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28
Feb
“Si no está, es justamente él”

Italo Calvino es, con mucho, uno de los escritores que más me han gustado siempre. Siempre, en mi caso, quiere decir desde que lo leí por primera vez cuando tenía doce o trece años. Lo primero que cayó en mis manos fue Il Visconte Dimezzato. Luego compré (en una ferretería de Vegadeo, Asturias, que era un cajón de sastre) La Nube de Smog, que me gustó mucho, y La Hormiga Argentina, que no consiguió gustarme tanto. Hacia 1981 o 1982 leí por primera vez Il Cavaliere Inessistente, la tercera parte de la trilogía I Nostri Antenati.

El protagonista de Il Cavaliere Inessistente es Agilulfo Emo Bertrandino dei Guildiverni e degli Altri di Corbentraz e Sura, Cavaliere di Selimpia Citeriore e di Fez. Su escudo representa un manto que se abre para dejar ver un escudo en el cual se abre un manto que deja ver un escudo en cuyo interior se abre un manto que deja ver un escucdo en cuyo interior… Por lo demás, va de punta en blanco. Agilulfo no existe. Dentro de su armadura no hay nada. Está totalmente vacío. "Cómo hacéis para existir", pregunta Carlomagno, "Con fuerza de voluntad, Sire", responde Agilulfo. Carlomagno (que por alguna razón es, en la novela de Calvino, prognato) deja escapar un silbido de admiración y sigue adelante.

Adelante, en la novela, alguien dice que está buscando a un caballero. No está, le responden. "Si no está, es justamente él".

Esa es la gran metáfora de la caballería, en realidad. Desengañémonos, a Italo Calvino no le interesaba lo más mínimo hacer una historia de la caballería, ni explicar la caballería, ni nada de nada. Usa la caballería para contar otra cosa diferente. Y creo que es prcisamente ahí donde nos encontramos (ya quisiera yo escribir como él, pero esa es otra historia). Bien pensado, a mí tampoco me interesa la caballería. No me interesa en tanto que pieza arqueológica, cachito de una ánfora a partir de la cual puedo reconstituir el ánfora en su integridad. No. Si me interesa es para crear una ánfora diferente. ¿Cuál?

Esa es la pregunta. Hoy, mientras comía con Israel Sanz, hablábamos, entre otras cosas, de ello. Isael había leído un borrador de un trabajo mío, y, como buen lector que es, me planteaba algunas preguntas y algunas críticas, seguramente más tímidamente de lo que ambos desearíamos (yo quisiera que sus críticas, como la tuyas, fueran pura dinamita). Un trabajo acerca de ciertos manuscritos con glosas, próximo proyecto que espero llevar a fin este año. Al final de este trabajo, como en casi todo lo que escribo, me hago una pregunta que me inquieta: ¿para qué hago un trabajo sobre manuscritos glosados medievales en pleno 2007? ¿De qué sirve? La respuesta está muy clara para mí, y no es en absoluto idealista ni arqueolgica. Es puramente teórica. Pero no voy a escribir aquí la respuesta. Estará en su lugar. Dentro de poco.

Israel me preguntaba por qué no venía esa pregunta en la introducción. Y la verdad es que no lo sé. Es una pregunta que siempre me hago al final. Cuando ya lo he hecho todo y llega el momento de deconstruirlo a través de las conclusiones. Ahora estoy terminando las conclusiones de mi libro, y en ellas, en efecto, estoy deconstruyendo mi propio trabajo. Eso me produce una enorme felicidad.

Es el momento en que todas las antítesis vienen a visitarme. Es el momento en el que se hace necesario convocar a todos los fantasmas del presente para que cuestionen el por qué de este pasado que he estado narrando en las trescientas páginas anteriores. Todo el libro está orientado hacia las conclusiones. Son ellas la verdadera tesis del libro, son ellas las que, al explicar por qué esto ahora, dicen el sentido teórico de todo el acto de investigación y escritura.

Estoy al final. Sé que estoy al final no sólo porque de hecho ya lo haya revisado todo. Sé que estoy al final porque en este momento soy consciente de que podría deconstruirlo pieza a pieza y llegar hasta el último rincón de mi último concepto.

Nada está disponible. Militia est vita hominis super terram.

Si no está, es justamente él. 

There is one response to ““Si no está, es justamente él””

  1. Israel

    Honesto comentario, y por ello, muy bienvenido. Cuánto se escribe que da por hecho su propia justificación, su propia perentoriedad: la pregunta ya está, pasemos a contestarla, y yo la voy a contestar mejor que los demás. ¿No es de eso de lo que se trata a la hora de dedicarse a esto que llamamos “mundo académico?” No digas nada que ya esté dicho: di algo nuevo. Demuestra que los que han escrito antes no han sabido hacerlo tan bien como tú. Otra vuelta de tuerca. La pregunta ya está: lo importante es la respuesta. Así, acabamos pasándonos de rosca, como el tornillo que no se puede fijar donde tiene que fijarse, dando vueltas y vueltas, proponiendo teorías (= teorías de la respuesta) que parecen satisfactorias hasta que alguien vuelve a proponer algo nuevo (generalmente, no tan nuevo) y el tornillo gira otros 180°. La necesidad de ser originales nos acaba llevando a volver a pasar por el mismo surco por el que ya habíamos pasado.

    Leer algo donde, al final (final del conteo de páginas, pero no final del artículo; me dí cuenta después de que mi propia pregunta no se había preguntado a sí misma. ¿O acaso he acabado de leer el artículo? No, por cierto) se cuestione la propia motivación de lo que se escribe es pues, por de pronto, saludable. ¿Por qué le seguimos dando vueltas a esta tuerca? Esa es la pregunta difícil. Al fin y al cabo, la respuestas de si la tuerca hay que girarla más o menos son perfectamente fabricables (última referencia a la tuerca, lo prometo). Vemos cada día que algo de lógica supuestamente inflexible, como los datos ofrecidos por la estadística, se presta a las interpretaciones más variopintas. Siempre será fácil responder a una pregunta que no se pregunte a sí misma.

    Tu reflexión sobre la presencia que se manifiesta precisamente cuando otros índices de presencia han desaparecido me recuerda a mi experiencia personal con Theo Angelópoulos, uno de mis directores de cine favoritos (es de los que o se aman o se odian; se suelen oir más opiniones de las últimas que de las primeras). Comencé viendo sus películas sintiéndome tremendamente atraído y, a la vez, tremendamente frustrado. Me frustraba porque sentía que no podía acceder a las “respuestas” de la película: ¿por qué hay siempre bodas en sus películas? ¿Qué significan esos silencios tan prolongados y, a la vez, más incómodos que el más estridente de los chillidos? ¿Por qué, cuando parece que más tienen que decir los personajes, se quedan todos embobados viendo pasar a una gallina por medio de un consultorio de salud? ¿Por qué se repite tanto el tema de la frontera y, a la vez, casi nunca se ve el horizonte (niebla, lluvia, nieve, noche, humo…)? Por algo tiene que ser, me decía. Hasta que, de pronto, se me ocurrió que lo realmente relevante (para mí) era el estar embobado viendo esas películas tan largas, tan lentas, tan llenas de motivos repetidos, que tendrían que aburrirme tanto, y que, mira tú por dónde, no me aburren. Como tu artículo, la película no se acaba cuando se acaba. Me gusta Angelópoulos porque el ver sus películas me tira de las orejas y me invita a no obsesionarme por la respuesta, sino a preocuparme por la pregunta. Viendo su cine, pensando en su cine, tiene uno (o tengo yo) la sensación de que todo está puesto ahí, colgado de algo que no se ve y que se necesita, que lo justifica, pero que no es respuesta (respuesta podría ser cualquier cosa: lo de los silencios súbitos por su crítica del espíritu nacional griego, “embobado” con un pasado tan reconstruído como falso, lo de las fronteras y el horizonte como expresión de la situación comprometida de lo griego en el contexto balcánico, y bla bla bla: puedo decir lo que me dé la real gana). Y ese algo es la pregunta, que no se plantea en ningún momento (no está: la planteo yo, me importa a mí) de por qué me preocupa si en la película la gente se calla o no, si nieva o si hace sol, si los ciclistas vestidos de amarillo salen una o cuatro veces. Intentar construir la pregunta es lo que me lleva a deconstruirme como espectador, como persona (¿o no es la deconstrucción condición necesaria para construirnos? Ya lo sabían en Delfos: “gnosthi s’eauton”. Ahí está lo chungo. Para eso vale más preguntar que responder).

    No voy a meterme en por qué creo que todo acaba siendo una cuestión de ética de absolutos (no está el cuerpo para esos fandangos ya a estas horas). Pero me alegro de haber leído el artículo, y de haber preguntado mal que por qué habías puesto eso al final. Qué burro. Tanto leer de “meditatio” y no se me ha ocurrido hasta ahora: de final, nada. Quién sabe hasta dónde podemos beneficiarnos como “estudiosos”, en la universidad, en nuestra mesa, en nuestra vida, si empezamos a preguntarnos el porqué de las preguntas, si eso no nos llevará a otras. No creo que se trate de renunciar a encontrar respuestas: se trata de encontrarlas siendo consciente de que lo que preguntamos, lo preguntamos por algo, y que sólo desde ahí merece la pena y se justifica el intentar decir algo. “La glosa es un artefacto sociológico”: ¿con qué otros artefactos se relaciona, y es o no consciente de la existencia de estos otros artefactos? ¿Consigue lo que quiere? ¿Cuáles son los artefactos de nuestro tiempo? ¿Cómo glosamos hoy y, si no lo hacemos, por qué? Más preguntas, y más respuestas, que no pueden (¡no deben! ¿Ves? Ética) ser finales de trayecto. Me alegro también, pues, de haberme quitado otro ladrillito a partir de esto y de haberme visto (me gusta pensarlo así) un poquito más. Lo difícil no es darle la vuelta al tornillo (vaya, se me ha acabado escapando…). Lo difícil es darle la vuelta al calcetín.

    Si al final resulta que va a tener razón Agilulfo.

    Isr.

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