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10
Feb
Burgaleses complidos (y el caballero inexistente)

El capítulo cuarto de la primera parte resulta ser el más difícil de todos. Creo que ya había tenido esta intuición el verano pasado, cuando lo redacté por primera vez. En fin, redactar, aquí, es quizá una afirmación exagerada. Digamos que lo esbocé.

La idea de esbozo me viene especialmente bien para explicar el gran problema de este capítulo. La cuestión que me propuse tratar aquí es ésta: ¿cómo comprender las dos grandes cofradías de caballeros villanos que se crean en la ciudad de Burgos en (supuestamente) 1285 y (supuestamente) 1338? Son éstas las de Santa María de Gamonal (llamada a veces la de los Mercaderes) y la de Santiago (llamada en ocasiones la del Santísimo y Santiago). El verbo comprender que he usado tiene un sentido clásicamente hermenéutico; o, lo que es lo mismo, debería centrarse en el problema concreto del modo en que estas cofradías se ofrecen a la esfera pública desde la perspectiva de sus textos fundadores. Dichos textos fundadores son, en resumidas cuentas, tres códices. Dos de ellos pertenecen a la de Gamonal, el tercero a la de Santiago.

El primero es un esbozo basado en el segundo. "¿Perdón, puede usted repetir? ¿No sería más lógico al revés?" Sí, sin duda lo sería, pero la afirmación sería falsa. La afirmación correcta es que el primero es un esbozo a partir del segundo. La cofradía de Gamonal puede haber sido fundada en 1285, pero por lo que respecta a su presentación en sociedad el problema resulta algo distinto. A principios de siglo (XX, el siglo -en fin, Badiou dixit) Sáinz de Baranda, erudito burgalés, publicó una regla de Gamonal datada en 1305, conservada en un documento del Archivo Histórico Nacional datable con bastante posterioridad. Por lo que respecta a los dos códices de Gamonal a los que me he referido, deben ser datados a partir del siglo XV, y su composición continúa a lo largo de tres siglos.

El segundo de los códices de Gamonal es un libro de imágenes en que se pinta a los caballeros de la cofradía a caballo. Cabalgan hacienco corbetas y enarbolan un bohordo o lanza arrojadiza (uno de los estudiosos del códice dice que van con la lanza en ristre, pero lo cierto es que no hay rastro ni de lanzas ni de ristres). Una parte de los retratos se presenta sólo en esbozo. Partes enteras de los retratos se presentan sólo en punta seca, y los colores han sido aplicados de una manera que podríamos calificar, por momentos, de caprichosa. Todos los caballeros excepto uno (está es sólo parcialmente correcto, pero ahora me interesa que sea así) tienen rostro. Uno de ellos, en cambio, lleva su rostro cubierto por el yelmo y por parte de la celada, así que apenas se ve su nariz apuntando por delante del hierro.

Como por casualidad, este caballero sin rostro, este caballero inexistente, es además el presunto pintor de todos los retratos, un tal Jusepe de Ayala. Me produce cierta inquietud la presencia de un pintor que no puede pintarse a sí mismo. Seguramente no es porque desee ocultarse, sino más bien porque no ha querido o no ha podido enfrentarse con el hecho de que su rostro va también acompañado de un carácter indecible, que es el de la propia identidad. Este caballero inexistente es como el de Italo Calvino (Il Cavaliere Inessistente, tercera parte de I Nostri Antenati); como él, tiene nombre, y nombre sonoro, pero debajo de su celada sólo hay la fuerza de voluntad de ser un caballero. Nada más.

Este hecho me parece casi una metáfora de la propia caballería villana que se representa en este códice. Y lo mismo podría decir respecto del códice de Santiago. En éste, los caballeros carecen, a decir verdad, de rostro propio: en las páginas más antiguas, datables en el siglo XIV, todos los caballeros parecen tener la misma cara, así que es como si no tuvieran. Si se los puede reconocer no es, desde luego, por sus rasgos fisionómicos, sino más bien por el nombre que acompaña al retrato y por las armas heráldicas que se ilustran en sus escudos y coberturas. Exactamente lo mismo que sucede cuando Carlomagno reconoce al caballero inexistente, Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, Caballero de Selimpia Citerior y de Fez. Ahí es nada.

Estos códices constituyen una expresión de estos grupos en primera persona. En primerísima persona. No pueden verse como un acto de mediación, sino como un discurso de poder dentro de la esfera pública que ellos mismos crean. Los conceptos (esfera pública, grupos burgueses) pueden parecer anacrónicos (seguro que Daniel Arasse diría que son completamente anacrónicos), pero creo que dan la medida del acto de habla que constituyen tales libros, en los cuales texto y materia artística están al servicio de una forma de la expresión completamente innovadora. No pueden evaluarse sencillamente como una expresión más del asociacionismo medieval. Van mucho más lejos, van incluso más lejos que todas aquellas asociaciones en las cuales el texto, la regla, los documentos, son creados por otras instancias a beneficio de los propios grupos (por ejemplo algunas de las cofradías que examiné en el capítulo 2, en ciudades como Ávila, o, más claramente, las asociaciones de carácter gremial). La cuestión, claro, es cómo.

He estado, para ello, leyendo todo lo que he encontrado acerca de la ciudad de Burgos. Leo, leo, leo, leo, te leo, Teo, pero sigo teniendo los mismos problemas. Indudablemente, debo seguir pensando, y debo seguir leyendo.

Demasiadas preguntas, ¿no?

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