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14
Feb
‘Fratres’ - Poética de la fraternidad y de la amistad

Fratres es una obra musical de Arvo Pärt que me fascina especialmente. Arvo Pärt entró en mi vida por primera vez hace once años, de la mano de Enrique Gavilán, maestro, amigo, hermano. Ahora no recuerdo cuál fue la primera obra que escuché, pero es posible que se tratara de De Profundiis, interpretada por Paul Hillier y su Theatre of Voices . Es probable que así sea sólo porque Paul Hillier es un punto de contacto fundamental, dado que se trata, además, de uno de mis intérpretes preferidos de música medieval. El hecho de que Hillier se interese en términos teóricos y prácticos por la música medieval y por Arvo Pärt (nacido en 1935) me parece casi una figura de mis propias preocupaciones como medievalista (ehem) y como habitante del mundo contemporáneo.

En este preciso momento estaba recomponiendo, literalmente reescribiendo, el capítulo cuarto de la primera parte. Tras varios días de lecturas y de reflexión, en este momento es cuando debo ponerme a reescribirlo. Si has leído las entradas anteriores de este secretum te habrás dado cuenta de que han sido días sumamente difíciles. Incluso estas dos rosas azules que todavía están encima de mi mesa parecen estar reflexivas, preguntándose acerca de ellas mismas, mirando con sus ojos de rosa azul hacia abajo. Me resisto a deshacerme de ellas, me gustan demasiado. Lo más probable es que conserve sus cabezas y las haga flotar en un pequeño lago artificial. Es más, lo voy a hacer ahora mismo. Elegiré para ello un pequeño cuenco de color azul. Queda hecho.

Dos Rosas Azules

Como se ve, han quedado separadas por un rayo de luz. Pero volvamos a nuestros fratres. Pues la razón por la que quería hablar de esto es, en realidad, mucho más trivial que dos rosas azules. Se trata de una vuelta atrás, al capítulo segundo de la primera parte, en el cual se trata de la Hermandad de Caballeros, tanto hidalgos como burgueses, constituida en 1315 durante la minoría de Alfonso XI (que, en efecto, tiene un año). En ese capítulo había dedicado quizá dos páginas a la semántica de la fraternitas, de la "hermandad", y a su relación con las relaciones horizontales que se establecen en el seno de los grupos asociativos. El hecho de que hayan elegido el concepto de fraternidad, hermandad, cofradía, etc (todos ellos procedentes de la raíz latina frater, hermano) no debería ser considerado una trivialidad o una mera casualidad. Por supuesto, escribí, está en relación directa con otras formas asociativas en las que la horizontalidad, la fraternidad y la semántica de la fraternidad son elementos claves. El caso más obvio es el de las órdenes religiosas. No menos obvio, pero de signo diferente, es el de los freyles de las órdenes militares de reconquista, como los de Santiago, Calatrava o Alcántara, que, aunque regidos por una orden religiosa (cisterciense ante todo, y no en vano), siguen siendo militares a caballo.

Pero ayer por la tarde, mientras escribía una carta a Teo Ruiz (que, como era de esperar, se ha convertido últimamente en mi lectura principal), me di cuenta de varias cosas. Escribir cartas (como escribir secreta) es en muchas ocasiones revelador de otras cosas inesperadas. Escribir es pensar. Así que escribiéndote a ti no sólo te estoy comunicando lo que ya he pensado, sino que estoy pensando contigo por primera vez cosas que antes no había pensado. Es una sensación agradable, pero difícil. Muchas de las cosas que te escribo aquí pasan luego casi íntegramente (liberadas, eso sí, de la segunda persona) al libro en cuestión. Pero no nos despistemos. ¿Qué es lo que comprendí y que no había comprendido antes?

Pues que no sólo debía hablar de una semántica de la fraternitas, sino más bien de una poética de la fraternitas que incorporara un concepto fundamental sin el cual es difícil entender todas las teorías sobre las relaciones horizontales (incluso las fingidamente horizontales) a partir de mediados del siglo XIII y durante todo la Baja Edad Media y la Alta Edad Moderna. Ese concepto es el de amistad.

La discusión sobre la amistad no se incorpora exclusivamente (ni quizá principalmente) a través del conocimiento, en distintos momentos, de la Ética a Niocómaco de Aristóteles (de donde, sin embargo, proceden los conceptos básicos sobre el significado de la amistad), ni de la lectura intensiva del libro de Cicerón Laelius, de amicitia (que, sin embargo, será influyentísimo en tiempos humanísticos, y cuyo vocabulario se superpondrá al sistema conceptual aristotélico). Seguramente la puerta de entrada más importante, sin embargo, es la de la ley.

'Carlos en pleno verano'. Photo JRV

Esta afirmación se la debo a Carlos Heusch (maestro, amigo, hermano), que empezó a hablarme de ello en aquellos años en París en que él hacía la tesis doctoral, yo trabajaba en la École Normale Supérieure y estudiaba mi doctorado en París III y ambos desesperadamente (y por entonces sin éxito) intentábamos dejar de fumar, dándonos pruebas de cercanísima amistad (nos escondíamos el tabaco del otro en lugares remotos, como el interior de un juego de backgammon). Ninguno de los dos habíamos cumplido los treinta años (ambos dejamos de fumar antes de los treinta y cinco). La tesis de Carlos estaba dedicada a La Philosophie de l'Amour au XVe siècle, y se centraba en el mundo de la universidad y su uso de los conceptos relativos al amor y a la amistad. Culminaba la tesis con una edición (Querido Carlos, ¿te importaría dar de una vez a la imprenta esa edición, en lugar de quedártela para ti?) del Brevilloquio de Amor e Amiçiçia de Alonso de Madrigal, el Tostado.

En esa misma época, y a consecuencia de sus intervenciones y trabajos en el seminario de Georges Martin al que ambos asistíamos (sigo pensando que fueron sesiones memorables), dio a la prensa el artículo "Les fondements juridiques de l'amitié à travers les Partidas d'Alphonse X et le droit médiéval" (Cahiers de Linguistique et de Civilisation Hispaniques Médiévales, 18-19 (1993-1994), págs. 5-48).

El problema de la amistad es un problema jurídico. Exactamente igual que es un problema jurídico, a fin de cuentas, el de la constitución de asociaciones de todo tipo, hermandades, cofradías, órdenes. Todo ello está regulado por un complejo sistema de relaciones de poder que aparentan ser horizontales, o, mejor, que se esfuerzan en presentarse en una plena horizontalidad, sin jerarquía conocida entre los miembros de la fraternidad. Se supone que, tal y como establece la ley (por ejemplo la Cuarta Partida), la amistad está basada en la solidaridad.

La amistad y la fraternidad funcionan en pie de igualdad, son dos lados de un complejo espejo en el que es difícil distinguir la imagen virtual de la imagen real (esa distinción es casi lo primero que se aprende en una clase de óptica general), y en el que, más allá de las relaciones de fuerza, se instaura la ficción de la igualdad entre los miembros, amigos, socios, como se decía en el latín jurídico.

La poética de la fraternidad es esencial porque justamente permite el análisis de los modos en que, jurídicamente, se van estableciendo los vínculos entre todos esos conceptos relacionados con la horizontalidad, con la ausencia de jerarquía, y se puede observar con detalle el modo en que se quiebran, también, esos modelos, cómo la misma poética contiene también su propia dialéctica.

Eso es lo que ahora debería escribir (mejor) en el capítulo segundo. 

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