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	<title>Comments on: &#8220;Si no está, es justamente él&#8221;</title>
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	<description>Personal website and weblog of UC Berkeley professor, writer and photographer Jesús Rodríguez Velasco</description>
	<pubDate>Mon, 01 Dec 2008 18:39:07 +0000</pubDate>
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		<title>By: Israel</title>
		<link>http://www.jrvelasco.com/secretum/2007/02/28/si-no-esta-es-justamente-el/#comment-7</link>
		<dc:creator>Israel</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Mar 2007 07:42:21 +0000</pubDate>
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		<description>Honesto comentario, y por ello, muy bienvenido. Cuánto se escribe que da por hecho su propia justificación, su propia perentoriedad: la pregunta ya está, pasemos a contestarla, y yo la voy a contestar mejor que los demás. ¿No es de eso de lo que se trata a la hora de dedicarse a esto que llamamos "mundo académico?" No digas nada que ya esté dicho: di algo nuevo. Demuestra que los que han escrito antes no han sabido hacerlo tan bien como tú. Otra vuelta de tuerca. La pregunta ya está: lo importante es la respuesta. Así, acabamos pasándonos de rosca, como el tornillo que no se puede fijar donde tiene que fijarse, dando vueltas y vueltas, proponiendo teorías (= teorías de la respuesta) que parecen satisfactorias hasta que alguien vuelve a proponer algo nuevo (generalmente, no tan nuevo) y el tornillo gira otros 180°. La necesidad de ser originales nos acaba llevando a volver a pasar por el mismo surco por el que ya habíamos pasado.

Leer algo donde, al final (final del conteo de páginas, pero no final del artículo; me dí cuenta después de que mi propia pregunta no se había preguntado a sí misma. ¿O acaso he acabado de leer el artículo? No, por cierto) se cuestione la propia motivación de lo que se escribe es pues, por de pronto, saludable. ¿Por qué le seguimos dando vueltas a esta tuerca? Esa es la pregunta difícil. Al fin y al cabo, la respuestas de si la tuerca hay que girarla más o menos son perfectamente fabricables (última referencia a la tuerca, lo prometo). Vemos cada día que algo de lógica supuestamente inflexible, como los datos ofrecidos por la estadística, se presta a las interpretaciones más variopintas. Siempre será fácil responder a una pregunta que no se pregunte a sí misma.

Tu reflexión sobre la presencia que se manifiesta precisamente cuando otros índices de presencia han desaparecido me recuerda a mi experiencia personal con Theo Angelópoulos, uno de mis directores de cine favoritos (es de los que o se aman o se odian; se suelen oir más opiniones de las últimas que de las primeras). Comencé viendo sus películas sintiéndome tremendamente atraído y, a la vez, tremendamente frustrado. Me frustraba porque sentía que no podía acceder a las "respuestas" de la película: ¿por qué hay siempre bodas en sus películas? ¿Qué significan esos silencios tan prolongados y, a la vez, más incómodos que el más estridente de los chillidos? ¿Por qué, cuando parece que más tienen que decir los personajes, se quedan todos embobados viendo pasar a una gallina por medio de un consultorio de salud? ¿Por qué se repite tanto el tema de la frontera y, a la vez, casi nunca se ve el horizonte (niebla, lluvia, nieve, noche, humo...)? Por algo tiene que ser, me decía. Hasta que, de pronto, se me ocurrió que lo realmente relevante (para mí) era el estar embobado viendo esas películas tan largas, tan lentas, tan llenas de motivos repetidos, que tendrían que aburrirme tanto, y que, mira tú por dónde, no me aburren. Como tu artículo, la película no se acaba cuando se acaba. Me gusta Angelópoulos porque el ver sus películas me tira de las orejas y me invita a no obsesionarme por la respuesta, sino a preocuparme por la pregunta. Viendo su cine, pensando en su cine, tiene uno (o tengo yo) la sensación de que todo está puesto ahí, colgado de algo que no se ve y que se necesita, que lo justifica, pero que no es respuesta (respuesta podría ser cualquier cosa: lo de los silencios súbitos por su crítica del espíritu nacional griego, "embobado" con un pasado tan reconstruído como falso, lo de las fronteras y el horizonte como expresión de la situación comprometida de lo griego en el contexto balcánico, y bla bla bla: puedo decir lo que me dé la real gana). Y ese algo es la pregunta, que no se plantea en ningún momento (no está: la planteo yo, me importa a mí) de por qué me preocupa si en la película la gente se calla o no, si nieva o si hace sol, si los ciclistas vestidos de amarillo salen una o cuatro veces. Intentar construir la pregunta es lo que me lleva a deconstruirme como espectador, como persona (¿o no es la deconstrucción condición necesaria para construirnos? Ya lo sabían en Delfos: "gnosthi s'eauton". Ahí está lo chungo. Para eso vale más preguntar que responder).

No voy a meterme en por qué creo que todo acaba siendo una cuestión de ética de absolutos (no está el cuerpo para esos fandangos ya a estas horas). Pero me alegro de haber leído el artículo, y de haber preguntado mal que por qué habías puesto eso al final. Qué burro. Tanto leer de "meditatio" y no se me ha ocurrido hasta ahora: de final, nada. Quién sabe hasta dónde podemos beneficiarnos como "estudiosos", en la universidad, en nuestra mesa, en nuestra vida, si empezamos a preguntarnos el porqué de las preguntas, si eso no nos llevará a otras. No creo que se trate de renunciar a encontrar respuestas: se trata de encontrarlas siendo consciente de que lo que preguntamos, lo preguntamos por algo, y que sólo desde ahí merece la pena y se justifica el intentar decir algo. "La glosa es un artefacto sociológico": ¿con qué otros artefactos se relaciona, y es o no consciente de la existencia de estos otros artefactos? ¿Consigue lo que quiere? ¿Cuáles son los artefactos de nuestro tiempo? ¿Cómo glosamos hoy y, si no lo hacemos, por qué? Más preguntas, y más respuestas, que no pueden (¡no deben! ¿Ves? Ética) ser finales de trayecto. Me alegro también, pues, de haberme quitado otro ladrillito a partir de esto y de haberme visto (me gusta pensarlo así) un poquito más. Lo difícil no es darle la vuelta al tornillo (vaya, se me ha acabado escapando...). Lo difícil es darle la vuelta al calcetín.

Si al final resulta que va a tener razón Agilulfo. 

Isr.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Honesto comentario, y por ello, muy bienvenido. Cuánto se escribe que da por hecho su propia justificación, su propia perentoriedad: la pregunta ya está, pasemos a contestarla, y yo la voy a contestar mejor que los demás. ¿No es de eso de lo que se trata a la hora de dedicarse a esto que llamamos &#8220;mundo académico?&#8221; No digas nada que ya esté dicho: di algo nuevo. Demuestra que los que han escrito antes no han sabido hacerlo tan bien como tú. Otra vuelta de tuerca. La pregunta ya está: lo importante es la respuesta. Así, acabamos pasándonos de rosca, como el tornillo que no se puede fijar donde tiene que fijarse, dando vueltas y vueltas, proponiendo teorías (= teorías de la respuesta) que parecen satisfactorias hasta que alguien vuelve a proponer algo nuevo (generalmente, no tan nuevo) y el tornillo gira otros 180°. La necesidad de ser originales nos acaba llevando a volver a pasar por el mismo surco por el que ya habíamos pasado.</p>
<p>Leer algo donde, al final (final del conteo de páginas, pero no final del artículo; me dí cuenta después de que mi propia pregunta no se había preguntado a sí misma. ¿O acaso he acabado de leer el artículo? No, por cierto) se cuestione la propia motivación de lo que se escribe es pues, por de pronto, saludable. ¿Por qué le seguimos dando vueltas a esta tuerca? Esa es la pregunta difícil. Al fin y al cabo, la respuestas de si la tuerca hay que girarla más o menos son perfectamente fabricables (última referencia a la tuerca, lo prometo). Vemos cada día que algo de lógica supuestamente inflexible, como los datos ofrecidos por la estadística, se presta a las interpretaciones más variopintas. Siempre será fácil responder a una pregunta que no se pregunte a sí misma.</p>
<p>Tu reflexión sobre la presencia que se manifiesta precisamente cuando otros índices de presencia han desaparecido me recuerda a mi experiencia personal con Theo Angelópoulos, uno de mis directores de cine favoritos (es de los que o se aman o se odian; se suelen oir más opiniones de las últimas que de las primeras). Comencé viendo sus películas sintiéndome tremendamente atraído y, a la vez, tremendamente frustrado. Me frustraba porque sentía que no podía acceder a las &#8220;respuestas&#8221; de la película: ¿por qué hay siempre bodas en sus películas? ¿Qué significan esos silencios tan prolongados y, a la vez, más incómodos que el más estridente de los chillidos? ¿Por qué, cuando parece que más tienen que decir los personajes, se quedan todos embobados viendo pasar a una gallina por medio de un consultorio de salud? ¿Por qué se repite tanto el tema de la frontera y, a la vez, casi nunca se ve el horizonte (niebla, lluvia, nieve, noche, humo&#8230;)? Por algo tiene que ser, me decía. Hasta que, de pronto, se me ocurrió que lo realmente relevante (para mí) era el estar embobado viendo esas películas tan largas, tan lentas, tan llenas de motivos repetidos, que tendrían que aburrirme tanto, y que, mira tú por dónde, no me aburren. Como tu artículo, la película no se acaba cuando se acaba. Me gusta Angelópoulos porque el ver sus películas me tira de las orejas y me invita a no obsesionarme por la respuesta, sino a preocuparme por la pregunta. Viendo su cine, pensando en su cine, tiene uno (o tengo yo) la sensación de que todo está puesto ahí, colgado de algo que no se ve y que se necesita, que lo justifica, pero que no es respuesta (respuesta podría ser cualquier cosa: lo de los silencios súbitos por su crítica del espíritu nacional griego, &#8220;embobado&#8221; con un pasado tan reconstruído como falso, lo de las fronteras y el horizonte como expresión de la situación comprometida de lo griego en el contexto balcánico, y bla bla bla: puedo decir lo que me dé la real gana). Y ese algo es la pregunta, que no se plantea en ningún momento (no está: la planteo yo, me importa a mí) de por qué me preocupa si en la película la gente se calla o no, si nieva o si hace sol, si los ciclistas vestidos de amarillo salen una o cuatro veces. Intentar construir la pregunta es lo que me lleva a deconstruirme como espectador, como persona (¿o no es la deconstrucción condición necesaria para construirnos? Ya lo sabían en Delfos: &#8220;gnosthi s&#8217;eauton&#8221;. Ahí está lo chungo. Para eso vale más preguntar que responder).</p>
<p>No voy a meterme en por qué creo que todo acaba siendo una cuestión de ética de absolutos (no está el cuerpo para esos fandangos ya a estas horas). Pero me alegro de haber leído el artículo, y de haber preguntado mal que por qué habías puesto eso al final. Qué burro. Tanto leer de &#8220;meditatio&#8221; y no se me ha ocurrido hasta ahora: de final, nada. Quién sabe hasta dónde podemos beneficiarnos como &#8220;estudiosos&#8221;, en la universidad, en nuestra mesa, en nuestra vida, si empezamos a preguntarnos el porqué de las preguntas, si eso no nos llevará a otras. No creo que se trate de renunciar a encontrar respuestas: se trata de encontrarlas siendo consciente de que lo que preguntamos, lo preguntamos por algo, y que sólo desde ahí merece la pena y se justifica el intentar decir algo. &#8220;La glosa es un artefacto sociológico&#8221;: ¿con qué otros artefactos se relaciona, y es o no consciente de la existencia de estos otros artefactos? ¿Consigue lo que quiere? ¿Cuáles son los artefactos de nuestro tiempo? ¿Cómo glosamos hoy y, si no lo hacemos, por qué? Más preguntas, y más respuestas, que no pueden (¡no deben! ¿Ves? Ética) ser finales de trayecto. Me alegro también, pues, de haberme quitado otro ladrillito a partir de esto y de haberme visto (me gusta pensarlo así) un poquito más. Lo difícil no es darle la vuelta al tornillo (vaya, se me ha acabado escapando&#8230;). Lo difícil es darle la vuelta al calcetín.</p>
<p>Si al final resulta que va a tener razón Agilulfo. </p>
<p>Isr.</p>
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