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JESUS RODRIGUEZ VELASCO: Search this website 

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12
Nov
[De caballería. Vuelo AF-083 SFO~CDG]

Desde el punto y hora en que me propuse ser medievalista, también me propuse el estudio de la caballería. En los orígenes está cierta fascinación por la magia caballeresca, pero reconozco que nunca me ha seducido el heroísmo caballeresco, ni su mitología, ni el modo en que entronca con el folklore de los pueblos nórdicos. La romántica medieval siempre me ha sido ajena.

Mis primeros textos (dejo aparte los de infancia y los de enfermedad) fueron los que puso en circulación Siruela en los primeros años ochenta: Gawain y el caballero verde, Melusina, El cementerio peligroso con La doncella de la mula, el Merlín, las obras de Geoffrey de Montmouth, las obras de Chrétien de Troyes, y, por encima de todos los demás, el que más fascinación me produjo y quizá el que mejor conservo en la memoria, el Perlesvaus. Pero, insisto, el heroísmo me resultaba repugnante. Todavía hoy me resulta repugnante, quizá incluso más que antes. Es una repugnancia informe, cuyas causas desconozco. Nunca he intentado racionalizarla.

La literatura, en cambio, me produce un placer sin límites. Lo que me interesaba de entre esos y otros textos era su estética, el modo en que iban quedando construidas y ensambladas las historias. Y también el modo en que estas narraciones iban colocando delante de los ojos de los lectores los problemas teológicos y políticos sobre los que giraba la propia novela. Si hay algo que siempre he percibido como crucial de la literatura caballeresca es su pulsión inusitada, casi anómala, por la teoría. La buena literatura caballeresca es teórica. No se me ocurre ninguna muestra de buena literatura caballeresca que no esté obsesionada por construir un modelo individual tropológico y anagógico del caballero. El modelo tropológico-anagógico alcanza al lector. Son dos pájaros de un solo tiro, pues lector y caballero, en muchas ocasiones, son una y la misma persona. Ese es también un hallazgo de la literatura caballeresca: llamar al caballero a viajar y padecer sus aventuras en la superficie de una página que de manera creciente vive a la vez de letras y de imágenes, para construir el modelo desde todas las perspectivas estéticas posibles y diferentes.

Era lógico que acabara interesándome no sólo ni principalmente por el roman caballeresco, sino también y definitivamente por lo que, por falta de mejor denominación, hemos llamado, a la zaga de Ángel Gómez Moreno, tratados teóricos sobre la caballería. Es una forma como otra cualquiera de secuenciar los géneros o las formas, o más bien los contenidos de las piezas literarias. Puedo haberme equivocado.

Mi primer libro (1996) creaba una diferencia radical entre la literatura caballeresca de ficción y los tratados teóricos sobre la caballería. Hoy no mantendría esta diferencia ni me permitiría hacer el esquema (que ahora me parece risible) que tracé en la introducción de aquel libro. Cuando veo aquel esquema sobre los tratados teóricos, me ruborizo de vergüenza. No me consuela lo más mínimo saber que a algunas personas les ha parecido útil. En este momento lo considero totalmente inútil. Si tuviera que hacer otra vez mi tesis doctoral (dios no lo quiera), mi planteamiento sería muy distinto, en el hipotético caso de que decidiera volver a trabajar sobre la caballería. Eso en el supuesto de que volver a hacer la tesis no supusiera una forma particularmente perversa del Timequake de Kart Vonnegut: diez años en piloto automático. En cualquier caso, lo que es evidente es que aunque los modelos tropológico-anagógicos de la literatura caballeresca (en toda su extensión, y con ese carácter generalmente teórico que he intentado explicar) incluyan al lector-caballero, no incluyen a esa pieza de la fauna que es el estudioso de la caballería, el paciente y a veces desorientado scholar (un servidor, por ejemplo).

Y es una triste gracia, pues yours truly necesitaría, al menos, de esos, cuando no de otros, modelos tropológico-anagógicos. Esto es, en realidad, lo que quisiera explicar aquí y aquello para lo que he hecho tan larga introducción. Al terminar mi último libro (Madrid, Akal, 2008; versión inglesa –con algunos cambios sustanciosos y un capitulo nuevo– Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2008) me planteé algo que hasta ese momento no me había preguntado, y que, tonto de mí, sólo empecé a comprender en ese momento. Me explicaré con detalle. Este nuevo libro (como sabe cualquiera que hay frecuentado este secretum es un intento de comprender el significado de la creación de instituciones caballerescas durante la primera mitad del siglo XIV. Estas instituciones son tanto nobiliarias como burguesas, y eso introduce una especie de anomalía dentro del problema ya suficientemente complejo de la caballería: aunque que ésta es rigurosamente una forma de construir la nobleza (o, al menos, ciertas secciones de la nobleza), otras franjas del espectro social ven en la caballería una forma de transformarse. La diferencia es que la caballería burguesa hace algo que la caballería nobiliaria no hace jamás: crear su propia regulación. Hasta ahí más o menos la teoría, más o menos el problema histórico. De eso se ocupa el libro y no tengo la menor intención de repetirlo aquí.

El problema historiográfico es levemente distinto. Al escribir la introducción del libro incluí un párrafo en el que hacía una somera alusión a este problema: la mayor parte de los historiadores de la caballería medieval no puede ocultar la atracción que les produce la verdadera nobleza, la aristocracia y su pureza de formas, lo original, casi teológico de esa nobleza que ven quintaesenciada en la caballería. Los mismos historiadores, luego, vuelven su mirada a las instituciones caballerescas burguesas, y no ven en ellas más que un torpe afán de repetición, una forma impura de acercarse a esa nobleza, en lugar de quedarse en su estado. Hay una especie de nobilimorfismo de la historiografía sobre la caballería. En ese párrafo también decía que mi relación con la caballería no era nada familiar, y que a pesar de algunos de mis apellidos, no podía identificarme yo mismo con ese nobilimorfismo (los apellidos están dispersos y, de todos modos, mi abuelo paterno era maestro guarnicionero con su propio taller y mis abuelos maternos tenían una carnicería –a Aurélie quizá no le gusten estas referencias familiares). Luego, como era de esperar, borré ese párrafo; por partes, primero borré unas líneas y luego otras y luego ya desapareció por completo. Pero aunque el párrafo haya desaparecido, el problema subsiste.

Para mí no es fácil decir que me dedico a estudiar la caballería. Estudiar la caballería ciudadana, en cambio, me resulta mas sencillo de decir. Aun así, difícil. Cuando me preguntan sobre qué trabajo, hago un circunloquio. Digo, por ejemplo, que estudio las teorías políticas (lo que es bastante acertado), que estudio la constitución de ciertos poderes ciudadanos y burgueses (menos acertado), que estudio la formación política de las ciudades medievales y modernas (casi nada acertado), o simplemente digo que soy medievalista (de puro amplio, inútil). Si me dedicara a estudiar lo que estudian algunos de mis mejores amigos de la Bahía (pienso en Vincent Barletta, en Chema Rabasa o en Aurélie Vialette), lo diría con cierto orgullo y seguramente no me sería tan difícil.

Por ejemplo, Vincent se introduce con prudencia y con una preocupación ética esencial en el universo creado por las comunidades cripto-islámicas en que se producen textos aljamiados. Escucha sus voces, y, sin hablar por ellos, sin perturbar la intimidad o incluso la clandestinidad de su comunicación, intenta averiguar cómo se expresan. Chema (lo diré con mucha más simpleza que la que usaría él mismo), se traslada a un elsewhere en que pueden organizarse las voces indígenas y apóstatas durante la primera época de la conquista (o invasión) de América, para intentar averiguar, también, cuáles son los problemas políticos y de expresión que agobian a las poblaciones indígenas en su necesidad de expresarse en nuestro mundo contemporáneo. Aurélie, por su parte, se ha ido a la Barcelona del siglo XIX para, introduciéndose en los coros de obreros barceloneses, averiguar las maneras que articulan éstos para construir una voz cultural, para dialogar con la esfera pública.

Los estudios de Vincent, de Chema, de Aurélie o de otras personas a las que admiro no sólo representan problemas intelectuales, hermenéuticos, históricos, etc., de gran envergadura. A su vez, están planteando problemas éticos y políticos concretos y palpitantes dentro de nuestras culturas. Suponen una forma de preocupación por los derechos humanos, por la política contemporánea, por el valor de la cultura dentro de los equilibrios y desequilibrios sociales.

En un artículo que acabo de terminar y del que estoy corrigiendo pruebas (no puedo decir dónde se va a publicar, porque es una sorpresa para cierto homenaje a una persona a la que admiro y aprecio) vuelvo a introducirme en el asunto de la caballería. Es el primer artículo sobre caballería que escribo desde que terminé el libro, y, como he dicho, terminar ese libro me ha supuesto una cierta transformación. (La transformación existía larvada, pero ahora le he dado forma, simplemente). El artículo trata sobre un tema que me produce cierta comodidad: la necesidad que se sustancia (pero no surge, de hecho surge mucho antes) en el siglo XVI de acabar con la caballería heroica y colocar en su lugar una filosofía del esfuerzo que se basa en una ética diferente aplicable no a una casta de linaje, sino a una forma de practicar un oficio. También me causa incomodidad: ese oficio es un oficio militar, y yo siempre preferiría no hablar de ningún tema que tenga relación con lo militar. De hecho, a lo largo de mis trabajos sobre caballería, se buscará en vano la menor relación al carácter guerrero de la misma: sólo me interesan sus problemas políticos y culturales. A pesar de la incomodidad, el problema me interesa más, y eso es simple y llanamente por causa de Cervantes y el modo en que convierte en literatura a ese nuevo oficial cuyo esfuerzo sustituye al heroísmo caballeresco. Todo lo demás me es indiferente: los tratadistas capitanes y alféreces que, por docenas, inundan las imprentas y las bibliotecas, me resultan solamente una forma útil de acercarme a Cervantes, pero ni les reconozco valor literario –salvo en contados casos– ni veo en ellos el menor atisbo de genialidad teórica –al contrario de lo que pasa con muchos otros teóricos del siglo XVI. (Debo añadir que el hecho de que no les reconozca nada de eso se debe exclusivamente a mi torpeza, no a sus calidades).

En ese trabajo trato en dos ocasiones algo que se parece al problema ético del que hablaba anteriormente. Pero indirectamente. O, por mejor decir, de una manera tan teórica que parece haber perdido alma. O sea, lo plantea, pero lo evita. Intento explicar que la caballería, no como objeto histórico, sino como planteamiento ético, es imprescindible en la cultura occidental (seguramente también en otras), y lo es por razones que, aunque proceden de material de derribo histórico, no hemos dejado de considerar positivas. La caballería es todo lo que la historiografía romántica y victoriana ha hecho de ella: abreviatura de los valores éticos más sublimes aplicados a clases aristocráticas elevadas y de componente masculina. Así, la caballería reúne en sus campos semánticos todos los elementos de cierto etnocentrismo, cierto clasismo, cierto machismo y otros ismos que no podrían estar más desterrados de nuestro sistema de valores contemporáneos. Y sin embargo, a veces se pronuncia con unción, ante la presencia de una galantería de cualquier tipo, chivalry is not dead.

¿Dónde está el error? ¿dónde está la mutación tropológica? La imprescindibilidad de la caballería me incomoda por lo menos lo mismo. Quiero pensar que si sigo estudiando la caballería llegaré a comprender el porque de ciertas esquizofrenias sociales y políticas de las que, ciertamente, también yo participo.

Cabe otra posibilidad. Podría dejar de estudiar la caballería y dedicarme a otra cosa (mariposa). Es algo que me he planteado a menudo, y, de hecho, siempre he intentado diversificar mis campos de estudio (manuscritos glosados, teoría del derecho, poesía provenzal, qué sé yo). Pero en realidad es todo parte de la misma búsqueda. No importa realmente a dónde vaya, sino más bien la posición en la que esté. El problema no está ahí sino aquí.

¿Por qué es esto importante? ¿Cuándo ha empezado a serlo? ¿Cómo? Tal vez John Dagenais tiene razón al establecer que toda lectura medieval es ética. Quizá le asistiera también la razón si dijera que todas nuestras lecturas son éticas. Jacques Rancière y Alain Badiou, al parecer, se asombran del surplus ético de la recepción del arte. Toda una nueva censura (pre-democrática, cuando no totalmente anti-democrática) parece avecinarse en el panorama político, bajo el signo de un totalitarismo de la ética. ¿Puede la ética ser totalitaria? No per se, no independientemente de la codificación de la ética a través de los medios en que ésta puede llevarse a efecto. En realidad no sé responder a esta pregunta. Ni siquiera sé si soy capaz de plantearla. Es demasiado compleja. Eso quiere decir que ante todo conviene pensar para poder establecer la pregunta. Quizá ya ha sido hecha y yo no lo sé. Eso es más que perfectamente posible.

[Appendix necnon Probi] 

[¿Cómo serán mis futuros estudios sobre la caballería? Veo venir algunos que iré terminando en los próximos años. Pienso que iré apartándome cada vez más del contenido para ir aproximándome a la forma. Pero no sé exactamente cómo. Tengo varios títulos delante. República Teórica debería ser el primero (junto con otro libro con textos que me han pedido para editorial del Ministerio de Defensa). El proyecto inicial era más ambicioso de lo que es ahora en mi mente. Quizá sólo quiero saber qué es lo que tiene que pasar para que una monarquía desee presentarse como república, usando, al mismo tiempo, ideas procedentes de ciertas repúblicas de la Península Itálica y otras descendientes de la historiografía romana. República Teórica tiene de estudio caballeresco lo que la caballería tiene de laboratorio de las formas políticas. Parece ser que este laboratorio de las formas políticas se extiende también al modelo tropológico-anagógico del scholar. El segundo proyecto está mucho más lejano, quizá no lo haga nunca. Ni tiene título preciso. En parte sería una especie de continuación del Debate (1996) hacia el siglo XVI, en el que analizaría con detalle asuntos que fueron tratados apresuradamente en el artículo de homenaje al que (no) me referí antes. Para la versión inglesa de mi libro sobre las instituciones querría añadir un capítulo sobre un texto emitido por unos caballeros ciudadanos en el siglo XIII (de hecho intentaré ver los dos manuscritos medievales de este texto durante el viaje que ahora emprendo). También quiero dedicar algún tiempo a un texto emitido en los primeros años del reinado de Juan I, y que ahora me parece central (aunque sólo pensar en volver a sostener los inmanejables tomos de cuadernos de cortes me produce dolor en los brazos del alma.]

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