15
SepAmadís y un alano blanco de la jauría de don Juan de Aragón
La clave para escribir es escribir. No hay otra. Sucede lo mismo que en cualquier otro deporte: la falta de práctica se acusa instantáneamente. Durante casi tres meses, mi acercamiento a la escritura ha sido prácticamente inexistente, por motivos que no podrían ser más ajenos a mi voluntad. Pero ahora que por fin se dan las circunstancias apropiadas para entrar de nuevo en el juego, los dedos se resisten a recorrer las teclas en un orden de pensamiento y de estilo mínimamente satisfactorios. Las razones no vienen al caso. Pero ahora, en verdad, hay fuego y conviene enfrentarse a él.
Por otros motivos que tampoco vienen necesariamente al caso (luego mis amigos dicen que resulto misterioso; pero no es verdad, simplemente es rigurosamente cierto que no vienen en absoluto al caso), sé que este mes me lo pasaré en la esquiva compañía de Amadís y de Esplandián. Hoy he podido dedicarles algunas horas (más las que les dedique en este post), sobre todo para refrescar mi memoria, reordenar los datos que ya sabía y ponerme al día de aquellos que se han ido ofreciendo últimamente. Todavía no he dedicado, en cambio, la atención suficiente a los textos. Pese a que hice una edición del Amadís que se publicó hace años, y pese a que empecé a hacer una edición del Esplandián, he conseguido desinteresarme de estos textos con tanta profesionalidad, que he venido incluso a olvidar partes enteras de su trama. En realidad eso no es un problema: son textos que se leen con enorme sencillez. No hay la menor sombra de ironía en la frase anterior. Ni en esa (período mixto).
Intentemos poner en orden lo que puede sacarse en claro. A estas alturas, la crítica del Amadís, y en particular la crítica histórica, que ha sido, por otro lado, la más frecuente y la más fecunda, ha llegado a cierto consenso acerca de los avatares amadisianos. Hasta tanto no se demuestre lo contrario, el trabajo de Juan Manuel Cacho Blecua ha sido, hasta el presente (y el libro fue publicado en 1979) lo más original que se ha hecho. ¿Por qué (creo que) es así? ¿Es que todo lo muchísimo que se ha escrito desde entonces debería pasar a sr corregido por Vulcano? La respuesta a la segunda pregunta es negativa, de modo que conviene dedicarse a responder a la primera. Y para responder a la primera, en realidad no hay que empezar por el libro de Cacho Blecua, sino seguramente por los demás trabajos amadisianos posteriores a 1979, así como a la reciente edición de Las Sergas de Esplandián hecha por Carlos Sáinz de la Maza (Madrid, Castalia, 2003).
Los estudios sobre el Amadís-Esplandián son y han sido de corte netamente historicista y filológico. El problema que ha resultado más acuciante a una parte importante de los críticos (Edwin B. Place, Cacho Blecua, Avalle-Arce, Sales Dasí, Sáinz de la Maza, todos ellos a la zaga de Rodríguez-Moñino y de María Rosa Lida) ha sido el de intentar determinar el modo en que podemos aproximarnos al Amadís antes de Rodríguez de Montalvo. De qué manera, pues, podemos leer el primitivo Amadís, creado, verosímilmente, durante la primera mitad del siglo XIV (aunque Avalle-Arce quiere adelantar su composición a los años cercanos a 1290), habida cuenta de que ese texto ya no existe.
Siempre supone un inconveniente intentar leer un texto que no existe. Pero no conviene olvidar que ese texto, en efecto, existió y fue leído. No puede decirse que tengamos una gran y clara idea de cómo fue leído. Es más, resulta prodigiosamente extraño suponer que un texto como el Amadís haya sido conocido en diversas versiones (los estudiosos hablan de tres) y que, sin embargo, haya dejado huellas que se pueden contar con los dedos de una mano: un canciller de Castilla asegurando que lo hbaía leído y despreciado, un glosador haciendo mención de la obra en un margen de dudoso origen (pese a la aclaración de Conrado Guardiola), algunas menciones de Juan de Dueñas (estudiadas por Rafael Ramos) a episodios que, al parecer, no están presentes en el de Montalvo (si bien, a decir verdad, eso no prueba nada, y menos aun en una cultura literaria en voz alta), una mención de Pero Ferrús a la valentía de Amadís "en tres libros" (¿qué quiso decir con eso?), y unos fragmentos milagrosamente hallados por Rodríguez-Moñino en la encuadernación de otro libro. Ahora, Alberto Blecua ha hallado un nuevo vestigio amadisiano de mediados del siglo XV, anterior a la intervención de Rodríguez de Montalvo, en un Libro llamado remedio de perdidos, atribuido a un ingenio de la generación de Santillana y Mena.
¿Es posible, de hecho, leer ese Amadís primitivo? ¿Ese Amadís que quizá primero tuvo dos libros, y luego tres, y luego cuatro, y luego, con Esplandián, cinco? ¿No estamos de alguna manera confinados a vivir en el espacio de luces y sombras decretado por Rodríguez de Montavo y regido por él desde su propia tarde y desde su propia nube? La respuesta es no, pero creo que sólo Cacho Blecua ha sido capaz de explicar por qué no. Por supuesto que tiene ilustres antecedentes. La intuición de María Rosa Lida nos ofrece un elemento clave, que es el hecho de que en el Amadís primitivo (aunque no sabemos en cuál de ellos), el hijo (Esplandián) mataba al padre (Amadís) y Oriana se suicidaba. El hecho de que ambos elementos fueran eliminados trabajosamente por un redactor posterior, que bien pudo haber sido Montalvo, es algo que merece un estudio aparte, y que en cierta medida ha sido analizado por Rafael Beltrán, el propio Juan Manuel Cacho Blecua y otros. Se advierte que aunque el susodicho redactor (vamos a decir Montalvo, aunque no hay modo de saberlo) borra ambos episodios, le resulta más sencillo deshacerse de la suicida que del parricida (cuyas sombras comparecen en varios lugares, junto con la muerte de Galaor por su hermano Amadís, etc.), o sea que los asesinatos caballerescos forman más parte de la trama que el suicidio de la dama. El otro antecedente ilustre de Cacho Blecua es Rodríguez-Moñino, al permitir comprender algunos de los procedimientos literarios y temáticos que se han operado sobre la piel del Amadís primitivo, y que seguramente corresponden a Montalvo, a saber, por ejemplo, el proceso de abreviación, o la preexistencia de Esplandián.
Juan Manuel Cacho Blecua comprendió que la única manera de leer el primitivo Amadís era, de hecho, interesarse por los procesos de creación literaria, por el modo, en resumidas cuentas, en que un autor se enfrenta a una obra constituida, reescrita y con fama, para recomponer sus presupuestos estéticos y reiniciar una tradición en un medio de difusión de la obra literaria radicalmente diferente a aquel del que procedían tanto los escritos como el mismo lector-autor. Su libro, Amadís: heroísmo mítico cortesano, es, en realidad, una búsqueda (desesperada, como lo es la de cualquier joven que se enfrenta a un tema con una originalidad de la que siente una enorme inseguridad) por hallar todos aquellos elementos teóricos sobre los que Rodríguez de Montalvo ha podido volcarse para construir una obra literaria a partir de obras literarias preexistentes con el mismo nombre y apellidos. Esa búsqueda estética, política y social, educativa o pedagógica, es, precisamente, la que hace que la obra de Juan Manuel Cacho Blecua resulte central.
¿Podríamos hacer sola responsable a la imprenta de haber puesto en órbita el Amadís? ¿Podríamos asegurar que fue esa tecnología la que hizo que el signo receptivo, aparentemente, cambiara, y que hiciera que el Amadís, que hasta entonces parece ser una obra confidentielle, se convirtiera en unos de los más grandes artefactos literarios del siglo XVI? Sería buscar una explicación demasiado simple. Y, al cabo, muchas otras obras, que habían tenido diversa fortuna en su transmisión manuscrita -el Zifar, la Crónica del Cid- en cambio no parecen verse afectadas extraordinariamente por la imprenta. Ésta no suple aquello que estas obras habrían necesitado para devenir un producto semejante al Amadís. En cambio, ésta sí. Que la imprenta ayudara, es innegable; que fuera determinante, es dudoso.
Por otro lado, Amadís no es solamente una novela. Es un alano blanco de la jauría de Juan de Aragón. Es torneos y pasos de armas. Es fiestas. Es series inagotables de continuaciones. Es óperas y masques de Lully a Haendel. Es teatro. Es tapices. Es traducciones al francés, portugués, holandés, hebreo… Amadís es las reglas de producción de una inabarcable tradición que inunda, durante siglos, la cultura. Hacer responsable de eso a la imprenta es como hacer responsable del éxito de Cartier-Bresson al hecho de que usara una Leica M3 (si bien ese fue el instrumento que le permitió desarrollar una estética y una serie de ideas.
Amadís es, sin embargo, y de modo privilegiado, el modo en que un autor da un giro formidable a una tradición e inaugura otra. Dice Carlos Sáinz de la Maza que Rodríguez de Montalvo era un gran escritor. La afirmación es sospechosa, pero, al tiempo, casi necesaria. Se suele admitir que la obra de Rodríguez de Montalvo que más dice de Rodríguez de Montalvo es Las Sergas de Esplandián. Por desgracia, al cura del Quijote, a quien el Amadís le parecía bien, el Esplandián le parecía digno de la hoguera. Y eso ha provocado que no haya que justificar ante la historia la razón por la que se edita o estudia el Amadís (origen del inicio de la novela moderna, salvado incluso en las caliginosas sombras de la mente curil), pero hay que hacer equilibrios para dedicarse a la primera de las obras de la pira, el Esplandián. En realidad, donde se ve el gran escritor no es tanto en el Esplandián como en el Amadís. Precisamente por la misma razón que esgrime Juan Manuel Cacho para decir casi lo contrario: porque para poder dar a la luz el Amadís tuvo que enfrentarse al hecho de que la obra ya había sido escrita varias veces, y que a él le competía volver a escribirla y, por ahí, mejorarla. El reto es mucho más grande.
El Amadís-Esplandián es, a su vez, una forma de escribir historia. Veamos: consiste en la puesta en práctica de una serie compleja de procedimientos estéticos y artísticos para liberar a las redacciones anteriores de aquello que, en una necesidad de volver a narrar la historia, ya no son consideradas válidas por el autor. Pero no es "una historia" o una "historia fingida". Es, al cabo, "historia". O, mejor, "historiografía", una particular forma de enfrentarse a la narratio rerum gestarum. Obviamente, estas res gestae no son, bajo concepto alguno, los sucesos particulares de Amadís, Galaor, Florestán, Cuadragante o Esplandián. Ni los de Helisena u Oriana. Son, más bien, los criterios mediante los que se construyen esos hechos y su función microscópica pero central en la construcción de los valores con los que juzgar los hechos contemporáneos a la obra.
No conviene olvidar que Rodríguez de Montalvo está ofreciendo una versión contemporánea. Su Amadís-Esplandián es literatura contemporánea. El siguiente punto de análisis quizá podría surgir de ahí: no como una obra vinculada a un contexto, sino más bien como una obra que, igual que se intenta despegar de las graves tradiciones de cuyas nieblas surge, intenta también despegarse de un contexto, enfrentarse al hecho de que su recepción pudiera ser la infinita trivialidad de que don Juan de Aragón llamara Amadís a un alano blanco de los de su jauría.
Discussions are automatically filtered and moderated to prevent spam, and unsuitable or offensive messages. Code, html tags, or any form of malicious code will also be eliminated. Prior to commenting, users must enter a valid email address. If in doubt, please refer to the terms of our privacy policy.
Please, fill all the required fields in the form below, and send your comment. It will be queued pending moderation.