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FebUna desventura caballeresca
Tengo dos discos duros externos de gran capacidad, más un número indefinido de llaves USB, más un sitio web con montones de gigabites libres, más una cuenta de de correo con capacidad casi infinita. Debería tener no una ni dos, sino siete o veinte copias de seguridad de mi trabajo.
Sin embargo, me ha vuelto a pasar. Esta mañana, cuando iba a abrir mi capítulo cuarto, con la sana intención de ponerme a escribir acerca de las murallas de Burgos y el proceso de gentrification en la reordenación urbana del siglo XIV, mi ordenador me ha dicho "archivo no encontrado". Estupor. Miro la papelera. Vacía. Más estupor. Imagino que por accidente la noche anterior hube deslizado el directorio con todo mi trabajo libresco a la papelera y que luego, alegremente, vacié la papelera. Sin querer, por supuesto. Pero lo hice. Lo hice y me quedé sin nada. Mis copias de seguridad más recientes tienen… semanas, muchas semanas. Al estupor sigue una cierta desesperación.
Inútilmente, intento agarrarme a mi memoria con objeto de volver a escribirlo todo.
De pronto, me invade una fabulosa sensación de paz, de tranquilidad, una serenidad infinita. Admito que he perdido mi trabajo y que además no seré capaz de volver a hacerlo. Meses, incluso años, se han ido a la papelera. Sonrío. Estoy dispuesto a dejarlo pasar y dedicarme a otra cosa mariposa. A fin de cuentas, me digo, el libro ya lo he hecho en mi cabeza, ¿qué necesidad tendría de escribirlo otra vez? Una laxitud maravillosa se apodera de mis miembros. Me siento bien.
El fantasma de la responsabilidad aterriza sobre mi hombro y me da una serie de consejos: "llama al servicio técnico de Mac y pregúntales si se puede hacer algo". Gruño un poco, pero el fantasma es perseverante. Llamo al servicio técnico y, tras un rato de animada conversación, me recomiendan que use un programa de recuperación de datos que me cuesta casi más que uno de mis discos duros externos de alta capacidad y la yema del otro.
Pongo en marcha el sistema y, en efecto, empieza a extraer, de las profundidades de una memoria borrada a medias, fragmentos, modelos para armar, piezas de un rompecabezas. No sé cómo lo ha hecho, pero de ahí empieza a surgir un edificio de cosas que había borrado hace meses, y que ahora se desperezan de entre los ceros y unos para formar cuerpos completos, como en una especie de valle de Josafat informático el día del juicio final. Veo con claridad meridiana el modo en que se van formando entidades con sentido.
Los archivos están ahora delante de mí. Han salido del incendio del Gran Archivo, adonde habían sido conducidos por un instinto básico de destrucción. Salen no sólo los archivos completos, sino las versiones anteriores, los pedazos despreciados, los esbozos inútiles, las marcas de una voluntad correctamente deletérea. Se hinchan ante mí como fantasmas de una conciencia que habría deseado borrar. La inquietud se hace presa de mí y evacua definitivamente toda mi serenidad anterior.
De nuevo tengo que enfrentarme con mi historia de escrituras. Pensé que las historias habían sido sustituidas por la gran narración. No. Me temo que nunca sucederá eso.
Poco a poco, con una brújula y un sextante, o con un astrolabio y la poca paciencia que tengo, busco entre los desperdicios el objeto que quiero. Llega un momento en que no sé distinguir entre el archivo que contiene lo que deseo y todos los demás que aparecen ahí como árboles gigantes en un bosque mágico y encantado. Tengo miedo de no encontrar lo que busco.
Una pequeña luz. Mandé hace pocos días cuatro capítulos (tres de la primera parte y uno de la segunda) a Teo Ruiz. Se los pido y me los envía. Parte del cuerpo mutilado ha sido reconstituido. Luego, casi milagrosamente, encuentro el capítulo cuarto varado entre cascos oxidados de viejos barcos naufragados. Buceando por entre las profundidades y asolado por los tiburones de otras ideas que deseché y ahora me amenazan, rescato los fragmentos, los limpio de óxido y los recompongo.
Con un cuidado infinito, escribo una página sobre las nuevas murallas de Burgos.
Luego me siento cansado. Ni rastro de aquella maravillosa serenidad.
Intensidad.
No es crueldad, pero me alegro de que vuelvas a enfrentarte al mundo con intensidad, y no te hayas perdido como Diógenes (el del síndrome).
Abrazos de alegría
Javi