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FebLa hipomnesia hipermnésica de los archivos (y la narración de la historia)
Leer las obras de los historiadores medievalistas es fascinante. Se enfrentan a zonas sumamente oscuras, ocultas, a los rigores del archivo. ¿Qué es lo que sucede dentro del archivo cuando nadie lo está mirando? Hemos llegado a saber, a lo largo de los años, y tras muchas resistencias, que una parte importante (porcentajes elevadísimos, por encima del cincuenta por ciento, y eso que estoy siendo conservador; un colega del CSIC aseguraba que podía hablarse de un ochenta por ciento) de la documentación medieval está constituida por falsificaciones.
Las falsificaciones no sólo afectan a un documento concreto que haya sido creado expresamente para cambiar el orden del discurso. El problema es mucho más complejo. A fin de cuentas, no es sencillo imitar para poder falsificar. La mejor manera de falsificar consiste sencillamente en copiar a partir de un original que ha desaparecido o que hemos hecho desaparecer. La inmensa mayoría de los cartularios de monasterios situados en la zona norte de Castilla y La Rioja (San Pedro de Aarlanza o Cardeña, por ejemplo) se basa en un procedimiento semejante: dicen copiar documentos anteriores, de los que dicen reproducir su fecha y contenido, pero no nos dejan modo de verificar su exactitud, porque los originales (en el caso de que hayan existido) han sido sustituidos por sus copias.
Hay una segunda manera de falsificar (entre tantas otras) que tiene un enorme predicamento. Es muy efectiva, además, porque se nos presenta como un artefacto lógico. Consiste en organizar el archivo de una manera concreta. Por ejemplo, en el caso de los mismos cartularios, el orden es cronológico, de modo que los huecos o inconvenientes creados por la interpretación de un documento puedan ser resueltos o recompuestos a partir de su lectura dentro de la serialidad concebida. Pero, claro, la serialidad que se establece en los legajos, cartapacios, cartularios y otros conjuntos documentales son, también, el tratamiento específico que el archivo (y los guardianes del archivo a lo largo de los siglos) ha dado a los materiales que ha decidido conservar.
Ayer mismo, Fernando Bouza nos explicaba, en su última lección sobre Corre Manuscrito , que el mayor temor de los archiveros no reside en la posibilidad de que alguien robe algún documento. Donde está el verdadero problema es en la posibilidad de que alguien incorpore algo al cuerpo documental, que añada un dato que no estaba allí. Y eso no podría ser más lógico. El archivero no sólo construye, conserva, ordena, sino que además se preocupa por saber qué es lo que ha de formar parte del archivo y qué no debería formar parte de él. Pero el archivero no es una persona, es una hidra de mil cuerpos y mil cabezas, es todos los letrados públicos, escribanos públicos, abogados, notarios, estenógrafos y tantos otros personajes que, perteneciendo a la función pública latamente entendida, tomaron la decisión de incluir tal o cual papel, documento, recorte, pieza probatoria, etc., en el legajo que tenían entre manos. Una decisión formal, por supuesto, pues se relaciona, a menudo, con pleitos, litigios, intercambios, compraventas, y otras cuestiones públicas. Pero al fin y al cabo, la inclusión o no de un dato dentro de un archivo acaba siendo una decisión, y, como tal, sujeta a un proyecto. Es la respuesta a la pregunta "¿cómo cambia la comprensión del problema introduciendo o no este documento en este legajo?" Inquietante.
Sería fácil empujar el problema hasta despeñarlo por alguno de los abismos de la historia. El archivo sigue ahí, canta dulcemente como una sirena. Nos dice, al mismo tiempo, "no puedes fiarte de mí" y "sólo puedes fiarte de mí." Ambas afirmaciones parecen ser ciertas. Nos hace una declaración de hipomnesia: "lo que guardo en mi interior no es más que una parte de lo que hubo, y he trabajado mucho para poder llegar hasta configurar eso y sólo eso, puesto que he excluído muchísimas más cosas de las que he incluído." Y al mismo tiempo nos ofrece una declaración hipermnésica: "lo que yo contengo no es sólo lo que sucedió y hubo que guardar en la memoria, sino que además yo he vuelto a construir esa memoria dándole sentido, de acuerdo con los intereses del municipio, el estado, el grupo, etc., al que sirvo de soporte para todos los tiempos desde todos los tiempos."
Nosotros somos historiadores solitarios. El archivo canta y nosotros no tenemos ni siquiera unos cuantos compañeros que, después de taparse los oídos con cera, nos amarren al mástil del barco. Nos plantamos ante el archivo, la biblioteca, el microcosmos, el anejo de la historia en que las cosas se celan tras puertas institucionales. Y una vez allí, empezamos a hacer una labor. Buenas preguntas, dice siempre Fernando, harán que el archivo dé respuestas fascinantes.
Nuestras preguntas no son simplemente interruptores que dan o no dan luz en determinado espacio, sino que son estructuras narrativas con las que podemos crear una novela a la que solemos llamar libro de historia.
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