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Feb12 Angry Men
En cierta ocasión me dijo Enrique "cuando escribes, no lees". Es una apreciación bastante exacta. El grado de concetración que es preciso tener para poder redactar unas pocas páginas es elevadísimo. Por lo común, para poder obtener dos o tres páginas al día, tengo que desechar muchas más. Es un proceso de escritura y desescritura que a cualquiera le recordará a lo que hacía Penélope con el sudario del divino Laertes. Con la diferencia de que yo no soy Penélope ni mi texto es el sudario del divino Laertes. Ya me gustaría. Me habría conformado, incluso, con ser Argos, el perro de Ulises, que muere justo en el momento en que el héroe pisa Itaca. Pero volvamos al redil: para poder escribir pocas páginas hay que desescribir muchas. Y, además, es difícil leer.
Matiz: uno en realidad se pasa el día leyendo. Hoy, por ejemplo, habré escrito tres páginas de las que estoy medianamente satisfecho. Sobre todo, me han pemitido entrar en el territorio del capítulo, que se estaba convirtiendo en una terra ignota. Por fin me veo en condiciones de trazar el mapa. Para poder escribir esas tres páginas, de hecho he desescrito doce. Todas ellas han ido directamente a ser corregidas por Vulcano. Y además me he pasado el día leyendo. He estudiado de cerca el texto de De Certeau que tenía entre manos, y luego he hallado que mi librería me había enviado uno de los libros de Harvey (The Urban Experience) y el de Dovey (Framing Places). Además, por mero placer, he estado releyendo páginas al azar de la Poétique de l'espace de Bachelard. Todo ello está en estrecha relación con todo lo que estoy escribiendo, incluso aunque haya alguno de estos títulos que ni siquiera llegue a citar en el libro. Estos textos contribuyen a mi concentración y excitan el impulso de escritura. Sobre todo, para qué negarlo, textos literariamente tan ricos como los de De Certeau y Bachelard; los otros carecen casi en su totalidad de valor literario.
El otro texto que he leído hoy me ha llegado esta mañana por el correo electrónico. Es de Enrique y se titula "La Carpa o la Vida", y trata del teatro de calle. Este texto ha sido especialmente iluminador. Hay algo mágico en el modo en que nos comunicamos. Yo ya sabía que él estaba escribiendo sobre el teatro de calle. De lo que no tenía la menor idea era de que, al cabo, yo estaba a mi vez abocado a escribir sobre los procesos de espacialización propuestos por un poder urbano, municipal, burgués, claramente dominante. Ahí es donde el problema político con el que arranca Enrique toma un sentido aun más especial: la dialéctica entre la exploración de los espacios teatrales por parte de los creadores-actores y la delimitación de los mismos por parte de las autoridades municipales. Sería imposible resumir aquí todo el sucesivo análisis de los espacios teatrales que ocupa la segunda parte del texto de Enrique, a través de la plétora de grupos que él conoce bien por su propia experiencia como jurado del festival de teatro.
Al cabo del día me encuentro con que en realidad no he leído ni una novela, ni he leído más poemas que los que me han asaltado la memoria de vez en cuando. No sé por qué razón, el que más me ha asaltado hoy la memoria ha sido el retrato de Oliveretto da Fermo de Manuel Machado. Quizá por el verso final "dejó un cuadro, un puñal y un soneto", que me recuerda a tres objetos simbólicos que me acompañaban últimamente (uno de ellos ha sido devuelto en las páginas de un libro de arte, pero, a decir verdad, tengo la esperanza de recuperarl en alg´n momento mágico; los otros dos aún me acompañan). Al cabo del día necesito algo que me saque incluso a la fuerza de la concentración del día. Algo que verdaderamente me desconcentre, porque si no no podré dormir, totalmente intoxicado por el trabajo.
Así que decidí ponerme en el DVD 12 Angry Men, de Sidney Lumet, con un espeluznante Henry Fonda en el papel protagonista. He visto la película dos o tres veces, y recuerdo bien que en España se pasó por televisión, en los años setenta, una versión de la obra de teatro. Seguramente no era muy buena, pero dejó una profunda impresión en mi memoria. Recuerdo que por entonces ya había visto la película. Yo no tendría más de doce años.
La película no es sólo un examen de la duda razonable y del papel que ésta ocupa en el trabajo del jurado o de la justicia como pilar del gobierno (primera escena de la película, palacio de justicia de Nueya York). Es, sobre todo, el modo en que se deconstruye el proceso lógico, la narración de las pruebas, el análisis material, social y político de los hechos hasta llegar a construir, bajo la sombra de la verdad absoluta (la culpabilidad) la duda razonable. La objetividad desaparece en el momento en que cada uno de los supuestos hechos es vuelto a narrar, sometiéndolo así a la percepción subjetiva. Inmediatamente, la pieza me llevó al libro de Peter Brooks, Troubling Confessions, que, junto con otras obras sobre "ley y literatura" o, más bien, "derecho y teoría" (que no "teoría del derecho"), había leído varios meses atrás.
Y todo ello me devolvió al proceso de escritura. Imposible salir de la concentración. Imposible pensar que, al cabo, estoy acopiando datos, interpretándolos, colocándolos en un orden, sorteando dudas razonables creando otras. Al final saldré del edificio de la historia, en compañía de todos los sujetos que han participado en este extraño juicio que es el análisis teórico de una historia concreta. Cuando todo haya terminado, quizá simplemente se desarrolle el diálogo final de la obra:
-Well, so long.
-So long.
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