutuamente.
¿Por qué? Por supuesto que es necesario responder a esa pregunta. La investidura de Garfín y Roboán por su padre, siendo ya rey, es tan perfectamente solemne como cualquier otra, y sigue una ceremonia organizada. Supongo que la primera clave está, sencillamente, en que Roboán hace explícitas sus lealtades, poniendo por tanto la individualidad y la subjetividad del caballero Roboán por encima de un código ceremonial estático y genérico como es el de la caballería. La segunda clave puede ser interpretada como una forma de minimización de la propia ceremonia e incluso del significado del ingreso en la caballería. Naturalmente, tengo que explicar cómo y, ante todo, por qué.
Supongo que es ahora cuando debo ponerme a redactar esta parte.