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NovSobre la labilidad de los márgenes, la edición y los pactos de lectura
La razón más específica por la que estoy en este preciso momento sumido en los manuscritos glosados no es necesariamente por el proyecto de libro. Me gustaría mucho que fuera así, pero no es aún el momento. Ese libro viene esperando desde 1992, y supongo que todavía le queda un poco de espera. De hecho, poco antes de venir a Madrid estuve leyendo lo que pude de aquel primitivo proyecto y se me caía la cara de vergüenza. Mejora algo (pero no mucho) con la colección de notas manuscritas que le fui poniendo con el tiempo y con la bibliografía consultada que quedó registrada en las planas libres de sus folios.
Aun así no es como para exhibirlo demasiado. La fortuna de un archivo personal es, sin embargo, frágil, así que es más que posible que dentro de poco destruya tanto esos impresos como las versiones electrónicas, hasta que no quede rastro de ninguno de ellos. Me gusta destruir mis viejos textos, manuscritos y proyectos, una vez se ha demostrado que ya no pueden servir para nada. Uno es siempre dueño de su archivo. Decir a un amigo "quémalo cuando me haya muerto" es la forma más segura de que vaya a perdurar más allá de la vida del susodicho. Si uno quiere destruir algo, lo mejor es hacerlo personalmente y sin pestañear. Yo lo hago y me parece bien.
Por ejemplo: cuando iba a destruir la última versión del último libro, me dio cierto repelús, porque realmente lo había reescrito a mano por la plana en blanco de los folios, y entre líneas, y tal. Era bastante bonito. Tardé por lo menos dos minutos en tomar la decisión y medio minuto más en destruirlo. Ahora es mucho más bonito, porque está en la memoria.
Los márgenes son siempre muy lábiles. Desaparecen con facilidad. Que se lo pregunten, si no, a todos estos manuscritos que he ido consultando a lo largo de los años. Los encuadernadores los han guillotinado, los estantes los han pulido, los dedos de los lectores (a menudo pringados de saliva) los han borrado, y los editores se los han inventado por las obvias dificultades de lectura o por su capacidad de enmendar usando su solo ingenio.
El problema de la labilidad de los márgenes es que es sempiterna. Existe incluso en presencia de los propios márgenes, incluso cuando éstos son legibles. Incluso cuando son legibles, parecen irreproducibles. ¿Cómo podría yo transmitir (con una écfrasis) la imagen de los folios del manuscrito 10.289 de la BNM con el More en castellano? Mal. Por más que indique el grado de inclinación de cada anotación con respecto a la horizontal del texto, por más que señale marcas, prácticas del espacio, tamaños de letra, y una por una todas las notas signaléticas, siempre me quedaré corto. La única manera posible es sacar una reproducción y decir: "es ésto", mostrándola urbi et orbe.
¡Qué ingenuo! ¿Y así, con una imagen, creería estar ahorrándome mil palabras? En realidad no.
El espectro de la página
La nouvelle philologie es una historia crítica de la filología, si hemos de tomar como punto de referencia a Bernard Cerquiglini y a las diversas consecuencias que ha tenido el elogio de la variante. En suma, esa crítica y elogio es, como no escapará a nadie, indisoluble de todo un movimiento que ha surgido en varios frentes del estudio de la humanidades y que tiene que ver con lo que últimamente Gumbrecht ha llamado las producciones de presencia. No es una mera casualidad que una de las formulaciones de la producción de presencia esté ligada a la materialidad de la comunicación o a una cierta imposibilidad de sacudirse los poderes de la Filología (Gumbrecht, otra vez).
No todo el mundo estaría de acuerdo con esta percepción, sin embargo. La producción de presencia a la que estoy vinculando el elogio de la variante está en un planeta bastante distante del que ocupa, por ejemplo, un trabajo como el de Laurence de Looze sobre el Conde Lucanor. En éste la variante es (quizá exagerando un poco) una víctima hermenéutica, más que objeto de elogio, pues el autor quiere que todas las variantes, incluso aquellas más insignificantes, aquellas que todo cognitivista sabe que el ojo corrige automáticamente, tienen un valor autónomo para la diferente interpretación del texto. Para de Looze estamos más que equivocados al recontar las unidades narrativas de El Conde Lucanor, pues es preciso multiplicar las unidades narrativas por el número de variantes de las mismas, hasta obtener -dice- más de 500, y no esos meros cincuenta o cincuenta y un cuentos. Sería fácil rebatir esta posibilidad mediante una reductio ad absurdum: ¿porqué no multiplicar las rúbricas? ¿por qué multiplicar sólo los cuentos, y no también, por ejemplo, períodos, commata u otras unidades textuales autónomas?
La página del manuscrito, en cambio, se revela irremplazable en un número elevadísimo de ocasiones. No sólo, pero sí principalmente en aquellas ocasiones en que la página es también campo de batalla. La traducción del libro de Maimónides por Pedro de Toledo es un caso de los más obvios: el comentarista busca desesperadamente todos los rincones a su alcance, más de los que la mejor descripción pormenorizada pudiera dar. Mi solución es, héla aquí, enseñar la página.
Pactos de lectura
Y una vez la enseño, ¿qué? La mejor imagen será un subproducto de la original, que ya es, de por sí, muy difícil de leer. Y no solamente porque esté esrita en la primera mitad del siglo XV, o porque lo esté en letra de pulga. La razón es que, aunque se pudiera leer hasa la última letra (que no se puede, ni siquiera en el manuscrito original), sería todavía ilegible el pacto de lectura que se ha formado en el studium de Gómez Suárez de Figueroa (para el que fue encargado el libro) y cuál fue el impacto que, en ese estudio y en otros vinculados con él (el de Íñigo López de Mendoza, con total seguridad) pudo tener el particular campo de batalla en que se convirtió la página manuscrita.
El problema es, pues, la edición de este texto que tiene que ser al tiempo presencia y hermenéutica (aunque no al estilo de de Looze, si es posible). Es esa frontera la que es preciso investigar, y en la que sigo pensando, como decía, no para el libro que me prometí, sino para la ya cercana intervención en La Rioja.
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