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14
Feb
Lo que no se me ocurrió acerca de los impuestos

Casi siempre las respuestas a ciertos problemas aparentemente sin respuesta están más cerca de lo esperado. Con la misma frecuencia, basta con leer con atención. Un poco de atención a tiempo, realmente vale su peso en oro. La única razón por la que mi trabajo me da estas lecciones diarias es sencilla: soy muy impaciente. Quisiera no serlo, pero la pura verdad es que soy sumamente impaciente. Y cuando se es impaciente, es de rigor pagar las consecuencias. Al grano.

Punto primero: mi tema es la construcción y elaboración de discursos relativos a una clase social fundamentalmente problemática a la que llamamos caballería. Todos sabemos que chivalry is not dead, aunque se viene certificando su defunción desde el mismo momento en que se declaró su nacimiento. La razón por la cual se juntan pañales y mortaja (no quería yo resultar tan quevedesco) parece sencilla de decir y difícil de comprender: la muerte de la caballería es la conciencia de la imposibilidad de hacer que los integrantes de la misma sigan a rajatabla un modelo de vida determinado, sea éste el que sea. Es una aporía: por más que se modifique el modelo, el caballero nunca se ajustará al mismo.

Escolio al primer punto: cuando el tema queda definido de semejante manera, uno viene a convencerse fácilmente de que la vía de análisis ha de ser estrictamente cultural. El análisis, piensa uno, debe orientarse en una dirección determinada, de acuerdo con la cual el análisis cultural ha de iluminar por necesidad algunos análisis que parecen demasiado estables. Como las construcciones culturales tienen una clara constante desestabilizadora, tienden a romper sistemas y a crear fracturas, la idea anterior parece claramente razonable. Poer otro lado, supongo que trabajo con una idea muy restrictiva de cultura que, en este caso, se relaciona sobre todo con la liberación deslocalizadora respecto de los discursos sistemáticos por lo general emprendidos por la política, las teorías sociales o las construcciones económicas. Esta liberalización deslocalizadora se efectúa (supongo) mejor desde una liberación formal aparente, a través de recursos lingüísticos y estéticos en general. Restrictiva, dije, donde quizá habría debido decir estrecha. No sé.

Punto segundo: el problema de la caballería ciudadana, en el que apenas me estoy introduciendo con este libro, es mucho más complejo de lo que podría haber llegado a imaginar. E imaginaba que era sumamente complejo, teniendo en cuenta la extraordinaria complejidad que reviste una caballería con modelo como es la nobiliaria, a la cual me había dedicado hasta el presente. El tema es tanto más complejo cuanto que sobre la caballería nobiliaria se han escrito océanos de tinta, mientras que la bibliografía acerca de la caballería ciudadana (o villana, o burguesa, etc.) es relativamente escasa. A esta escasez bibliográfica hay que sumar el hecho de que hay ciertos títulos que han marcado pautas y que siguen marcándolas desde hace más de cuarenta años. El artículo-que-iba-a-ser-libro de Carmela Pescador del Hoyo es la más palpable de las pruebas. Mientras que la caballería nobiliaria siempre se ha analizado desde una perspectiva claramente cultural y política, la caballería villana se ha venido a analizar, de modo sistemático, desde perspectivas sociales y económicas. Eso no quiere decir que nunca se haya intentando comprender su universo cultural, pero sí quiere decir que éste se ha integrado como uno de los elementos necesarios para poder afirmar sus condiciones socio-económicas. Por ejemplo, se ha incidido clarmente en su voluntad de construirse como una clase social dominante, sus reivindicaciones sobre la exención de impuestos y su papel fundamental en el desarrollo (y a veces la ruina) del comercio, tanto interior como de exportación. Cuando se habla de élites urbanas desde una perspectiva socio-económica, se habla de los caballeros villanos. Como era de esperar, este análisis socio-económico tiene como misión comprender el papel político general que se les va otorgando a lo largo del tiempo, y, sobre todo, a partir de mediados del siglo XV. Se entiende que este impulso culmina en el mismo momento en que se produce algún tipo de ennoblecimiento de los grupos caballerescos ciudadanos.

Punto tercero: la lectura de la mayor parte de los trabajos de historiadores acerca de la caballería ciudadana no me ha sido de una utilidad extrema. En general creo que no hay una verdadera inquietud entre los historiadores por explicar las inestabilidades de este grupo social, sino más bien por sistematizar y limar diferencias. En ese panorama destaca el libro de Teófilo F. Ruiz que he estado releyendo ahora, y del que, confieso con culpabilidad, no me acordaba ya casi nada, porque lo había leído hace diez años. El libro es Crisis and Continuity. Land and Town in Late Medieval Castile (Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1994).La razón por la que destaca, como el resto de sus obras, es por una mezcla inteligente de elegancia, sencillez y profundidad de análisis. Este libro me ha hecho pensar, como hacen los buenos libros, en cosas en las que antes no había pensado. En particular me ha hecho pensar en algo que quizá es muy obvio, pero que ha sido muy rara vez estudiado con la profundidad y la visión practicadas por Teo Ruiz: el hecho de que los caballeros villanos están, de hecho, poniendo sobre el espacio urbano los elementos de negociación necesarios no sólo para construir una clase social, sino, sobre todo, para poder establecer un diálogo directo y en primera persona con el poder monárquico, cuyo interlocutor privilegiado venía siendo, sin embargo, esa categoría a la que llamamos nobleza.

Punto cuarto: seguramente sería improbable ver el problema concreto de los impuestos y de la aspiración nobiliaria (es decir, al cabo, de los privilegios que lleva asociada la caballería noble) fuera de ese proceso de negociación. Y por lo mismo, es necesario hacer una interrogación mucho más directa, mucho más compleja, al entramado de discursos culturales articulados por los caballeros villanos, porque éstos tienen quizá como misión introducir un elemento inesperado, deslocalizador, dentro de ese proceso de negociación. ¿Cómo es? ¿En qué consiste? Esa es la pequeña serie de preguntas a las que debería contestar de verdad el capítulo cuarto, y no, en cambio, intentar volver a contar una historia sistemática de la caballería villana.

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